Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo

POESÍA Y VERDAD

Carta a Lafcadio Wluiki

Si solo eres héroe de poética verdad, Lafcadio, amigo mío, ¿por qué te escribo así, materialmente? Tal vez deseo de confiarse a un semejante, tal vez necesidad de incoherencia—yo nada sé—. No mis ojos, sino mi espíritu fue quien te vio un día, hace tiempo, apoyado en el quicio de la puerta, una gorra de viaje sobre el cabello rubio, chanclos en lugar de zapatos, mientras contemplabas con divertida sonrisa a tu hermano el conde Julius de Baraglioul. Un paraguas goteaba en un rincón; tú lo quitaste de allá apresuradamente, sin duda por horror a lo manchado. Pronto te estimé como a ningún amigo. ¿Cómo no estimar a un ser tan inteligente, bello, joven, presto a todo? Entonces yo era también muy joven, quizá demasiado, y nada había en torno mío que respondiese o recogiese mi fervor juvenil ni mi poder de admiración aún sin objeto. ¿En quién mejor que en ti podía depositarlos y con ellos yo mismo, lo mejor de mí mismo? ¡Se ama tanto la pureza a esa edad!… Nada hay que sea bastante puro para un adolescente.

Desde entonces creí ya para siempre en ti, en los sutiles y en su invisible victoria sobre los crustáceos, ridículos, terribles crustáceos. Ellos se apoderaron, en lugar tuyo, del pobre Protos, malparado allá en Italia. El sentía afecto por ti, Cadio. Tal vez su cinismo le impedía confesárselo a sí mismo; pero a ti te lo dijo, como dicen esas cosas las personas a quienes llaman frías. Tú y él dejasteis atrás la confianza, la estimación a los demás, el sentirlos iguales a uno mismo—cosas todas que nadie merece, ahora lo sé—. El límpido y frío esplendor de tu mirada a ello se debe. Y quizá te llamen cruel. ¡Qué hermoso es que nos llamen así, que hablen de nuestra frialdad! Las palabras, la vida ajena resbala sobre nosotros como gotas de agua sobre el mármol de un dios. Sólo hay algo que aún puede animar ese mármol: el deseo de olvidarse en otro cuerpo. ¡Qué hermosos son los cuerpos jóvenes, qué hermoso tormento es el deseo! La estatua entonces se anima terriblemente; por sus venas corre no sangre, sino aire inflamado, engañoso como las arenas que en el desierto interminable fingen un agua. Los labios quedan, pues, secos. Disponibles siempre, Cadio, disponibles.

Me acompañas como una sombra más real que yo mismo. Cuando en Dostoiewski hallé a Trichatov y a su camarada el «gran dadais” los amé porque en su mirada vi un reflejo de la tuya, tan azul y tan fría. Su misma serenidad es prueba para mí de la turbulencia que en alguna ocasión podría estremecerla: esa vez es la que yo quisiera sorprender. ¿Qué me importaría después lo demás, todo lo demás, esa realidad superficial que otros dos amigos tuyos, sí, sin duda lo fueron, Jacques Vaché y lord Patchogue, han dejado a un lado desdeñosamente?


Hablan en mí diversas voces que gritan, suplican, lloran y sonríen. Mayor fuerza que el huracán cuando se arrastra y clama a lo largo de la selva tiene la voz total que forman esas diferentes voces interiores. Es la voz de un deseo insaciable que se confunde con la propia vida. Siempre es distinta. Quisiera sujetarla una vez, una sola vez; pero es inútil. Huye entre los dedos como agua o arena. Unas veces es un placer; otras, una tristeza; otras, un tormento; pero siempre es un afán sin nombre, un divino afán que es la propia vida hostigándonos para levantarla, hasta las estrellas.

Hay que continuar tal vez. ¿No es ese tu secreto, Cadio? La sociedad es estúpida; el Mundo es hermoso. Esas llamas, el sonido de las hojas en los vidrios de la ventana, el reflejo del alba tendido a los pies, en las planchas del suelo… ¡Qué maravilla! Todo ello existía; mas no sentía esa lenta caricia con la cual curan la más profunda herida del deseo. Tu presencia me dice que debe amarse la propia vida y el aire y la tierra divinos que la rodean. Caminar con los pies desnudos para mejor sentir la aspereza confortadora de la tierra, acariciar el cuerpo al paso con el agua salvaje y fría de los manantiales, aspirar todo aroma vegetal que surja al lado. No desdeñar lo natural: amar. Y si se ama, y si se ama apasionadamente nos olvidaremos de nosotros mismos. Entonces estaremos salvados. Agua, verdores profundos, seres hermosos, fuertes, libres y jóvenes. No, no es la cantidad lo que importa; que el hombre civilizado, así es como se llama a sí mismo, se quede con su sociedad de fantasmas y que nos deje lo excepcional, lo que solo me interesa. Lo único real, en definitiva, es el hombre solo y libre que no se siente parte de nada, sino todo perfecto y único en medio de la naturaleza pura de costumbres profanadoras. La juventud es así, Cadio; es sincera y libre; por eso yo la amo tanto como tú.


Pasa la hora del mediodía. La sombra siente amorosos celos de la luz y la aparta de mí; es a mí a quien quiere, a mi pobre alegría razonadora. Si la exaltación lírica pudiese anegar para siempre la melancolía… Duerme, perezosa enemiga; demasiado bien sé que es verdadero lo que me repites una y otra vez: «Y sin embargo, nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo.» Adiós, Cadio; adiós: cree en mí.

LUIS CERNUDA
Heraldo de Madrid. 24/09/1931

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