Tropo 244: Teoría de la musa

Hoy le contaba a Jesús Tíscar, mientras tomábamos café y me dedicaba su última publicación, Los pimientos y otros cuentos indigestos, que el tropo diario haría referencia a las musas, o más bien a la teoría de la musa que enunció Rafael Sánchez Ferlosio en Vendrán más años malos y nos harán mas ciegos. Él, por lo que me ha contado, se cita con ellas todos los días a la misma hora. Cree en la disciplina del escritor, practica la disciplina como medio para destilar enjundias y otros cuentos, relatos y novelas a las que les suele rebosar la literatura, que es eso que no existe, pero que está tejida con la imaginación del escritor, que sí existe, por lo que, sin más retrasos ni carantoñas, paso a transcribir el pertinente fragmento del autor del Jarama, novela que nos marcó y de la que hemos hablado con recreo y admiración:

(Teoría de la musa.) La musa nunca viene para poner la pluma o el pincel en movimiento, sino que solamente sobreviene –en caso de que quiera o pueda hacerlo— cuando una u otro ya se están moviendo. Quiero decir que cada vez se hace en mí más fuerte y más fiadera la impresión de que todo lo que encontramos de realmente feliz en una obra literaria nunca ha sido producto de invención y elaboración deliberada, sino instantánea flor de ocurrencia sobrevenida. Reluce con el aura inimitable que se me antoja propia de lo genitum, non factum como dice del Verbo el Credo de Nicea. Me parece absolutamente inverosímil que Cervantes, cuando esbozó en su mente y empezó a escribir un entremés gracioso pero vulgar y hasta salaz en algún paso, como El viejo celoso, pudiese ni tan siquiera imaginar, hasta el instante mismo de llegarle a los puntos de la pluma, que iba a sobrevenirle, entre los frescos, besados, rebesados, jubilosos, rientes, desvergonzados labios de la malcasada adúltera –y en respuesta al burlado marido que desde fuera de la alcoba la conmina a abrir el cerrojo de la puerta—, la ocurrencia que es a la vez la más alta, arrebatadora y amorosa expresión de gratitud carnal que pueda concebirse y la frase más increíblemente hermosa que se haya escrito en prosa castellana: «Lavar quiero a un galán las pocas barbas que tiene con una bacía llena de agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel pintado».

Rafael Sánchez Ferlosio en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos

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