Descarte 0: Ne quid nimis

Escribe todos los días durante cuarenta o cincuenta minutos. Quince minutos a primera hora con el primer café, quince después de la siesta de catorce minutos que suele echarse todos los días menos los viernes, también con un café y veinte o veinticinco minutos más antes de irse a la cama. Durante ese último tramo del día ha observado que escribir le procura un sueño bueno, de calidad, pintado de colores y con fantasías de espectáculo así que ese rato nunca lo suprime porque le produce mucho placer escribir y leer antes de dormir. Además, le ofrece una realidad onírica, que es, se dice, «tan real como mi escritura».

Pero nada de lo que escribe flota y rebosa. Es decir, nada de lo que escribe lo publica. En realidad, se ha instalado en una dulce «aurea mediocritas». Nunca había escrito tanto, nunca había completado tantos cuadernos (Langlois escribe a mano) y nunca había gastado tantos bolígrafos. Cuando termina de escribir, relee, y corrige. Y corrige. Y vuelve a corregir. Se acuerda de Flaubert, que escribía lentamente, una página por semana, o una en cuatro días, o trece en trece meses para terminar escribiendo cuatro mil quinientas cuartillas de borradores para las trescientas páginas de Madame Bovary. Ne quid nimis.

De vez en cuando elige expandir algún fragmento de los que escribe en su cuaderno a lo largo del día, pero poco más. Nada termina precipitando ni cuajando porque nada debe y nada tiene que enseñar a los demás. Escribe para él, sin perseguir refrendo ni otorgamiento. Como ni come de la escritura ni escribe por peculio, escribe cuando se le antoja y le da la gana. Solo recoge algo de lo que se va derramando por la vida. Poco y por escrito. Nada en demasía, insiste, y se lo repite en latín mientras friega los platos después de comer: Ne quid nimis.

Además de escribir prepara con cierto mimo sus clases de instituto. Practica también, como puede y le dejan, su religión, que es la católica apostólica y romana y cuida, eso siempre, de su familia. También cuida con quienes se topa y roza, vaya, con sus prójimos sin teorías ni trampantojos. Pasea con frecuencia por una alameda tranquila y tiene cuidado de no pisar perros ni gatos. Procura hacer lo mismo cuando sale al bosque que hay cerca de la ciudad, aunque ahí solo evita pisar ardillas y busca sudar más, incluso hace dominadas dando grititos, a lo Nadal. No tiene perro. Tampoco gato, pero sí cuida un canario al que ha llamado Jaroussky. Y así va Langlois cerrando con tranquilidad los días y las jornadas, condimentándolo todo con su desaparición de Twitter, aunque reconoce que visita de vez en cuando Instagram para saber qué publicó @sermonje y qué hizo durante la última semana el instituto donde trabaja, que es el @iessierramágina. Cuando abre Instagram también aprovecha para conocer las últimas noticias del grupo de teatro donde participan algunos de sus alumnos, @teatromagina. Y con Instagram abierto continúa visitando a la artista @rosamariaka74, y a los ilustradores @josenaranja, @brechtvandenbroucke, @pawel_kuczynski1 y la ucraniana @khrystyna_kvyk, todos virgueros. Instagram lo cierra pronto, pero antes de irse, no olvida echarle un vistazo a @f1, del que es fan por Giacomo Balla, que fue aquel que dijo que un automóvil rugiente, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia. Ya está. Y se va en paz. Veinte minutos a la semana. Ne quid nimis.

Theodore Dreiser
Theodore Dreiser

Langlois estuvo ayer en la biblioteca. Tomó prestado un libro de Theodore Dreiser, Nuestra hermana Carrie, porque leyó en El arte de la ficción que Theodore Dreiser empezó a escribir esa novela cuando su amigo Arthur Henry le dijo que estaba trabajando en una novela y este le preguntó que por qué no escribía él también una. Dreiser se sentó, cogió una hoja de papel y escribió en la parte superior: Nuestra hermana Carrie. «Tenía veintiocho años cuando empezó a escribir Nuestra hermana Carrie, sin una idea preconcebida, sin saber siquiera de qué trataría. Se limitó a echar mano de sus vivencias y permitió que la memoria dispusiera las cosas con apenas un ligero temblor». Ne quid nimis.

Algo similar hizo Philip Roth con su primer libro, Goodbye, Columbus, recordó Langlois. Ninguna historia está más al alcance que tu propia vida así que escribió sobre sí mismo y un amor de juventud con una chica de Nueva Jersey. Langlois no ha leído esta novela, pero cuando supo de los motivos de su escritura quiso leerla. Roth escribía con una Olivetti 32, leyó Langlois un día. Ne quid nimis.

Langlois escribe todos los días y Langlois se ríe de quienes dicen que la literatura que se sostiene y vale la pena es la escrita de la nada, sin condimentarla con la propia vida. No saben qué inventar, se repite Langlois. No saben qué inventar. No son necesarios más inventos, idiotas. Nihil novo sub sole, es decir, ne quid nimis.

Apunte al óleo de @rosamariaka74

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