Tropo 360 y Reseña 1: Contra la quincallería de nuestro sistema educativo

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Desconozco si es santo de tu devoción Sánchez Dragó. O por el contrario no es nada. He leído de todo estos días, hasta que lo echaron de El Mundo, pero lo del despido es verdad y aquí no te miento; es más, te lo demuestro: Dragó crea un semanario digital tras su despido de El Mundo.

Hasta hace tres semanas no conocía el invento, pero al invento ya le rebosan las palabras.

El tropo de hoy va a ser corto y consistirá en colocar al final de este párrafo el vínculo que te dirigirá a la reseña de La escuela no es un parque de atracciones que envié a tres medios a la vez. Mientras le daba a enviar me dije: “El primero que conteste se la lleva”. Pasaron dos, cuatro, y ¡cinco días! Obtuve respuesta. Me publicaban la reseña en La Retaguardia. Había echado un rato en esmerilar el texto y quería algo distinto a la publicación en el blog. Es y va a ser un libro importante para mí, que soy profesor. Es un libro que utilizaré para calibrar mi praxis docente. Y me gusta compartir. Porque es un ensayo lleno de rotundos argumentos contra lo que está sucediendo en nuestras escuelas. Un ensayo necesario. No quiero escribir más. Aquí está: “Contra la quincallería de nuestro sistema educativo“.

CONTRA LA QUINCALLERÍA DE NUESTRO SISTEMA EDUCATIVO

Como trabajo en una escuela, no tardé en comprar el último libro de Gregorio Luri, La escuela no es un parque de atracciones (Barcelona, Ariel, 2020). De hecho, lo hice el mismo viernes 13 de marzo, día en que comencé mi confinamiento. El lunes siguiente no volvería al instituto. Ni la librería Metrópolis volvió a abrir. Así llevamos veintitantos días, casi un mes confinados y sin saber de papel.

La escuela no es un parque de atracciones viene con un subtítulo necesario y aclaratorio: Una defensa del conocimiento poderoso. Este enunciado es la base de la tesis de Luri: sin conocimiento, sin la restauración de la dignidad del conocimiento en nuestras aulas, nuestros estudiantes no producirán conocimiento de calidad. Parece un juego de palabras, incluso una engañifa, pero no, es la miga del ensayo.

¿Quieres poseer un conocimiento crítico de la realidad? Aprende. ¿Quieres dejar de ser vulgar? Aprende. ¿Quieres pensar mejor que Google? Aprende. ¡Ah!, pero ¿Google piensa? No, pero como almacena y encuentras en él de todo parece que piensa y tiene la respuesta para todo. Por ese motivo copias y pegas, o buscas y recitas, o simplemente, lees y olvidas. Pero si piensas que Google tiene respuesta para todo, no irás muy lejos; es más, te adelanto el final, y te digo la verdad y así no te miento: Google fabrica estúpidos.

Luri ha dividido el ensayo en tres partes y: un epílogo adornado con una cronología de las ideas pedagógicas desde 1806 a nuestros días; una especie de manifiesto en defensa de una escuela que obligue a pensar y la reunión de todas las notas que nutren los capítulos, que más que una colección de notas parece un manjar bibliográfico que nos sugiere: “Sírvanse ustedes mismos”. Expuesta la estructura, empezamos. ¿Cómo? Defendiendo las bibliotecas. Así comienza La escuela no es un parque de atracciones: Just Google It. Vamos allá.

La primera parte se titula “¿Existe la ‘racionalidad pedagógica’?”. En ella recorre la parcela del sufrimiento emotivista y los tópicos que nutren el estándar emocional. Luri tampoco olvida la orfandad intelectual que empiezan a destilar muchos centros educativos. Por eso concluye con algunas ideas sobre los mitos de la innovación. Defiende, por ejemplo, que el descubrimiento valioso siempre será consecuencia del esfuerzo, y que tan importante es tener buenas ideas como saber defenderlas. De igual manera, por ejemplo, nunca sabrás si una innovación va a tener éxito, pero sí estás seguro de que un ignorante nunca lo tendrá.

En la segunda parte, “En defensa del conocimiento poderoso”, es donde empieza esa sensación de no querer que el libro se acabe. Luri habla de la inteligencia. De cómo, por ejemplo, cuando hablan y algunos defienden los aprendizajes no memorísticos, lo que en realidad están haciendo es engañar a la gente. Se adentra, con dulces símiles, en entender qué es la inteligencia y cómo trabaja con la memoria a largo plazo y la memoria de trabajo. Páginas repletas de sólidos argumentos, que son en ocasiones muy rotundos, para convencer con datos y experiencia que, por ejemplo, los individuos más inteligentes son los que son más capaces de preservar mentalmente una representación fiable de un problema. Genialidades así, en abundancia. Pura auctoritas.  

Durante esta segunda parte, Luri entreteje la necesidad de conocimiento con la idea de que el conocimiento es poder. Por eso habla de memoria de trabajo y de cargas cognitivas, de cómo la unidad de sentido es necesaria para, primero, enfocarse, y después para aprender. Si hay algo que brilla en esta parte son los ejemplos que extrae de la realidad y confronta con investigaciones. El ensayo está dotado de una gran carga de autoridad por el número de referencias a estudios que realiza. Si, además, va salpicándolo con curiosas anécdotas históricas, pasas las páginas absorto. Cuenta, por ejemplo, cómo Emil Cioran decía de Sócrates que cuando le estaban preparando la cicuta, este estaba aprendiendo a tocar una canción con la flauta. “¿Qué utilidad tenía este aprendizaje?”, se preguntaba Cioran: quería aprender a tocar la canción porque era la que estaba ensayando antes de morir. El conocimiento, el poder de conocer transformado en aprender a morir. De esta manera se llega al final de una parte donde será Calderón de la Barca quien pondrá la guinda desde La vida es sueño: “A quien le daña el saber, homicida es de sí mismo”.

La última parte, “Instrucción explícita y capitalismo cognitivo”, la abre Roger Callois: “No hay esfuerzos inútiles. Sísifo desarrollaba sus músculos”. Luri tratará de aterrizar y esbozar propuestas de solución. Las razones y los argumentos están encima de la mesa. ¿Cómo plasmar el conocimiento en el currículo de nuestras escuelas?, por ejemplo. ¿Qué tipo de evaluación añade valor añadido a nuestros estudiantes? ¿Por qué los que defienden no hacer exámenes en los colegios e institutos están demostrando, en realidad, su ignorancia sobre el funcionamiento del aprendizaje? ¿Por qué Finlandia se ha convertido en el juguete roto de los experimentos educativos? ¿Cuál es el punto débil de nuestra escuela? ¿Por qué necesitamos estudiantes en las STEM (acrónimo, en inglés de Science, Technology, Engineering and Mathematics)? Quizá sean estos capítulos finales, sobre todo como profesor de Lengua, los que más me han hecho reflexionar sobre mi práctica docente. El capítulo “Crítica del pensamiento crítico” es demoledor porque piensas que es tu obligación desarrollar y despertar el espíritu y el pensamiento crítico entre tus alumnos. El listón es altísimo.

Casi acabo. Hagámoslo con Steiner, página 311: “El pensamiento serio es raro. La disciplina que requiere, la voluntad de abstenerse de lo que es fácil y caótico, pocas veces, por no decir nunca, están al alcance de la gran mayoría. Casi nadie es consciente de lo que es ‘pensar’, transformar la quincallería, los residuos deteriorados de nuestras corrientes mentales, en ‘pensamiento’. Percibido correctamente –¿reflexionamos con frecuencia sobre ello?-, la instauración de un pensamiento de primera magnitud es tan poco frecuente como la creación de un soneto de Shakespeare o de una fuga de Bach”. Para mí, uno de los capítulos esenciales del libro. Quizá porque es el más necesario desarrollar en nuestras aulas: interpretar la realidad y construir pensamiento desde el conocimiento después de un proceso crítico de análisis y evaluación. Pensar bien es difícil, concluye Luri, pero sin conocimiento se hace imposible.

La valoración que hago de este ensayo es muy positiva. El texto me ha demostrado que el desarrollo de la ciénaga en la que se encuentra nuestro sistema educativo podría contenerse si comenzamos a revalorizar el conocimiento en las aulas. Un texto muy valiente y que podría constituir una verdadera bomba de relojería. Solo falta que detonase en el Ministerio de Educación y en los despachos de las consejerías de educación.

Quien tenga el propósito de enmendar y restaurar la educación en España está obligado a leer este ensayo. Es un cuidado análisis escrito por un filósofo que es pedagogo. Es una observación analítica y meticulosa de la situación actual de nuestra educación en los niveles de primaria y secundaria. Es, por qué no, un aviso, aunque no catastrofista. Pero el tiempo corre y esta bomba que es La escuela no es un parque de atracciones debiera explotar (perífrasis de obligación).  

Porque la ignorancia es un mal, decía Sófocles, que no causa ninguna molestia al ignorante. El conocimiento, mientras tanto, concluye Luri, es un bien porque no deja de incordiarnos con nuevas preguntas, porque solo lo que conocemos nos ilumina y nos abre vías de acceso a realidades más amplias: queremos una educación, un sistema educativo que no se reduzca a un simple parque de atracciones.  

Bernardo Munuera Montero (Blumm)