Tropo 305: Los muertos

Hay muertos en Beas de Segura. Muchos. Demasiados. En 3º de ESO hemos comenzado la literatura y lo hemos hecho a lo grande, citando a todos los muertos, los muertos de Javi y los de Paula, alumnos, y los muertos de Manrique, su padre, y los de Mecano, de fiesta, claro. Los muertos de Beas me han resultado atractivos, muy atractivos. Los ríos van a dar a la mar y en Beas, los muertos, al final, los ves pasar por el pasillo y mientras tú estás en el salón, mientras estás viendo un partido entre el Madrid y un equipo perdedor, te percatas de cómo el espectro de tu abuela, que está muerta, se introduce en el cuerpo de tu madre que está en la cocina haciendo bizcocho para mañana. Te lo cuentan así, como si eso fuese normal. Todas las semanas ocurre y yo, como además de comenzar la literatura estoy con el reportaje, creo que les voy a enviar la tarea para presentársela a Iker pronto, a Iker Jiménez antes de que se vayan en junio. Que recojan todos los testimonios posibles, que vamos a editar algo interesante. Por mis muertos, rige escribir ahora, pero respeto, yo respeto mucho a los muertos porque yo no creo que solo seamos un trozo de carne con ojos. Yo creo que al polvo regresas sin la compañera, el alma, eso sí, en pelotas, o en cueros, como le escuché el otro día a una señora cuando pasaba a su lado corriendo (los martes, jueves y sábados salgo a correr con mis hijos por la Alameda de Jaén), y le decía a un anciano que “venimos en cueros y nos vamos en cueros” y que qué verdad tan grande, Jorge, tú, Manrique, que naciste a pocos kilómetros de donde ahora doy clase, en Segura de la Sierra, dice la Wikipedia follona. Los muertos en Beas se pegan estas pasadas, o por lo menos así me lo han contado hoy en 3º de ESO cuando he comenzado la literatura, que si Manrique, que si Mecano, que qué bien me lo paso dando clase de literatura, amigo.