Siete reglas de estudio y el remedio del saltimbanqui

Texto extraído de LUCIANI, Albino (19784) Ilustrísimos señores. Cartas del patriarca de Venecia. Madrid: BAC. Traducción de José L. Legaza, José L. Zubizarreta, Manuel García Aparisi y Gonzalo Haya. 326 páginas.

A San Bernardino de Siena[1]

SIETE REGLAS QUE AÚN SIRVEN

Querido santo sonriente:

            El papa Juan apreciaba tanto tus sermones escritos, que quiso proclamarse doctor de la Iglesia. Pero murió y, hasta el momento, nada se ha hecho. ¡Una pena!
            Pero lo que el buen papa apreciaba no eran tus sermones en latín, estudiados, pulidos, bien divididos, sino tus sermones en italiano, tomados de viva voz, rebosantes de vida, fervor religioso, sentido del humor y sabiduría práctica. Acariciaba quizá el propósito de nombrarte «Doctor sonriente», junto al «Melifluo» Bernardo, al «Angélico» Tomás, al «Seráfico» Buenaventura, al «Consolador» Francisco de Sales.
            Pensaba que en un tiempo en que se emplean palabras difíciles, erizadas de ismos nebulosos, para expresar hasta las cosas más fáciles del mundo, sería oportuno poner de relieve al fraile que había enseñado: «Habla claro, de modo que quien te escuche marche contento e iluminado, y no deslumbrado».
            Y todo menos «deslumbrado» se quedaron ante tu sermón los profesores y estudiantes de la Universidad de Siena en junio de 1427. Les hablaste del «modo de estudiar», les propusiste «siete reglas» y concluiste: «Las cuales siete reglas, si las observas fielmente, en poco tiempo te volverás un hombre o una mujer de provecho».
            Con tu permiso, abreviándolas y… domesticándolas, intento ahora evocar tus «siete reglas» para los estudiantes de hoy[2].
            Los cuales son gente buena y simpática, pero no corren ningún peligro de quedar «deslumbrados», por la sencilla razón de que quieren hacer por sí mismos su propia experiencia de las cosas. No quieren recibir, ni de ti ni de mí, «modelos de comportamiento», que huelen a moralismo a un kilómetro de distancia. Y, probablemente, no leerán estas líneas, pero yo las escribo igualmente. Te escribo a ti.
            También Einaudi escribió los «Sermones inútiles» y, sin embargo, a alguien le habrán resultado útiles.
           

            PRIMERA REGLA, el aprecio. Uno no llega nunca a estudiar en serio si primero no aprecia el estudio. No llega a formarse una cultura si antes no estima la cultura.
            Un estudiante dobla la espalda sobre el libro. Tú escribes: Muy bien, así «no te hierve el cerebro, como a esos otros jovenzuelos, que, en vez de leer libros, no hacen sino frotar el asiento». Ama los libros, así entrarás en contacto con los grandes hombres del pasado: «les hablarás y ellos te responderán; te escucharán y tú los escucharás, y obtendrás de ello gran placer».
            ¿Qué será, en cambio, del estudiante en paro? Será «como un cerdo en la pocilga, que come, bebe y duerme». Será un «don nadie», que no hará nada en la vida.
            Entendámonos: para una auténtica cultura hay que apreciar también, además de los libros, la conversación, el trabajo en grupo, el intercambio de experiencias. Todas estas cosas nos estimulan a ser activos y no solo receptivos. Nos ayudan a ser nosotros mismos en el estudio, a comunicar a los otros nuestras ideas de manera original; favorecen la atención respetuosa hacia el prójimo.
            Pero que no disminuya nunca nuestra estima por los grandes «maestros». Ser confidentes de grandes ideas vale más que ser inventores de mediocres. Decía Pascal: «Quien sube sobre los hombros de otro ve más lejos que él, aunque sea más pequeño».

            SEGUNDA REGLA, la separación. Separarse al menos un poco. De lo contrario, no se estudia en serio. También los atletas deben abstenerse de muchas cosas. El estudiante tiene algo de atleta, y tú, querido fray Bernardino, le has presentado toda una lista de cosas «prohibidas».
            Extraigo aquí solo dos: malas compañías y malas lecturas. «Un libertino echa a perder a todos. Una manzana podrida, puesta junto a las sanas, corrompe a todas las demás». ¡Ojo—escribes—con los libros de Ovidio y con «otros libros de amoríos»! Dejando en paz a Ovidio, hoy hablarías explícitamente de libros y fotonovelas indecentes, de películas y droga. Pero conservarías intacto el siguiente apóstrofe: «Cuando tú, padre, tienes un hijo estudiando en Bolonia, o donde sea, y oyes que se ha enamorado, no le mandes más dinero. Llámale a casa, que no aprenderá nada, como no sean cancioncillas y sonetos…, y será luego un parásito en tu casa».
            ¡Eficaz remedio este de «cortar las provisiones»! Pero hoy ya no resulta: El estado sustituye, si es necesario, a los padres, dando al universitario un «préstamo al honor» o un salario adelantado.
            Queda aún una esperanza: que el estudiante se aplique, por propia iniciativa, el «remedio del saltimbanqui».
            Los conoces: subido en una silla, el saltimbanqui enseña una caja cerrada a los campesinos que le rodean, atónitos y con la boca abierta, un día de mercado: «Aquí dentro—dice—está el remedio más eficaz contra las coces de mulo. Cuesta poco, muy poco, y supone una fortuna». Muchos lo compran. Pero a uno de los compradores le entran ganas de abrir la caja: con gran sorpresa no encuentra sino dos metros de cuerda. Levanta la voz para protestar: «Esto es un timo». «Nada de timo—responde el charlatán—, tú aléjate del mulo la distancia de esa cuerda y verás cómo no puede darte una coz».
            Es el remedio clásico y radical que proponéis los predicadores. Vale para todos, especialmente para los estudiantes que se encuentran hoy expuestos a mil peligros. ¡Separación! De todos los «mulos» que dan coces morales.

            TERCERA REGLA, tranquilidad. «Nuestra alma es como el agua. Cuando está tranquila, es como el agua remansada; pero, cuando está removida, se enturbia». Por lo tanto, si se quiere aprender, profundizar y recordar, hay que tranquilizar y dejar reposar la mente. ¿Cómo es posible llenar la cabeza de todos esos personajes de las novelas, del cine, de la televisión, de los deportes, tan vivos, entrometidos y, a veces, envilecedores y contaminantes, y luego pretender que recuerde las nociones de los libros de texto, que en comparación con aquellos carecen de vida e interés?
            La mente del estudiante requiere un vacío de silencio a su alrededor, para que pueda mantenerse tranquila y limpia. Tú, fray Bernardino, sugieres pedírselo al Señor. Llegas incluso a sugerirnos la jaculatoria adecuada: «Da, Señor, reposo a nuestra mente». Nuestros estudiantes sonreirán al oírlo; suelen estar acostumbrados a otro tipo de jaculatorias. Pero no importa: un poco de silencio y de oración en medio de tanto barullo cotidiano no hace daño a nadie.

            CUARTA REGLA, orden, equilibrio, justo medio, tanto en las cosas del cuerpo como en las del espíritu. ¿Comer? Sí—escribes—, pero «ni poco ni mucho. Todos los extremos son malos, la vía del medio es la mejor. No pueden llevarse dos cargas: el estudio y el poco comer, el demasiado comer y el estudio, porque lo primero te consumirá y lo segundo te embotará el cerebro». ¿Dormir? También, pero «ni poco ni mucho…, es mejor levantarse a tiempo… con la mente sobria».
            El espíritu tiene necesidad de orden, por ello continúas: «No pongas el carro delante de los bueyes…, mejor es aprender poca ciencia, y aprenderla bien, que mucha y mal». Salvator Rosa está de acuerdo contigo cuando escribe: Si estás enharinado, que te frían. El «enharinamiento», la superficialidad, el «poco más o menos», no son cosas serias. Tú aconsejas también tener simpatías personales entre los diversos autores y materias: «Inclínate por un doctor más que por otro, por un libro más que por otro…, pero no desprecies ninguno».

            QUINTA REGLA, perseverancia. La mosca, apenas se posa sobre una flor, pasa, voluble y agitada, a otra; el abejorro se detiene un poco más, pero le gusta hacer ruido con las alas; la abeja, en cambio, silenciosa y trabajadora, se detiene, liba a fondo el néctar, lo lleva a casa y nos regala la miel. Así escribía san Francisco de Sales, y me parece que tú estarías totalmente de acuerdo con él: nada de estudiantes-mosca, nada de estudiantes-abejorro; te gusta la fuerza de voluntad, tenaz y operativa, y no te falta razón.
            En la escuela y en la vida, no basta desear, hace falta querer. No basta comenzar a querer, sino que hay que seguir queriendo. Y no basta siquiera seguir, sino que es necesario saber comenzar a querer de nuevo, cada vez que uno se ha parado por pereza, fracasos o caídas. La mayor desgracia de un joven estudiante, más que la poca memoria, es una voluntad débil. Su mayor fortuna, más que un gran talento, es una voluntad firme y tenaz. Pero esta solo se templa al sol de la gracia de Dios, solo se calienta al fuego de las grandes ideas y de los grandes ejemplos.

            SEXTA REGLA, discreción. Lo cual quiere decir: no correr más de lo que te permitan tus piernas; no coger tortícolis de tanto mirar a metas demasiado altas; no comenzar demasiadas cosas a la vez; no pretender resultados de la noche a la mañana.
            Ser el primero de la clase es interesante, pero no lo es para mí, si mi talento es limitado. Trabajaré con empeño y me daré por satisfecho si llego a ser cuarto o quinto. Me gustaría aprender a tocar el violín, pero no lo hago porque perjudica a mis estudios y la gente diría de mí: «quien mucho abarca poco aprieta».

            SÉPTIMA REGLA, delectación, es decir, estudiar con gusto. No se puede perseverar en el estudio si no se le saca un poco de gusto. El gusto no se tiene al principio, sino que va llegando poco a poco. Al comenzar siempre hay algún obstáculo: la pereza que hay que superar, ocupaciones agradables que nos atraen más, la dificultad de la materia. El gusto llega más tarde, como un premio por el esfuerzo hecho.
            Tú escribes: «Sin necesidad de ir a estudiar a París, aprende del animal que tiene las uñas partidas (es decir, del buey), el cual primero come y traga y luego rumia poco a poco». El buey va saboreando el heno poco a poco, mientras sea sabroso y agradable, hasta el fin. Lo mismo deberíamos hacer con los libros de texto, alimento de nuestra mente.

           

            ¡Querido San Bernardino! Eneas, Silvio, Piccolomini, paisano tuyo y papa con el nombre de Pío II, escribió que, a tu muerte, los señores más poderosos de Italia se repartieron tus reliquias. A los pobres de Siena, que tanto te querían, no les quedó nada de ti. Les dejaron solo el asno sobre el que montaste en ocasiones, cuando te sentías cansado de tanto viajar en los últimos años de tu vida. Las mujeres de Siena vieron un día pasar al pobre animal, lo pararon, lo esquilaron y se quedaron con aquellos pelos como reliquia.
            En vez del asno, yo he esquilado y «desplumado», echándolo a perder, uno de tus bellísimos sermones. Estas plumas, ¿las llevará todas el viento? ¿No habrá quizá alguien que recoja alguna?

Septiembre 1972
 


[1] BERNARDINO DE SIENA, santo de la Iglesia católica (1380-1444), franciscano, predicador de excepcional elocuencia, dejó numerosas obras en latín y en romance. En 1427 propuso a los estudiantes de la Universidad de Siena «siete reglas» para ayudarles a hacerse hombres de provecho. Luciani vuelve a proponerlas a los jóvenes de hoy.

[2] Texto publicado en el Messaggero di San Antonio en septiembre de 1972.

Imagen para la entrada: Joven con sombrero ruso, sosteniendo un libro, de Pietro Antonio Rotari (italiano, 1707-1762). Óleo sobre lienzo, 44,2 x 35,2 cm., en @lagra_art. 

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