Tropo 230: Las luces del insulto

El insulto no tiene luces. Ni largas ni cortas. ¿Eran largas o eran cortas las luces de tu insulto? ¿Procedían del sol o de la luna? Ni del sol ni de la luna. Del insulto no puede salir nada más que fango y vísceras. ¡Ten cuidado con el sol! Y con tus alas… Si bien calienta, también derrite. El insulto invalida la clase y te convierte en un tío marrullero, como esos jugadores de fútbol… ¡Marrulleros! Solo en el fútbol puedes encontrate a tíos marrulleros, repito, solo en el fútbol puedes trabajar de marrullero, es decir, con tíos sin clase, de media estofa, muy cafres, muchos cornamusas, cebollinos, galápagos y pepinillos, ¡cuánto cipote hay en el fútbol! ¡Huy, perdón! Este último petardo ha sonado más fuerte. Perdón. Caridad, por Dios y por la Virgen. Mansedumbre y estoicismo. Y hacer recuento de quién no traiciona aunque, ya sabes, después siempre viene el Setenta Veces Siete, macho quimérico, con las rebajas. Yo, señor, no soy malo, pero tu equidistancia, Ícaro, se ha viciado. ¿Cómo estás? Empecemos a deslumbrarnos. Mira, una frase, una muy buena frase que encontré en el estado de wásap de: “No estaba lloviendo cuando Noé construyó su arca”. Es de un tal Howard Ruff, que no sé quién es, pero da igual, es una buena frase porque no es, desde luego, la frase de un resentido. Qué triste todo, joder (¡ups, perdón!). Chutado. Qué pocas luces, B.

(Dentro se oye silbar la música de “El bueno, el feo y el malo”)