Alcanzar una hora de lectura

Leer depende de ti, como la opinión que construyes sobre algo o alguien. Como cuando deseas a una mujer, por ejemplo, eso también depende exclusivamente de ti. La inclinación hacia ella parte de ti por lo que de ti depende. La ecuación es sencillita. Mi deseo, mi inclinación, mi acto o hecho están sujetos a mi voluntad. Incluso la ausencia de deseo depende de mí; y es lo aconsejable. Más o menos así te lo explica Epicteto. Pero donde quiero llegar hoy es a lo que he escrito al principio, y que ahora vuelvo a escribir: leer depende de ti.

Pero no lees, o lees menos de lo que quisieras. Hay en Twitter cierta coña en torno a las horas de media que leen los españoles, porque ni por asomo alcanzamos esa media. Pero si el ministerio lo dice, o el organismo pertinente te lo susurra… Hoy, por ejemplo, he iniciado un experimento. Será farragoso, porque necesitaré un cronómetro y acordarme de pulsarlo al principio y pulsarlo al final, es decir, darle al clic cada vez que me siente a leer y me levante de leer. Pero lo he hecho, y algo he anotado en el cuaderno. Incluso he subido una fotografía a Instagram para celebrarlo con un texto chorra, como decía un compañero de facultad. Puedes leerlo si me sigues, aunque tengo privada la cuenta, ahora que lo pienso. El asunto consistía en comprobar a qué altura del día alcanzaba una hora de lectura. Así de sencillo. Y con ese objetivo en la cabeza, el de conocer la hora del día en que alcanzo esa meta, me he dirigido al instituto. Entraba a segunda, y a tercera, que tenía libre, aproveché para tomarme un café y corregir. Eso es lo que he hecho, pero hoy, además, he reservado unos minutos para leer al final de esa hora. A las 11.13 h he abierto Quasi una fantasía y he leído un cuarto de hora o así. Empezaba tarde en el día el reto, pero no había encontrado un hueco antes.

Reconozco que, si no me lo hubiese propuesto, en vez de leer durante esos minutos, hubiese estado leyendo Twitter. Y Twitter me hubiese llevado a un artículo, o a alguna chorrada rara. Y así, multiplicado por esos ratos muertos que se quedan esperando en los recovecos de los días. Pero he leído. De mí dependía leer y de mí ha dependido leer. Puesta la pica, he pensado, esto va a ser sencillo. Llegar a la hora será sencillo. Pero no ha sido hasta las 17.57 h de la tarde cuando he podido cantar victoria. Y he cantado victoria porque hoy quería alcanzar una hora de lectura. Entre semana sabía que era difícil, y más si estudias pero leyendo descanso entre rato y rato de estudio. Así que anotaré, durante algunos días, a qué hora alcanzo esa hora de lectura.

Ahora no recuerdo en cuál volumen de los diarios de Trapiello leí que dedicaba dos horas a leer todos los días. Supongo que habrá días en que lea más. De Trapiello es esperable. Entonces, y ahora que lo imagino, con dos horas diarias de lectura podría terminar dos o tres libros a la semana. Dos horas diarias son catorce semanales y setecientas cuarenta y dos anuales, es decir, Trapiello podría alcanzar la cifra, grosso modo, de unos ciento y pico de libros por año. Parece que Trapiello lee. Lo crees porque Trapiello sabe más que yo de Literatura española.    

Así que el reto quedó registrado con el siguiente apunte: “A las 17.57 h alcanzo una hora de lectura en día laboral. Viernes, mañana completa, inicio el cronómetro a las 11.13 h en la biblioteca después de corregir durante un rato. Esto es un reto. Contabilizar, al menos durante un tiempo, a qué altura del día alcanzo la hora de lectura. Si no lees se te pudre el seso, y dicen que la imaginación; además, empiezas a comportarte como un zombi. Eso dicen los que saben. Qué coña”. Ahora te animo a que hagas lo mismo. Quizás te sorprendas de cómo las luces de feria digitales te impiden leer. De ti depende…

El apunte era ese. La siguiente anotación del cuaderno no versaría sobre la lectura, sino un dato que leí mientras estudiaba: “buscar algo en hemeroteca digital revista “Cruz y Raya” donde publicaban Zambrano y Zubiri”.  

El día prosiguió. De mí dependía leer y de mí ha dependido que hoy, día laborable, haya alcanzado un tiempo de lectura de hora y media, la mitad de las horas que he dedicado a estudiar.

También anoté en el cuaderno el impacto que me ha producido la muerte del pintor Eduardo Vicente, que Trapiello cuenta en Quasi una fantasía, hacia la página 156. Pienso mucho en la muerte. Será la edad. Cervantes decía que a los cincuenta “uno se convierte en aprendiz de difunto”. Pareciera verdad, y dependerá.

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