Líneas con ocasión de un poeta, de Luis Cernuda

MÁLAGA – PARÍS

LÍNEAS CON OCASIÓN DE UN POETA

La actual generación literaria española, que comienza a dar testimonios de su actividad hacia 1920, está ya bastante definida, lo que equivale a decir bastante comprometida, para saber qué puede esperarse de ello. Así, pues, no creeríamos prematuro el parecer que viese en su producción una indiscutible supremacía de la creación poética, no tanto en sí misma como en relación con los otros restantes sectores literarios. ¿Razones de ello? Tal vez sean demasiado difusas, y aquí desde luego innecesario detallar. Baste consignar la sorpresa de encontrar un relativamente amplio grupo de poetas que, sin lazos entre sí, sin definitivos antecedentes inmediatos, aparecen, en conclusión, como algo fortuito e interesante.

En este grupo se ha trazado caprichosamente una divisoria que, a falta de otros, tal vez abonen motivos de edad. Bastante conocidos en lo posible los poetas que quedan del lado de allá: Gerardo Diego, García Lorca, Dámaso Alonso, Juan Larrea, hay otros: Aleixandre, Prados, Altolaguirre, menores en número, desconocidos, injustamente —salvando la presencia entre ellos de la persona que firma estas líneas—. Afinidades de tierra, de naturaleza, de espíritu, aunque no excesivas, es verdad, unen a los últimos entre sí. Importa consignar que hace unos años el nombre de Góngora reunió a estos y aquellos pasajeramente en una admiración excesiva, pecado de origen quizá de todos ellos, aunque hoy pocos serán los que aún la conserven; menos todavía los que la conserven sin restricciones.

Entre estos poetas más jóvenes y menos conocidos solo queremos aludir hoy a Manuel Altolaguirre. Malagueño, de ese gracioso prodigio que se llama Málaga, rubio un tanto al desgaire, medio andaluz, medio británico, con imprescindible sonrisa infantil, posee una voz apasionada, densa y grave, que se remonta sin transición ni intermedio a Juan de la Cruz.


Si filosofía y poesía son, en suma, las dos ramas más altas del árbol humano, más allá de las cuales solo late la luz suave, el aire todavía; si, en definitiva, el filósofo vive en sí lo abstracto humano y el poeta vive en sí lo concreto individual, tan trágico a veces, aquel construyendo el esqueleto de un mundo y este el cuerpo sensible, tibio y coloreado; si un Plotino y un Shelley pueden ser ejemplo de esas dos caras de una misma y enigmática realidad, ¿puede hablarse de “poesía española”? Esta, en efecto, ha olvidado, peor, ignorado casi siempre tan esencial afinidad. Desconocimiento que lleva consigo la no existencia como tal poesía.

Como un remordimiento acuden ahora a la memoria dos nombres: Juan de la Cruz y Garcilaso. Una piel desnuda que se estremece y vibra al menor roce con la más leve brisa del amor, y unos ojos límpidos que reflejan el paisaje humano con vaga precisión melancólica, respectivamente. ¿No es bastante esto? Unir ambos sentidos daría un gran poeta: unirlos dominándolos daría un Goëthe, es decir, un ser sobrehumano. No nos quejemos, sin embargo. Juan de la Cruz, Garcilaso, es bastante, en conclusión.

De Juan de la Cruz tiene Manuel Altolaguirre el fervor amoroso, el ímpetu apasionado, el son denso y grave, que ya desde su primer libro, “Las islas invitadas”, latía entre la gracia leve e infantil de una adolescencia persistente. Hoy ya es más su aspecto que su voz quien retiene la adolescencia. Al lado de esa amorosa pasividad de Juan de la Cruz, trémula espera del huracán viril que arrebate su presa ardiente hacia el olvido en la posesión, la poesía de Altolaguirre guarda una actitud menos enajenada quizá ahora, pero más operante, levemente teñida aún de sensualidad infantil:

«Ven, muerte, que soy un niño
y quiero que me desnuden;
que se fue la luz, y tengo
cansancio de estos vestidos.»

A otro breve libro más, «Ejemplos», se limita hoy lo publicado por este poeta. Paralelamente inició hace algún tiempo la publicación de unos cuadernos[1] dedicados solo a poesía editados e impresos por él mismo. Aquí es donde, hasta ahora, se contiene lo más importante de su trabajo. Fluidez, densidad, ese aire esbelto y grave a la vez que tanta seducción presta a ciertas figuras de adolescentes; ese pensamiento que solo a medias se conoce a sí mismo –tales nos parecen las características esenciales de su voz poética, juvenil e ignorada.


Se habla de ello y parece imposible: una vida que comienza apenas, orientada exclusivamente hacia aquello que no tiene empleo social. ¿Podría, en efecto, pensarse en alguien a quien interesaran esos proyectos editoriales de un poeta que conoce además el oficio de impresor? La sociedad solo tolera dentro de sí lo que responde a sus terribles costumbres; lo demás lo excluye como inútil humanamente, tachándolo así, por tanto, de antinatural. Fuera, pues, de la realidad, de la realidad suya, la realidad de ellos, queda la poesía y otros tantos nobles e invencibles instintos exclusivamente humanos. Pero todo eso social que se afana, entra, sube, sale, baja, sabe en el fondo que no existe; su realidad desaparece al menor viento que sopla; y lo otro, lo desdeñado o insultado, vive siempre. Tal es, según creemos, aplicadas en este caso, el sentido de aquellas palabras «el que quiera salvar su vida la perderá.»

Hay un placer infinito, a pesar de todo, en ver cómo la propia vida solo respira en aquella atmósfera que la sociedad desconoce un orgullo que no tiene par. Si “se llama dicha a un concurso de circunstancias que permiten la alegría”, también “se llama alegría a ese estado del ser que no necesita de nada para sentirse feliz”. Bien sabe esto Manuel Altolaguirre cuando dice:

La alegría de no estar junto,
ni sobre, ni tampoco dentro,
sino en ella.

Perfecta afirmación espiritual. Con ella se encamina este poeta hacia la única poesía para ser él mismo. La sociedad mientras tanto continúa su lucha contra el espíritu. No importa. Es ahora un sueño, pero la poesía vencerá un día en la vida, no como ahora en la muerte, olvidando además a muchos que merecieron la fúnebre victoria.

LUIS CERNUDA
Heraldo de Madrid. 10/09/1931


[1] «Poesías». Cuadernos 1, 2 y 3. Málaga, 1930. Cuadernos 4 y 5. París, 1931.

Heraldo de Madrid, página 12. 10/09/1931

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