Tropo 361: ¿Por qué subes fotos de libros? ¡Eh!

Mientras buscaba la palabra epistemología en el diccionario María Moliner, me preguntaba qué era para mí un libro y qué significaban los libros en mi vida. Dulzón me había puesto. Antes de realizar la búsqueda -quería precisar su significado-, había apagado completamente el móvil y lo había dejado encima del fichero de fichas índice que tengo encima de una silla verde chillón de Ikea. De vez en cuando, apago el teléfono durante toda una tarde o un buen rato para evitar las interrupciones y las distracciones. Pero justo antes de apagarlo, venía de Twitter, y había leído un par de tuits que emitían juicios que demostraban cierto desprecio hacia las personas que enseñaban -que enseñábamos- en las redes sociales nuestros libros, nuestras estanterías colmadas de virguerías que nos habían cambiado los puntos de vista. Los tuits me habían sorprendido, no por su contenido -estamos en el día del libro- pero sí por las personas que los escribían.

Además, justo en ese momento, antes de apagar el móvil, y justo antes de leer esos tuits, había subido una imagen de todos los libros que tengo de la editorial Pálido Fuego -una de mis favoritas (la que pongo hoy)- al estado de WhatsApp, Instagram y tal y como he dicho, ya saben, a Twitter. Lo había hecho, además, con el descriptor #DíadelLibro. Paso de hashtags.

Yo no demuestro ese desprecio por los gatos, ni por los perros. Por los cientos de gatos y las decenas de perros que, sin su consentimiento, son expuestos en las redes sociales. Y escribo sin su consentimiento porque la gente -prejuicio- los consideran personas. Por eso mismo. Les hablan como si fuesen personas, los mantienen como si fuesen personas, incluso se acuestan con ellos en la misma cama como si fuesen personas capax coitus. Un gato es un gato y un libro es un libro; yo soy yo y tú eres tú, aunque te pasee tu perro.

Pero en realidad, ese desprecio hacia las fotografías de los libros que algunos subimos a nuestras redes, es un desprecio subliminal hacia el conocimiento, es un desprecio al saber. No obstante, sirva aquí lo adversativo, estamos acostumbrados.

Sí, por supuesto. Esto es una interpretación. Eso es evidente. Hemos dicho antes que un gato es un gato y una interpretación es un juicio que hace un yo sobre otro yo o sobre otro ente -por cierto, ¿se sabe ya “por qué hay ente y no más bien nada?”. Seguimos preguntándonoslo.

Estoy vacunado, y por tanto curado, de prejuicios ajenos hacia lo que hago. Primero, porque demasiados juicios proceden de esa corriente emotivista en la que nos quieren sumergir. Y que detesto, y que ni fu ni fa. Y después, porque bueno, yo tengo buenos amigos, amigos, en este caso E, que me dan consejos como este: “Cuando has decidido que una cosa debe ser hecha y la estás haciendo, nunca evites que te vean, aunque muchos puedan formarse una opinión desfavorable de ti. Si no es correcto hacer lo que haces, debes evitarlo, pero si es correcto, ¿por qué temer que a los demás les parezca mal sin motivo alguno?

Así que no te indignes ni me desprecies porque suba fotografías de mis libros a mis redes sociales, haz el favor, por favor.

Y menos mal, amigo, que de lo que se trata en la vida, escribía Philip Roth en Pastoral Americana, no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una y otra vez y muchas más. Y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos.

Por eso ahora no te entiendo, es decir, te malentiendo porque por qué subes constantemente fotografías de perros y gatos a las redes sociales. Solo sé, por supuesto que lo sé, que abrir un buen libro no es abrir un buen gato, aunque ladre.

Lo de qué para mí un libro, otro día, cuando haya más amor y menos amarulencia.