Siempre que notes que no te quieren mucho, visita Bergai

SIEMPRE QUE NOTES QUE NO TE QUIEREN MUCHO, VISITA BERGAI

Esta tarde me ha dado por comprobar si tan listo es Google, que no; tampoco el rincón del vago, que desatina. Quería contrastar qué información existía en la red acerca de la isla de Bergai, que es el enunciado que da título al capítulo sexto de El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite. Nada de lo que he encontrado me convencía, por deslavazado y distraído, por lo que he recurrido al prólogo de la edición de José Teruel publicada en la colección Letras Hispánicas de la editorial Cátedra que tengo en casa.

Traigo al blog este añadido para que tus alumnos y los míos puedan dilucidar en toda su dimensión el origen de “la isla de Bergai”. Además, el texto que propongo te servirá para que, si notas que no te quieren mucho, visites la isla de Bergai, donde te consolarán, aunque, como me digo con cierta frecuencia, la mejor isla de Bergai siempre la encuentro en el Sagrario[1] de una iglesia llena de silencio. De verdad. Vamos allá. Aquí el fragmento de Martín Gaite:

–Y ese cuaderno, ¿de dónde lo ha sacado? –pregunta.
Señalo al cajón, sin decir nada. Si viene a cuento, se lo enseñaré luego, si no, lo mismo da.
–¿Habla ahí de Robinson Crusoe?
Sí, y también de la isla de Bergai.
–¿Bergai? Nunca he oído ese nombre.
–No me extraña, no viene en los mapas.
A Bergai se llegaba por el aire. Bastaba con mirar a la ventana, invocar el lugar con los ojos cerrados y se producía la levitación. «Siempre que notes que no te quieren mucho –me dijo mi amiga–, o que no entiendes algo, te vienes a Bergai. Yo te estaré esperando allí.» Era un nombre secreto, nunca se lo había dicho a nadie, pero ella ya se ha muerto[2]. Aunque ahora me acuerdo de que está dando vueltas conmigo por el aire, nos hemos escapado por la ventana del Instituto, me da un poco de miedo.
–Es un nombre raro –dice el hombre–, parece un anagrama.
Es un apócope de dos apellidos, el de una amiga y el mío, estaba de moda entonces la contracción de nombres y apellidos para titular lo que fuera, es un estilo que se ha perdido casi por completo, en provincias era muy típico: Moga, Doyes, Simu, Quemi…
–¿También eran islas?
–No, eran tiendas y cafés que abrieron por entonces en Salamanca, locales modernos.
Mi padre no se explicaba de dónde sacaba la gente el dinero para abrir tantos locales, decía que eran fruto de los negocios sucios, del estraperlo…”

Del capítulo VI de «El cuarto de atrás»

La nota 28 del segundo capítulo, «El sombrero negro», contenía esta ampliación de la información biográfica de Sofía Bermejo:

Se trata de Sofía Bermejo Hernández, a quien mencionará también en el capítulo quinto y evocará con más detalle en el sexto, “La isla de Bergai”. Sofía Bermejo había fallecido unos años antes de la composición de esta novela, el 23 de septiembre de 1968. Fue esposa del doctor Severino Pérez Modrego, destacado científico en el campo de la oncología y la medicina nuclear. Su compañera de instituto Reme CAsamar, en una entrevista que mantuve con ella (17-3-2004), coincide con Carmen Martín Gaite al ponderarme su destacada valentía e inteligencia y me informa de que “estudió Física, pero no terminó y fue bibliotecaria del Hospital Ramón y Cajal.

Todo fetén.


[1] Como ha salido la palabra “Sagrario”, hoy había leído este texto de san Rafael Arnáiz que me parece oportuno, por la extraña conexión e intertextualidad que puede establecerse entre la “isla de Bergai” y el “Sagrario”. Raras y extrañas conexiones; solventes al menos para mí: “La paz no la da el silencio, ni los cipreses del claustro, ni el canto de los pájaros…, la paz para el trapense es Dios, y fuera de Él no hay nada que merezca la pena. Algunas veces mis excepciones de la Regla, me han humillado…¡Qué tonto fui!… ¡Cuánto amor propio encerraba mi corazón!…¡Qué tristeza tan estúpida la del que no puede hacer penitencia pública; cuánta soberbia se puede ocultar en un ayuno o en una ruidosa disciplina!… En la Trapa lo de menos es la Trapa y los trapenses…, lo principal, lo único es un Sagrario en el que se oculta la grandeza e inmensidad de Dios. Con ayuda de María he visto que lo principal en la Trapa es Dios… sólo Dios debe ocupar el alma… la paz para el trapense es Dios, y fuera de Él no hay nada en la Trapa que merezca la pena. / san Rafael Arnáiz”

[2] Sobre Sofía Bermejo Hernández (fallecida en 1968), véase la nota 28 del segundo capítulo, “El sombrero negro”.

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