La Torre de Bollingen

Quienes me rodean, me enseñan. Así, el psiquiatra Carl Gustav Jung le enseñó a Langlois la importancia de la concentración y de la soledad para conseguir desarrollar con éxito, calidad y originalidad un trabajo intelectual sólido. Por este motivo, y porque quería superar a su maestro Freud, Jung construyó con sus propias manos un edificio para tal fin, para desarrollar, según él, su propio proceso de individuación, que era «aquel proceso que engendra un individuo psicológico, es decir, una unidad aparte, indivisible, un Todo». Es decir, Jung se aislaba periódicamente para ser él mismo, para ser un individuo. Por eso se construyó la Torre de Bollingen.

La Torre de Bollingen tal y como se ve desde el lago de Zúrich.

Langlois percibía que cada vez le resultaba más difícil concentrarse. Cada día tenía que desplegar un acto de heroicidad para recluirse del ruido exterior y del ruido interior para estudiar, profundizar en algún texto o para escribir, simplemente. No sabía cómo zanjar y dejar de escuchar esa odiosa reverberación de los pensamientos fútiles y de las distracciones procedentes, casi siempre, de las redes sociales y de internet. Era heroico aislarse. Era heroico encerrarse como un hikikomori o como un monje benedictino en una celda, en una habitación, en una biblioteca sin conexión con el exterior y generar pensamiento original, hacer carne aquello del «que no te lo den pensado». Tan difícil era aislarse del exterior como conseguir adecuar y galvanizar un interior a prueba de descargas y anzuelos procedentes del ruido mental. ¡Hacerse una torre! ¡Construirla con tus propias manos! Langlois empezó a admirar a Jung solo por eso.

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Langlois, además, se quejaba últimamente mucho: «todos quieren que les atiendas y les contestes a los mensajes». Y rápido. Y con plena atención. Había decidido, con los mensajes, contestar si quien lo enviaba formulaba alguna pregunta final que demandase una respuesta. Si no, ni contestaba ni perdía el tiempo con okeys y vales: dejar un mensaje de WhatsApp en leído ya no le preocupaba. Si no preguntaban, no necesitaban contestación, sino que querían seguir escuchándose, se decía. Porque todos querían tu atención y tu corazoncito; porque todos querían que leyeses sus textos y sus desesperaciones. Todos te querían, y por eso te deseaban, pero solo para colonizarte, ocuparte con sus parafernalias evanescentes de colorines tópicos. No escucharte.

Langlois pensaba, por otro lado, que debían existir en la época de Jung otro tipo de distracciones que hicieran que el psiquiatra afrontase el asunto con una solución visceral: la Torre de Bollingen. Qué mejor solución para combatir la distracción, qué mejor herramienta para profundizar en el estudio y cumplir ese epitafio que hizo colocar Escohotado en su tumba: «quise ser valiente y aprendí a estudiar»; qué mejor vehículo para la concentración que un lugar silencioso construido por ti mismo junto al agua. Porque en el silencio me obligo a estar conmigo mismo. Pero Langlois siempre apostillaba, riéndose como Jóker: «Pero es que hoy ¡nadie quiere estar consigo mismo porque nadie se soporta!» Por eso la necesidad de la conexión hipertrófica con el otro. A la fuerza. Y por eso todo termina desparramado al final, y entra en juego la sentimentaloide necesidad de hablarle a un perro, o quejarse frente a un gato o hacer el amor con una lagartija en la terraza y al sol.

Langlois me contaba todo esto con mucha sorna y me dijo que recordó la Torre de Bollingen porque leyó en Cuadernos de todo que para Carmen Martín Gaite había sido muy importante buscar el aislamiento de manera incesante para desplegar todas sus posibilidades creativas. Ella hacía de la soledad activa una herramienta. De hecho, afirmaba que su obra El cuarto de atrás era una narración de cómo aprendió a aislarse. Langlois se lo contaría todo a sus alumnos. Qué diligente Langlois.

Para Gaite, Cúnigan era su Bollinger. Para Langlois, el cuarto de su hija L. Existían demasiados ejemplos de escritores que habían defendido, incluso de manera violenta, su aislamiento con el fin de crear algo que valiese la pena. Además de para trabajar y escribir, para alcanzar esa individuación. Langlois recomendaba a sus amigos Soledad, de Anthony Storr, porque en ese libro se presentaban todos los beneficios de la soledad, porque para ser uno mismo, para combatir los peligros de las distracciones, para conseguir aislarse de manera profunda y extensa en el tiempo cuando decidimos producir las mejores ideas, las mejores soluciones y la mejor manera de vivir, vivir en el silencio es el único camino para eso, para hacer aflorar unos pensamientos y sentimientos inimaginables. El silencio nos hace interiormente libres, leyó Langlois en Elogio del silencio. No lo dudes, visita la Torre de Bollingen. Ve solo.

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