La lechuza de Arganzuela

A mí nunca me llamaron lechuza cuando era un zagal que intentaba arrancar las mirillas de los Mercedes mientras esperaba apostado sobre el capó de uno de ellos hasta que comenzaran las clases de coral en el conservatorio de Jaén. Qué va. A mí nunca me pillaron, pero tuve que deshacerme de todas las chapas -las llamaba chapas- y logos muy pronto. Recuerdo que las más fáciles de desprender eran las de los Renault y las de los Seat siempre se partían por la mitad. Después las pegabas a escondidas en tu habitación con pegamento Imedio o Supergen, pero no se quedaban igual. Ni mucho menos. Decía que tuve que deshacerme de ellas porque ese año nos mudábamos a un piso más grande así que, antes de que me descubrieran, cogí la bolsa con las chapas y las tiré a un descampado que había cerca. Era fácil que me descubrieran porque éramos, por aquel entonces, mis padres, mis cinco hermanos y yo. Gente había en casa, pero al final, nadie se dio cuenta; el sueño de montar una tienda de repuestos de coches se esfumó con aquella bolsa.

Desconocía la anécdota que Ernesto Castro revela en el primer párrafo de su libro. A mí me ha servido de excusa para contar la mía, que es igual pero sin lechuza. Algo más tengo en común con él. Y digo esto porque una vez dijo en uno de sus vídeos que sus abuelos o bisabuelos eran de una aldea muy próxima a Jaén capital, Valenzuela o así. Reconozcámoslo: hemos sido unos hijos de puta arrancadarores de chapas de morros de coches, pero eso era porque todavía no nos afeitábamos. Y quién no sabe que hasta que no empiezas a afeitarte permaneces gilipollas. Gracias a Dios mi madre, recién instalado en mi nueva habitación, lo primero que hizo fue regalarme una maquinilla de afeitar Braun en un pack donde se incluía un “Eau de conciencia cívica”.

Insisto, la anécdota no se la había escuchado a Ernesto en ninguno de los vídeos. También soy consciente de que a esta altura de texto no estén entendiendo nada, ni de lo que hacíamos Ernesto y yo sin barba, ni de nada de nada, pero lo que sí tengo claro es que no les voy a leer el primer párrafo del proemio que escribe para Ética, estética y política (Arpa, 2020) y donde lo cuenta todo. Tampoco les voy a poner la fotito del susodicho texto. Ni aquí ni en Instagram, del que por cierto, me borré ayer.

Lo que sí les tengo que contar es que asistí a la presentación del libro. Desde mi casa. Bueno, en la suya, en Arganzuela. No, bueno, sí, vale, en la suya y en la mía de manera simultánea, sin gastos ni desplazamiento. Le di al Play y me lo tragué entero:

Sí, sí, estuve hasta el final y les aseguro que no cuenta la anécdota de las chapas recogida en el primer párrafo del proemio “La lechuza de Arganzuela”. Esa anécdota, o la lees en el libro o no creo que la escuches. Estos descubrimientos que ofrece la lectura los ha comentado alguna vez Ernesto en algún vídeo. Él dice, o llama a esto tener complicidad con el lector. Es decir, no es lo mismo contar esto en alguna red social, magnificándose y sacándose de contexto, que es lo que sucedería, que lo descubra el lector en la línea perdida de una página de su libro. Él cree mucho en esta complicidad y se la ofrece al lector como una dádiva. Es como si dijera, “mira, como has leído hasta aquí, te cuento esto que…” Y lleva razón, hay mucha magia y ¡complicidad! en ese hecho. Las redes sociales prostituyen y tergiversan tanto que lo mejor es hacer lo que ha hecho Ernesto, borrarse y dedicarse a grabar vídeos y escribir.

Visualicen completa la presentación, aunque lo hagan a sorbitos de diez en quince minutos, que es lo que hago yo. Hay tantos deberes y obligaciones… que si hijos, lavadoras, compras en el Mercadona, lecturas, oración y Twitter. Si no es así, no hay Dios quien vea los vídeos de Ernesto Castro. Bueno, sí, Dios siempre hay, pero ya me entienden… Es más, les animo a que tomen alguna nota. Así parece que aprovechan mejor el vídeo, aunque eso dependerá de lo neoliberal que sea usted y de las ganas o desganas que tenga de aprovechar el tiempo. Lo mejor es el presente siempre, como dice Merton: “La eternidad está en el presente. La eternidad está en la palma de la mano”.

Pero estoy escribiendo este post porque el vídeo lo vi hace una semana y lo que pasa cuando ves un vídeo donde un autor presenta su libro. Que palpas enseguida la sinceridad y las ganas de vender. Sí, claro, vender es humano, como decía Daniel H. Pink. Y legítimo. Y cuando captas la autenticidad, compras. Es lo que impresiona y se marca en no sé qué parte del cerebro a modo de gusanillo musical, como en Bob Esponja. Y lo que es genuino empieza a devorarte por dentro. Por dentro del seso, claro. Y entras en la espiral del discernimiento e idoneidad de la compra: visitas la página web de la editorial, lees algún texto suyo que ahí por ahí colgado… Además, descubres en la web que no solo estabas considerando la compra del libro de Ernesto Castro, sino también el de Lola Pons.

“Considerabas”. ¿En qué momento del vídeo se produjo el milagro desde el “¡qué coño voy a comprar este libro tan raro!” a “considerabas”? El clic se produce en algún momento, pero no sabes dónde ni cuándo precipita en tu seso. Y eso es un misterio. Descartas comprar enseguida el de Lola Pons, entre otros motivos porque no ha hecho una presentación como la de Ernesto en su casa. Y sin presentación, querida, con biblioteca real de fondo, no hay gasolina. No sé si la habrá hecho por ahí, con vinos y eso, pero ando casado, con decenas de tareas domésticas sine die y vivo en Jaén. No descarto su compra, pero hay que trabajárselo un poquito más. Como Ernesto.

Voy despidiéndome, pero antes he de decir que a Ernesto Castro le encuentro formas argumentativas similares a las de Ernesto Everhard, eso sí, con estrategias más singulares, como la que él mismo revela: “discriminar entre distintos campos de valores potencialmente antagónicos, (y) afirmar que la ética, la estética y la política no tienen por qué estar siempre de acuerdo”.

Además, un escritor que revela cuál es el objetivo de su escritura así, gusta: “el objetivo de mi escritura ensayística nunca ha sido exponer lo que yo pienso o dejo de pensar, sino lo que resulta contraintuitivo pero fascinante de argumentar dado un cierto sistema de pensamiento”. No te queda otra: empiezas a presupuestar el libro para comprarlo en este mes.

Y decides comprarlo cuando se presenta la propicia circunstancia, ¿será el albur? Tenías el libro en la cabeza desde que viste la presentación en su casa, pero ha sido hoy, después de regresar de cerrar una cuenta en UNICAJA, poniendo fin a mi relación con esta entidad del siglo XX, y devolviéndome 27,67 €, cuando has dicho sí. Con este extra en el bolsillo, casi inesperado, no pensaba visitar la librería, entre otros motivos porque tengo el rincón de libros por leer rebosado, ¡vaya tela!, pero al final entré. Y claro, tenían el libro de Ernesto Castro en la sección filosofía y el Quimera de Ferlosio, el de junio, donde los cómics. Como soy cliente fiel, me hacen un pequeño descuento. Así que todo importó 23,91 € (loción de gel hidroalcohólico incluida). Salí con el libro y la revista hacia la panadería, donde compré una barra campesina para acompañar la ensaladilla rusa que iba a hacer mi hija para comer. Terminé en mi cafetería favorita: ¡un café cortado, por favor! Y comenzaste a hojear.

Seguiría hablando del libro de Ernesto Castro, pero esto no es una reseña, sino un impromptu. Cuando lo lea, puedo seguir jugando a la recursividad. Ah, olvidé señalar que es la primera presentación que veo donde el autor cobra, bueno, le pagan conforme responde a las preguntas que le plantean lo ypicomil usarios que la vimos en directo; esto también es genial. Sí, por supuesto, yo apoyo estas presentaciones mucho.

Bernardo Munuera Montero. Apartado de correos 119. 23080. Jaén. España.

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