Pensativos, de Zena Hitz

Los placeres ocultos de la vida intelectual.

Terminé de leer este libro en septiembre y en noviembre escribí una extensa glosa que daré por finalizada cuando te lo leas tú. Es un título que te recomiendo por el bien de tu tiempo y tu bienestar existencial, es decir, por el bien de tu sesera y vida.

HITZ, Zena (2022). Pensativos. Los placeres ocultos de la vida intelectual. Madrid: Encuentro. Traducción de Consuelo del Val. 243 páginas.

No hace falta que inicies la glosa con estas letras, pero he apagado todos los aparatos que tenía encendidos y me distraían para tener la posibilidad de escribir sobre Pensativos, de Zena Hitz. Y he cogido un folio y un Bic y me he puesto a escribir. Solo suena de fondo la música que está incluida en una lista de Spotify que me recomendó Spotify: Neoclassical Music for Writing and Reading. Ahora suena “The Sands of Time”, de Karen Biehl. O hacía todo esto o pienso que no hubiese sido capaz de empezar a escribir sobre Pensativos.

Pensativos es un libro que se publicó en 2020. Se titulaba Lost in Thought. The Hidden Pleasures o fan Intellectual Life. Estuve a punto de comprarlo en formato .mobi, puesto que así avanzaría más rápido, ya que estaba en inglés y debía traducirlo. Y no hay nada como el Kindle para avanzar con cierta fluidez por textos en inglés. Pero esperé. Estuvo en mi lista de deseos durante dos años. Había usuarios de Twitter, que admiraba o que simplemente seguía, que hablaban maravillas del libro. Pero no compré. Esperé a este verano pasado para hacerlo porque fue en ese momento cuando me enteré –también vía Twitter— que la editorial Encuentro lo sacaría a finales de agosto, aunque salió antes. Y lo compré en papel de arder.

He invertido en su lectura casi nueve horas, sin contar las que dediqué a extraer todas las notas que generó su lectura, que fueron casi cinco páginas impresas y que me servirán ahora para alimentar parte de esta glosa. Cuento todos estos detalles porque considero Pensativos un libro fundamental para los tiempos que recorremos. La primera imagen que se me ha venido a las mientes ha sido la de un flotador de esos naranjas fosforito que se utilizan en las piscinas comunitarias y públicas. Es un libro que pretende rescatarnos de la velocidad a la que nos ha sometido la pantalla que llevamos escondida en el bolsillo del pantalón o del bolso. Una pantalla que nos ahoga y nos aboca a entretenernos en asuntos, muchas veces, etéreos y vanos, que pasan y no horadan, ni nos hacen mella, pero que nos roban la existencia entre labores insustanciales. Este libro puede rescatarnos si nos lo tomamos en serio. ¿Por qué?

Lo primero que me llamó la atención fue el título del prólogo que dice “cómo lavar los platos restauró mi vida intelectual”. Y me admiró porque relacioné dicho enunciado con una de las propuestas que hace Cal Newport en Minimalismo digital cuando decides pasar un tiempo sin redes sociales: ¡búscate una tarea analógica que te colme! Y si bien fregar los platos llena y colma lo justo, o nada, porque más bien es una actividad que mantiene tu cocina civilizada, sí conectaba con la necesidad de profundidad que defendía Zena Hitz en su libro.

La autora comienza con la defensa de la artesanía, puesto que esta demanda lentitud y reposo, reflexión y placer. Tras esta defensa, se zambulle en todo lo que los libros han supuesto para ella, desde ese «aprender era un placer» cuando era niña hasta la hienización a la que se vio sometida en las aulas y en los despachos universitarios. Un mundo que abandonó para adentrarse en una comunidad religiosa de vida austera, pobre y rústica. El ayuno a cualquier nivel ayuda a esencializar qué es lo realmente importante y qué es lo que verdaderamente nos funciona como hombres. Qué es acorde a nuestra naturaleza, si el atiborramiento emocional y material, o la austeridad y la donación de nosotros y nuestros talentos a los demás. De eso se trataba. Verse como una profesora más participando en el espectáculo difamatorio de compañeros profesores de universidad le bastó para decir ¡basta!

Ese desencanto por la vida universitaria se transmutó en un trabajo de servicio, amistad, contacto con la naturaleza, natación, manualidades y celebraciones preparadas con mucho amor. De esta manera, sin distracciones, fue más consciente de lo que le rodeaba.

Y aquí empieza a calibrar qué era realmente el aprendizaje, en qué consistían destinar un tiempo a la más pura vida intelectual. Para qué servía, por qué se nos hace tan necesario pensar y destinar tiempo a aprender lo que nos resulte apasionante. Zena se dio cuenta de que el aprendizaje debía estar lejos de la presión para producir resultados económicos, sociales o políticos, que quien decidía aprender debía hacerlo fructificando en su interior algo y ese algo hacía del aprendizaje algo esencial. Aprovecha y trae una magnífica cita de Safo que certifica su tesis. Dice así: «Hay quienes dicen que un ejército de jinetes es lo más hermoso sobre la tierra negra, hay quienes uno de infantería o de naves, pero yo digo que lo más hermoso es aquello de lo que uno está enamorado».

Pensativos gira en torno a una pregunta que se hace constante entre las páginas del libro: ¿Qué es aprender por aprender? Para ello, en una de las primeras veces donde lo plantea, trae a colación El filo de la navaja, de Maugham, donde la búsqueda del conocimiento es el motor de la trama y del argumento. Además, también relaciona su tesis con lo que Jack London ficciona en Martin Eden. Aprender y buscar el conocimiento es en realidad lo mismo que contemplar. De hecho, es en la Ética a Nicómaco donde se nos expone que «el fin más alto de la vida humana es la contemplación». No sé ustedes, pero uno de los placeres adultos que tengo es quedarse quedo, suspender los juicios y contemplar, escuchar, por ejemplo, los sonidos que llegan de mi alrededor: la lavadora funcionando, el susurro de la calle, el puto balón de baloncesto del niño del vecino. Además, si hacemos caso a lo que nos sugiere Aristóteles y que recoge Hitz, aquel dice que «si organizamos nuestras vidas en torno a objetivos instrumentales, nuestras acciones y nuestras vidas resultarían vacías y vanas». Por eso «si trabajo para ganar dinero, gasto el dinero en las necesidades básicas del día a día y organizo mi vida en torno al trabajo, entonces mi vida es una espiral inútil de trabajar por trabajar. Es como comprar helado, venderlo inmediatamente para conseguir dinero en efectivo y luego gastar las ganancias en helado (que se vende una vez más… y así sucesivamente. No es menos trágico que trabajar por dinero y que te caiga encima un yunque cuando vas a cobrar el cheque por los servicios brindados. Las actividades no valen la pena a menos que culminen en algo satisfactorio. Por esa razón Aristóteles decía que debe haber algo más allá del trabajo, el ocio, por el cual trabajamos y sin el cual nuestro trabajo es en vano. El ocio no es nuevamente recreación, que podríamos emprender en aras del trabajo, para relajarnos o descansar antes de emprender una nueva tarea. El ocio se trata más bien de una recámara interior cuyo buen empleo podría contar como la culminación de todos nuestros esfuerzos, para Aristóteles, solo la contemplación, la actividad de ver, comprender y saborear el mundo tal y como es, podría considerarse el uso y final satisfactorio del ocio».

Una cita extensísima que recoge las esencias de estas páginas. El ocio será una bisagra en el mismo, cómo lo concebimos y por qué todos, incluso los trabajadores de instituto obreros, cita la autora, deben disfrutarlo. Y el ocio queda muy ligado a la vida intelectual que como antes hemos señalado, es contemplación.

Y es atractiva igualmente la relación, y retomamos los platos que hemos dejado sin fregar al comienzo de esta glosa, de que el trabajo manual libera muy bien a la mente para que pueda rumiar. De hecho, esto se puede comprobar bastante bien en Martin Eden¸ de Jack London.

Los trabajos, las ocupaciones, el tiempo que nos permiten pensar y contemplar es importante. Trae a colación, para demostrar la importancia que tiene el asunto, las profesiones de varios escritores. Wallace Stevens era agente de seguros, pero con tiempo para escribir; Frank O’Hare era administrativo, pero en sus ratos libres, entre el recorrido que hacía de su casa al trabajo consiguió escribir el mejor libro que sobre halcones se ha escrito hasta la fecha: El peregrino. El tiempo, la contemplación y ocupación de la cabeza en asuntos que nos apasionen. Así, por ejemplo, Zena Hitz trae a su libro a Viktor Frankl, que observó –porque había muchísimo «tiempo libre»– cómo se intensificaba la vida interior en el campo de concentración de los prisioneros: «cuán vívida se volvía para los prisioneros la belleza de los árboles y de las puestas de sol».

En otro momento de su libro, Zena Hitz subraya la importancia de invertir el tiempo en aquello que nos apasiona, pero sin la obligatoriedad de hacerlo o idearlo para otros, para satisfacer las necesidades de otros, para buscarle un fin práctico, una contrapartida pragmática. Por ese motivo habla de Einstein para el que su oficina de patentes fue un lugar donde no tenía que impresionar a profesores universitarios, ni a admiradores universitarios ante los que tuviera que justificar su existencia. Para Einstein el claustro fue un lugar en el que ponía a prueba su amor por el aprendizaje, donde se frustra la ambición, donde el trabajo de uno tiene que funcionar por sí solo sin pasarse la vida corriendo detrás de la zanahoria. La belleza de las estructuras de la naturaleza se puede desvelar ante tus ojos y apoderarse de él en la quietud de una oficina de patentes.

Y si has sido capaz de leer hasta aquí, ya paro. Ahora te sugiero que consigas este libro de Zena Hitz y te lo leas mientras lo anotas con ideas que te sirvan para tu vida. Las tiene. Y la Navidad sería un buen momento. Aprovecha.

Puedes comprarlo aquí: HITZ, Zena (2022). Pensativos. Los placeres ocultos de la vida intelectual. Madrid: Encuentro. Traducción de Consuelo del Val. 243 páginas.

2 comentarios en “Pensativos, de Zena Hitz

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