16 días de minimalismo digital

Ahora, a mi edad, me decía Langlois el otro día, he empezado a hacer dominadas completas. Me aseguraba que no se debía al hecho de llevar 16 días sin Twitter e Instagram, pero que no pensar en Twitter e Instagram le había permitido ocuparse de la técnica de la dominada, sobre todo, además de aplicar una rutina para conseguirlo subiendo martes, jueves y sábados a las barras de calistenia que hay en el Neveral, entre los pinos periurbanos de su ciudad.

Langlois no echa de menos Twitter. Tampoco Instagram. Sí se ha sorprendido de lo “opcionales” que eran. Ahora echa más de menos no llegar a la hora diaria de escritura y no alcanzar la hora diaria de lectura. Es lo que echa de menos cuando llega el final del día y no lo ha conseguido; hay días complicados aun sin dedicar un ni un minuto a Twitter e Instagram. Pero ha empezado a practicar la estrategia del pararse. Se está habituando a conseguir el objetivo diario de escritura cuando se para de manera consciente: he de parar, y me paro, se dice. Langlois ha empezado a pararse con más frecuencia. Slow Langlois.

Este es el motivo por el que ahora, por ejemplo, cuando termina de echar un rato junto al sagrario de una iglesia, se queda diez minutos más, pero escribiendo. Contempla la posibilidad de empezar a visitar los rincones de las iglesias para escribir. Desde luego que son los lugares más tranquilos y pacíficos de la ciudad. ¡A la mierda las cafeterías! Las radios gritando, las televisiones vociferando, la conversación inane de dos desayunantes, todo es sordidez y ruido. Hoy no existe un lugar más tranquilo y pacífico en la ciudad que una iglesia. Un sagrario solitario es el rincón más paradisíaco de una ciudad; ahí, casi en penumbra. Es el lugar perfecto para escribir sin ruido y tranquilo, sacar el cuaderno y pensar con tinta; o inventar. Me lo contaba ilusionado. Dice que empezará con quince minutos diarios y le gustaría terminar escribiendo una hora sentado en el banco de una iglesia.

Cuando llega al instituto tampoco se baja inmediatamente del coche, sino que permanece en él diez minutos o así, pero escribiendo. Langlois llega con tiempo suficiente y no abrir Twitter e Instagram le ha permitido hacer otra cosa, y de otra manera. Escribir, sobre todo escribir. Parece como si los circuitos cerebrales se hubieran tensionado. Eso piensa que le sucede. Algo así, Blumm, me decía, algo así me debe estar pasando, que realizo cosas que antes hacía pero con más fuerza e ímpetu. Experimentar la escritura en el banco de una iglesia y escribir en el asiento de su bólido antes de entrar al instituto es una actividad que se ha vuelto excitante. Cuando reduces los opiáceos digitales floreces.

Pero Langlois había abierto hoy WordPress porque lleva dos días rumiando una cita de Soledad, de Anthony Storr. Una cita que había relacionado con el abandono temporal de las redes sociales. En las redes sociales, casi sin darte cuenta, terminas complaciendo a gente a la que no debes nada; y te perviertes. (El libro cuesta casi 800 €, por cierto, pero Langlois ya lo tiene.)

La cita de Malraux refiriéndose a Goya es tan buena que Langlois la ha copiado cinco veces seguidas en su cuaderno; piensa que así podría encarnarse sin sacrificio en su personalidad. Goya era genial, y así lo escribía Malraux:

Para permitir que se manifestara su genio, era necesario que se atreviera a dejar de querer complacer. Aislado de todo el mundo por la sordera, descubrió la vulnerabilidad del espectador, se dio cuenta de que el pintor solo tiene que luchar consigo mismo para convertirse, más pronto o más tarde, en el conquistador de todo.

Malraux sobre Goya en Soledad, de Anthony Storr

Lejos de compararse con Goya, Langlois quería reconquistar su tiempo. En esta cita ha encontrado el motivo para paladear lo que siente cuando, de manera voluntaria, se desconecta del ruido social. Porque las falsas vidas se van construyendo, sobre todo, sobre vacuos estímulos externos. Porque las relaciones sociales en general, las virtuales y reales, hartan. Porque lo que le ocurre a un ser humano cuando está solo es tan importante como lo que le sucede cuando interactúa con los demás. A esta conclusión ha llegado Langlois, incluso antes de permanecer esta semana tanto tiempo sentado en una iglesia. ¿Quiénes son los demás para ser refrendarios de tus acciones?

Storr es un defensor de la soledad, de la necesidad que tiene el ser humano de permanecer solo. Afirma, además, que la capacidad de estar solo hace que el cerebro funcione mejor. La soledad favorece aprender, pensar, innovar y mantener contacto con el mundo propio. Y aquí está el quid. Hoy percibes que casi nadie está consigo mismo mucho tiempo. Twitter, Instagram y… parecen lapas adheridas a la existencias, son como remaches en las vidas de las gentes, en los cerebros de los ciudadanos. Y a Langlois esto le ha empezado a dar mucho asco porque la salud mental ha descendido, porque se suicidan más adolescentes, entre otras razones; porque se está menos tiempo solo, sin redes, sin música, sin nada más que tú y tu mismidad, como decía alguien por ahí.

Tú y tú, contigo mismo un rato al día es remedio desintoxicante. Langlois lo está comprobando, hasta ha empezado a reducir el consumo de radio. Espectacular (pero en otro post).

Storr escribe sobre ese interés individual que hay que defender, justo cuando empieza de Soledad:

Me propongo defender que los intereses individuales -ya se cifren en escribir una historia, criar palomas mensajeras, especular con capital o con acciones, diseñar aviones, tocar el piano o cultivar un jardín- desempeñan un papel más importante en el balance de la felicidad humana de lo que los psicoanalistas modernos y sus seguidores conceden.

Anthony Storr en Soledad

Langlois ha redescubierto la lectura y la escritura después de 16 días sin Twitter e Instagram. Y la cola de madera y el abrillantador de suelos, el estudio placentero y la artesanía y los arreglos domésticos. ¿Crees que las personas que pasan cinco, seis horas en Twitter o Instagram serían capaces de conseguir lo que tú has conseguido, Langlois? Y un mojón. Tu tiempo, su dinero.

Pero ya sabes, a Langlois siempre le ha dado igual lo que pensases sobre él, sobre lo que hace, lo que piensa y lo que escribe. De hecho, el otro día, antes de entregar el libro de Escohotado en la biblioteca, apuntó esta cita en la página 202 de su cuaderno:

¿Pero cómo te va a arruinar la vida lo que otro opine de ti? Mira, hay tres condiciones del sabio: nada en exceso, no pidas imposibles y conócete a ti mismo.

Escohotado en Los penúltimos días de Escohotado, de Ricardo F. Colmenero

Y con esta cita abrió el otro día la clase de Oratoria y Debate de 3º de ESO. Y Langlois hace bien. Porque Langlois mira ahora, cada día más, por la salud mental de sus alumnos. Lo tiene tan claro…

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