Ajedrez por correspondencia

Ajedrez por correspondencia

El lector de este sitio sabe que utilizo un apartado postal para recibir libros y revistas, cartas[1] y postales. La última, de hecho, llegó desde los Alpes franceses y antes desde Chile. El apartado de correos tiene retrato en el blog. Si se fijan, y suben o bajan el ratón, pueden verlo en la parte derecha de la página si acceden desde un ordenador; y en la parte inferior, después de las entradas, si lo hacen con un móvil. Ahí lo tienen, el 119.

En realidad, no sé por qué les enseño el acero y cromado de la cajita. Es una información secundaria, desde luego. Lo que de verdad importa es el interior de esa cajita porque el cartero depositará ahí una jugada de ajedrez.

Soy aficionado al ajedrez y la modalidad por correspondencia es la que más disfruto. Tanto la aplicación Lichess como la de Chess.com la ofrecen. Reconozco que no soy ningún lince y me gusta pensar muy bien las jugadas, aunque por desgracia, esa estrategia no se traduce en más victorias.

Photo by Pixabay on Pexels.com

Me han hecho una propuesta. Me retan a una partida de ajedrez por correspondencia, vía sobre y chupón de sello. He aceptado, claro. Parecerá absurdo, incluso algo nostálgico y derrochador, invertir esos cientos de céntimos de la hucha común de casa en sobres y sellos para jugar al ajedrez por correspondencia. Sí, he contestado sí porque urge y es necesario continuar dando jaque a este tiempo de prisas y desasosiego.

Después de aceptar me ha picado la curiosidad y he investigado algo en Internet para comprobar datos relacionados con el ajedrez postal. Hasta existe una asociación[2]. Hay archivos con partidas inmortales, como las que protagonizaron Sundin y Andersson en 1964 y la de Morillo contra Ortiz en 1969. Se disputaban, incluso, partidas entre ciudades. Perplejo.

He entrado en ilusión. Mientras espero la primera jugada, he decidido comenzar un diario: Diario de un jugador de ajedrez por correspondencia. No sé si dispondré de suficiente papel para relatar mis impresiones y enumerar los beneficios que traerá esta modalidad. Ya escucho los prejuicios de quienes piensan en lo anacrónico de nuestro comportamiento. ¿Qué hacen dos tipos que viven en 2020 jugando al ajedrez por correspondencia? ¿No tienen nada más importante que hacer que disfrutar de una partida lenta de ajedrez? Yo no sé a qué dedicas el tiempo libre, si a ver cómo se orinan en Twitter o Facebook o a qué, pero la ilusión que albergo por abrir esa primera carta es la misma que tenía cuando esperaba alguna cartita de amor. Vaya expectación. ¿Será la primera jugada un e4 o sacará por el flanco de dama el caballo?  

Cuando empieces esta partida sabes que inaugurarás otro ritual. Visitar Correos cada dos o tres días –como haces ahora–, recoger la carta, estudiar la jugada, analizarla y tenerla en el seso mientras haces la compra, paseas por la Alameda o esperas en la cama; esbozar una respuesta y buscar los céntimos desahuciados para comprar el sobre y chupar, de vuelta, el sello. Por último, buscarás la boca del buzón y te faltará besarla. Un placer más. Con qué bagatelas disfruta uno.

Aceptar esta partida traerá más beneficios que contraindicaciones[3]. ¿Qué puede tener de malo elogiar y disfrutar de la lentitud de una partida de ajedrez por correspondencia? ¿No constituirá un remedio para protegerse de las prisas y tormentas de este tiempo[4]?

Desconozco si cuajará la propuesta, pero había que seguir dando jaque al tiempo en red social; y buscar otra recreación analógica, distinta de la lectura y escritura, afín a nuestra sedienta provincia interior Y así, aunque sea vía postal, en el 119 de Jaén. Atento.


[1] Sobre la defensa de la carta y la correspondencia epistolar como manifestación del recogimiento y meditación Pedro Salinas escribió El defensor, Alianza Editorial, 1983.
[2] Asociación Española de Ajedrez por Correspondencia: https://ajedrezaeac.com/aeac/
[3] Si no la han leído, por favor, háganlo cuanto antes: Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, Acantilado.
[4] Recomiendo leer Del buen uso de la lentitud, de Pierre Sansot, Tusquets, 1999

PUEDES SEGUIR EL BLOG VÍA TELEGRAM