Crueldad

Siempre le gustó. Desde el primer día; ya con cinco años, cuando la profesora se presentó, esbelta y volátil, ante una veintena de ojos infantiles. Entonces la habían atraído el rosa (media rosas, maillot rosa, zapatillas rosas) y la gracia aérea que mostraban las películas. Así que el rosa se convirtió en su color y las tardes entre barras y espejo pasaron a ser sus preferidas. Por eso, cuando le dijo aquello por primera vez, le pareció una broma de maestra antigua, un comentario soltado al azar para hacer reír a sus compañeras −veinte ojos infantiles−. «Qué gorda estás.» Y ella sonrió como sonríen los simios aterrados, porque era lo único que sabía hacer. No la habían enseñado a defenderse. Aún no. Y sintió de repente la frialdad del estudio y las miradas en su nuca, notó la expansión del espacio que acompañaba a la vergüenza, percibió dónde estaban situadas las barras y cuánto distaba un cuadro de otro −mujeres, casi adolescentes, caleidoscopios de huesos−. «Tienes que adelgazar» o «¿Has visto alguna vez vacas bailando?» Sus compañeras −una veintena de ojos infantiles en caras flacas de cuerpo flaco− se rieron. Y fue aquella humillación la que le descubrió lo que no era rosa, lo que nadie veía sobre el escenario ni podía imaginar. En su mundo −el mundo de todos−, donde bailar era fácil, algo insulso y empalagoso, reservado a niñas rosas como ella, no cabía aquello. Luego, el ardor contenido en las mejillas. Las lágrimas obligadas a no caer. «Te aguantas y te las tragas». El vértigo en la boca del estómago. La disciplina extranjera. La violencia. Y la rabia.

Fragmento de “Treinta y dos fouettés”, de Irene Reyes-Noguerol, en De Homero y otros dioses, Maclein y Parker, 2018.

Cuando estuvo preparada, espolvoreó un poquito de alpiste en la plataforma y se sentó a esperar. Como era lógico −estábamos en medio del campo−, no tardó en conseguir resultados. Había logrado atrapar un gorrión jovencísimo con el pico todavía amarillento. Imagino que se había separado de su madre o se había caído de un nido. Metió su mano gigante en la jaula y la cerró alrededor del gorrión diminuto, que piaba desesperado batiendo sus alas. Lo que vino después fue muy rápido: le aplastó la cabeza con el pulgar, lo atravesó con el espetón y lo cocinó. No fue mucho tiempo, todavía estaba crudo. Para despedazarlo se sirvió de sus manos y de sus dientes, no utilizó nada más. Desgajaba la carne y masticaba los muslos, las alas, el vientre, el pecho. Veía las dos filas de dientes chocando entre sí. Dientes, solo dientes. Pensé que con una porción tan exigua de carne corría el peligro de morderse la lengua o de engullirse a sí mismo. Pero no. Trituraba los huesos y los chupaba, y lo hacía mirándonos a nosotras, a todas las niñas de la familia. Sonreía y entrecerraba los ojos, componía un mohín seductor, recorría con la lengua sus labios con un gesto lascivo. Con aquellas maneras podría fácilmente haber sido un galán, el tipo de adulto por el que suspiran las muchachas. Tenía la actitud de un donjuán, de un dondiego. Pero su rostro era tan repulsivo que nos provocaba un rechazo directo. Nos miraba como si compartiéramos un mismo secreto, él y nosotras, como si nos susurrara al oído aquellas cosas prohibidas que nuestros padres no querían que supiésemos. Parecía decirnos: sé de aquella vez que besasteis a aquel chico debajo del árbol, que cogisteis la mano de vuestro compañero de clase y la notasteis húmeda, sé que rozasteis el interior de vuestros muslos contra el borde de la mesa, que jugasteis entre vosotras a papás y a mamás, yo puedo hablaros de chicos y de misterios, sé las respuestas a vuestras preguntas, yo lo sé todo sobre las cosas que os hacen temblar en la cama, debajo de las sábanas.

Fragmento de “Masticación”, de Sarai Herrera, en La genealogía del ciervo Piedra, Papel, Libros, 2020

Imagen: Los siete pecados capitales, de Otto Dix.

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