Langlois no lee diarios

Dice Filloy en Caterva “No, chico, dejame de diarios. La gente culta no lee diarios. Leyendo diarios la gente se imbeciliza. Pierde el hábito de pensar por cuenta propia. ¡Cosa muy cara, che!”

            Langlois cree que Filloy lleva razón. Los diarios son los pensamientos escritos de tipos que, desde que se levantan hasta que se acuestan, lo registran todo. O casi todo. Como hacen otros tantos escritores. En realidad, lo que hacen es pensar. Si no escriben serían incapaces de pensar. Les suele suceder a todos los que no escriben, que piensan peor. Quien no escribe se limita a replicar ideas de otros. Quien es liberal replica a autores y escritores liberales y quien es comunista, a escritores comunistas. Parece una burda generalización, pero no lo es. Escribe por qué no lo es. Puedes sorprenderte. La ecuación es sencilla. En cambio, quien escribe, quien se esfuerza por traducir lo que se alberga en su mente y lo objetiva, es decir, lo saca fuera con forma tangible o leíble, un texto, un relato o un mensaje, piensa. Después lees lo que escriben y no te puedes extrañar de lo mal que piensan. La escritura es pensamiento precipitado. Langlois recordaba siempre sus prácticas de laboratorio de Química cuando conseguía precipitar ácido salicílico. Acababa siempre mojando la punta del dedo índice con saliva para probar cómo sabía aquel compuesto. El ácido salicílico que conseguía precipitar en el tubo de ensayo siempre era más fuerte y tenía más sabor que el que vendían en las farmacias. Eso era normal. Así sus pensamientos, cuando conseguía expresarlos por escrito, retumbaban más en su conciencia y a lo largo de todo el día. Por eso siempre porta un cuaderno. Ya no se le escapa nada.

            Langlois estaba de vacaciones. Ahora tenía tiempo y se dedicaba una hora del día a escribir. En marzo acabó de leer un libro de Walter Mosley titulado This Year You Write Your Novel. Mientras lo hacía extraía notas porque Mosley le propuso que escribiera una novela, pero Langlois no sabía escribir novelas y lo primero que Mosley le recomendó fue que perfilase una tercera persona del singular, que eligiese un personaje con ese ropaje y condición: tercera persona del singular.

            El último libro que leyó Langlois iba de perros. Un libro de perros. Los ratos de la vida de un escritor invertidos en hablar desde la ficción de perros. Hay escritores para todo. Libros que se agarran como garrapatas a la inspiración, a la idea chic. Mosley le decía a Langlois siempre, antes o después, que no había tiempo para la inspiración, que si quería sacar una novela por año solo tenía que sentarse a escribir, sentarse a escribir y escribir tanto como pudiese.

            Langlois tenía el cuaderno junto a él. El cuaderno donde anotó ideas sobre lo que le iba sugiriendo Mosley. Mosley le decía que debía conectar pronto con su parte inconsciente. Bueno, el libro se lo leyó en inglés y ahora que revisaba las notas no recordaba si decía inconsciente o subconsciente. El fin era escribir tres horas diarias. Pero hoy nadie tiene tres horas diarias para dedicárselas a la escritura. Solo los millonarios y los que están becados por fundaciones para artistas chapa podían dedicarse a escribir tres horas todos los días. La gente come y esas cosas y la comida hay que comprarla a cambio de un rato de tu vida. Tú prestas un rato de tu vida a una actividad, te guste o no, y te ofrecen a cambio unas monedas con las que compras las lentejas en el Mercadona.

Langlois sabía que debía escribir de lunes a domingos tres horas todos los días para sacar una novela al año. Parecía lejano. Lo había intentado ya, pero no conseguía permanecer más de media hora sentado escribiendo. Llevaba así los cinco primeros días de agosto, los cinco primeros días de sus vacaciones. Y quería ser escritor. Por eso se propuso en sus vacaciones, porque Langlois ahora estaba de vacaciones, escribir por lo menos una hora al día. Quería escribir una hora porque la escritura, decía Mosley, era una actividad inconsciente. Todo lo que pudiera surgir para tu novela surgiría de lo más profundo que hay en ti. Y el único camino para conectar con tu mente inconsciente era escribir todos los días. Escribir todos los días. Todos los días. ¿Más tiempo? Más cantidad de inconsciente. ¿Más cantidad de inconsciente? Más materia para alimentar la ficción. Otra ecuación sencilla.

            Sentarse a escribir había supuesto para Langlois una pérdida de tiempo. Uno de los momentos más improductivos del día era esa sentada destinada a la escritura. Permanecer durante un tiempo delante de un papel con un bolígrafo o con el teclado del ordenador no podía convertirse en la actividad más importante de su vida, pensaba. Debía atender las obligaciones personales, familiares y profesionales. Así que escribir era para él algo ideal. Escribir era ideal. Escribir era para los ricos, decía. Sabía que no llevaba razón del todo, pero él se lo repetía.

            “Si no puedes tres, escribe durante una hora y media al menos”, le decía Mosley. Se lo repetía en un inglés muy americano cada vez que le llamaba desde Los Ángeles: “If you want to finish your novel this year, you have to write each and every day”.

            Pero el consejo que más retumbó y sirvió a Langlois para decidirse y empezar a escribir fue el día en que Mosley le dijo que la mayoría de quienes le rodeaban no sabían ni sabrían nunca lo que albergaba de verdad en su cabeza. “Langlois, debes liberarte, aflojar todas las restricciones que tienes en tu interior”. Para ilustrarlo le decía: “Mira, tu protagonista podría en algún momento, odiar a su madre”. A Langlois le sorprendió esa afirmación. Sabía que debía tener en cuenta que sus personajes habrían de revelar esas raras facetas y esas caras diabólicas radicalmente distintas a las propias, incluso a las del propio autor o narrador.

            “Has de tener en cuenta que en la historia que presentes, los personajes con los que cuentas tendrán ideas oscuras, feas y malas”, seguía Mosley. Si tú quieres que tu ficción sea verosímil, tendrás que atravesar esa línea roja y –ojo—, revelar con palabras e ideas lo que nunca expresarías en la vida, en tu vida real.

            Langlois despertó. Empezaba a tenerlo claro. Muy muy claro. Además, en la última conversación que tuvo con Mosley este le dijo que muchos no llegaban a ser escritores porque imitaban lo que se hacía en otro tiempo, porque eran escritores replicantes de las ideas y formas de otros. Se refugiaban en lo propio de aquel tiempo.

            Escribir en este tiempo supondrá que debes hablar y tratar, si así lo decides, tanto de albañiles como de santos, o de gente que iba a misa y difamaba a su familia. La ficción daba hasta para eso. Y decidió empezar una novela.

Langlois: una novela autobiográfica

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