Reseña 3: La merienda de las niñas, de Cristina Morales

Hoy tenía dos opciones para llegar a las 1000 palabras del diario. O escribir del día, de lo que ha pasado o escribir sobre el último libro que me he leído, que ha sido el de Cristina García Morales, aunque ella firma como Cristina Morales y es la autora del archiconocido, por ser premio Herralde 2018, Lectura fácil. La merienda de las niñas es su primer libro y está editado en esa maravillosa e independiente editorial andaluza llamada Cuadernos del Vigía. En 2008.  

Yo llegué a Cristina Morales por una entrevista que le realiza Ernesto Castro. Había oído hablar de ella en un par de reseñas y hace poquito Ignacio Echevarría le decía “hola” en su columna de El Cultural. No sé si a ese “hola, Cristina, ¿cómo estás?” Cristina le ha respondido, pero los asuntos versaban sobre cómo consideraba ella a una editora, y en su conjunto, el trabajo de editor. El tema es complejo, pero ambos llevaban parte de razón desde mi humilde opinión. Cristina porque denunciaba el desorbitante poder que tiene un editor e Ignacio Echevarría, por otra parte, insinuaba que el trabajo de edición siempre había sido así y que desde su punto de vista era un malentendido sobre las reglas del juego. Lo he simplificado demasiado, pero lean las palabras de ambos y empleen su juicio como les dé la gana.

Mientras ella se dedica a escribir esta pequeña y obscena joya literaria, La merienda de las niñas, nosotros, en este caso yo, me entretengo en hablar sobre esta pequeña y obscena joya literaria. Y escribo y digo lo de obscenas porque en los tres primeros relatos aparece el sustantivo pezón, que no mortadela, pero en plural. De hecho, ese sustantivo es una isotopía léxica en los tres primeros relatos por lo no podemos dudar de la cohesión y coherencia de la ficción de Cristina Morales. El resto de los relatos, los quince restantes, son pura enjundia. Además, contienen un componente erótico visceral. ¿Visceral? Sí, visceral. Déjenme que adjetive.

Lees el libro y cuando lo terminas lees en otro sitio que son textos que Cristina Morales escribió con dieciséis años y otros con casi veintidós. Echas el freno. Relees algunos, los más cortitos, y piensas de repente en algunas de tus alumnas de 16, 17 o 18 años. Imposible. Sabes entonces, y es cuando te percatas de que estás ante una escritora inteligente, de espumosa imaginación, y muy muy madura. Chequeas todo. Sí es atrevida, sí es desvergonzada, sí es maliciosa y sí es ingenua. Lo carnal y lo sensitivo recorren todos los relatos y te relames porque aún te quedan catorce días para entregar el libro en la biblioteca.

Hay dos, tres relatos que para mí son muy buenos. El del facha, el de las fotos perdidas y el de Cecilia. El de las cartas también es espectacular, sobre todo porque piensas ahora, en la relectura, en la edad en que fue escrito. Cristina rebosa una madurez narrativa que te deja en algunos patidifuso. Si hiciésemos caso a Richards, el gurú del New Criticism, no debería considerar que fueron relatos escritos a una edad muy temprana, con dieciséis o veintidós años, sino que deberíamos fijarnos en la impresión estética que nos han producido. Desde luego, y no voy a engañar a nadie: gozas en narrativo. El yo narrativo de Cristina es potentísimo. Aún no le he leído nada más, pero haré todo lo posible por leérselo todo. Y mirad que más anárquica que Bakunin y Malatesta hay poquita gente, pero Morales les iguala. Tengo la máxima de acercarme a las obras literarias obviando las ideologías de los escritores. Leo de todo porque no cerceno por ideología. Decía que el yo narrativo es exuberante y muy homogéneo. Un yo narrativo que sitúa nuestra imaginación donde le da la gana, donde un café aguado o entre el polvo que le echa un fascista, que es el que mejor folla, dice, o el más divertido, que quién iba a ser si no que un anarquista como ella. Una imaginación que vuela al centro comercial donde Cecilia trabaja o espera con ansia la carta del polaco. Una hermana, a la que te imaginas casi como una hermana de verdad, a pesar de que está esparcida en un libro de relatos escrito por una autora granaína. Madurez, inteligencia… Cristina no tiene el cerebro lleno de aire cuando escribe esta serie de relatos. Tiene vida y experiencia y tiene vida e imaginación.

La colección acaba con un relato titulado “La puta literatura”, que está dedicado a los residentes de la sexta promoción de la Fundación Antonio Gala “donde la puta Literatura nació y aprendió un oficio”. Donde Cristina, claro, estuvo becada para convertirse y fraguar su arte. Tiene arte esta niña, esta niña que me encanta ver en las entrevistas porque desarrolla un histrionismo contenido que me mantiene pegado a su discurso, aunque su discurso, desde mi yo más liberal y conservador no comparta. Pero se trata de Literatura.

Acabo desvelando que tengo una mala costumbre. Me gustaría erradicarla, pero si la hubiese erradicado, que es la de simultanear muchos libros a la vez, nunca hubiese saltado esta chispa. Y la chispa es que según le parece a don Quijote, “este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados que atienden solamente al deleitar, y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan justamente”. Relean el capítulo XLVII, por donde voy. A esta cita le sale un pie de página que reza: “Las fábulas milesias se conocían solo por referencias que las presentaban como lascivas y dañinas, frente al género ejemplar que es el apólogo”. Los relatos de Cristina Morales tienen un componente lascivo, que es un componente muy atrevido para la edad con que los escribió. A mí me gustan la mayoría de los relatos y son prueba de fe de que la escritura de Cristina Morales va a significar mucho en nuestra literatura española. Deo volente.

En el vídeo que asocio a estas letras leo el relato “Cecilia”, que se encuentra en la página 33 del libro. Hubiese leído también “Vocación”, pero ahí hay demasiada pasión. Aquí tienen el vídeo: