Escribir cambia el destino

Hoy los columnistas comienzan sus artículos con frases como «siempre se me olvida darle al botón del lavavajillas cuando le meto la pastilla», como me acaba de ocurrir a mí. O escribiendo, por ejemplo, «ya he contado en esta columna mis aventuras con los taxistas» (Eco, 2009). O «me gustaba esa frase de Henry Miller leída en alguno de sus trópicos, o en Primavera negra, que dice más o menos así: “Si un hombre dijera alguna vez su verdad, su auténtica verdad, creo que el mundo estallaría en pedazos”», de Olmos. Y esta otra de Colmenero: «Al principio, en la universidad, lo único que leía en profundidad era el Marca, con lo que empecé a pensar en ser periodista deportivo y olvidarme de lo de escritor, como si lo primero avergonzara a lo segundo». Y Rosa Belmonte, para que nadie me acuse: «El día que mi amiga Tamara leyó su tesis de doctorado (…) hija de un barrendero y una limpiadora (…) Me acordaba de aquella tarde escuchando a Lilith Verstrynge…»

El artículo de opinión es una extensión del yo y por eso, se me caen los que no contienen esa característica, ese hito, esa rotunda señal de subjetividad.

Todos los artículos de opinión, le decía ayer a mi amiga Fátima, que es periodista, parecen escupitajos que se lanzan al mar. De hecho, la idea de comparar la escritura en prensa, informativa o de opinión con escupir en el mar es de Baroja. ¿Excusa que justificaba su no escritura en periódicos? Quizá. La idea de Baroja la mencionó don Ernesto Castro en un directo que hizo en YouTube y que tituló Yo, quintacolumnista; e iconoclasta, apostillo.

Mi amiga Fátima se enfadó un poquito conmigo. En realidad, escribo este texto para aclararle y convencerla de que ¡cómo no me van a gustar el columnismo y el periodismo! ¿Qué sería de nosotros sin la información, sin la opinión, Fátima? ¿Mentepollos? Te reconozco que sigo divirtiéndome cuando leo buenos artículos de opinión. No lo dudes. Lo que ocurre es que no puedes negarme que la materia, el contenido, la res con que trabaja el periodismo es efímera. Mostrar esa evidencia no significa anular mi admiración hacia quienes sois periodistas.

Y aquí radica la cuestión. Un asunto es que te agraden, que te diviertan incluso, que necesites leer todos los días una nutritiva dosis de artículos para colmar tu seso y juicio crítico, además de considerar otros puntos de vista y otra, desestimar la naturaleza efímera con que se nutren dichos artículos de opinión.

La cuestión se dejaba entrever en una entrevista que Álvaro Sánchez le hizo a Jorge Bustos hace unos días. En ella Jorge Bustos decía que «yo soy un escritor metido a periodista. Soy un escritor de periódicos, y espero que cada vez más de libros». Estaba convencido de que su etapa como jefe de Opinión estaba llegando a su fin, y por tanto, su articulismo. No obstante, señalaba que de lo que realmente quiere huir es del poder. El poder rebaja, por paradójico que resulte, lastra la excelencia personal. Desea dedicarle más tiempo a la novela, a la ficción y al guion.

Tengo en el ordenador una carpeta con varios artículos de Luis Cernuda publicados en el Heraldo de Madrid en 1931. ¿Qué hubiese sido de La Realidad y el Deseo si hubiera optado por la periódica publicación (efímera) en prensa? ¿Y de Baroja? ¿Qué ha pervivido de ellos? Su literatura. Esto es irrefutable.

Hay autores con una capacidad desbordante para escribir artículos; y, además, publican ficción. Del primero que me acuerdo es de Trapiello. Su éxito está concentrado en El salón de los pasos perdidos, fruto de la manipulación que sufren sus cuadernos cuando los trascribe a las páginas de los títulos de la colección.

En definitiva, la mayoría de los escritores trabajan para la posteridad, sin saberlo. Aparecerán en los exámenes de Lengua de la PEvAU. Los columnistas optarán por la escritura de piezas singulares que alimentarán nuestro juicio crítico. La realidad puede ofrecerles eso y más, pero me pregunto: ¿Merece la pena ese esfuerzo artístico por grabar su nombre en la historia de la literatura? ¿Vale la pena luchar contra la difuminación, el tiempo y la fama? No lo sé.

Me voy recordando a Tizón en Velocidad de los jardines: «Escribir cambia el destino».

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