Tropo 209: Dos entradas de diario

En un 29 de mayo de no sé qué año, Gonzalo Torrente Ballester escribió que “era bonita y tenía unas tetas puntiagudas que el brial no conseguía refrenar. El arzobispo se enamoró de ella”.

Distante, lejos en el tiempo y en el estilo, un viernes, 9 de junio de 2006, Jordi Mestre escribió que “La Nueva y yo hemos conocido de primera mano el asombroso mundo de las plazas de parking urbanos. Hasta hace poco, yo iba a todas partes a pie o en taxi, porque siempre me pareció que el metro o el autobús son de snobs. A pie llegaba a casi todas partes y, si tenía prisa, tomaba un taxi. Total, con no cenar ese día podía sufragarme ese cómodo transporte.
Pero desde que vivo con la Nueva las cosas son diferentes. Ahora hay que ir a otros sitios pensados para el disfrute de los matrimonios, al Hipercor por ejemplo, a comprar helados, Nocilla y leche condensada y otros alimentos de primera necesidad. Y la Nueva no sólo compra esas cosas, su sistema de compra se parece a la acaparación, como si temiera una guerra o un terremoto para el día siguiente. ¡Y a veces hasta salimos de la ciudad! Vamos a sitios como pueblos y playas, sitios que, en mi ignorancia de soltero, pensaba yo que ya no existían más que en los libros.
A esos sitios que a la Nueva le gusta llevarme no se puede ir andando ni en taxi. Andando, esos sitios quedan lejos, pareceríamos Espinàs o Labordeta redescubriendo el país. Y no es cuestión de parar un taxi y decirle al conductor: “Buenos días, buen hombre, apague la puta Cope y llévenos a un pueblo. Y rápido”. Del metro y el autobús no hablemos, e ir en tuc-tuc, la verdad, no me veo.
Así que ahora tenemos un coche, y no uno pequeño, sino grande, enorme. Uno de esos coches que en las películas elegantemente traducidas se llama sedán: “El sospechoso viaja en un sedán blanco del 98”, dicen en las películas. Ahora nosotros viajamos en un sedán blanco, pero no del 98, sino de los tiempos preolímpicos. El problema de conducir un sedán blanco por Barcelona es que esta ciudad no es como las de las películas elegantemente traducidas, en las que siempre hay aparcamiento a la puerta de casa, y no un aparcamiento que necesite maniobra, qué va, en esas películas uno va y dice, “mira, paro aquí”, y va y para y hasta deja la puerta sin cerrar.
Así que decidimos alquilar una plaza de parking. La oferta es amplia, mucho más amplia que el espacio de las mismas plazas. Nuestro sedán no cabe en la mayoría de las que visitamos, a no ser que lo desmontemos cada vez que lo aparcamos y dejemos las piezas bien ordenadas en montocitos verticales. En algunos sí cabe, siempre que a la hora de aparcar el sedán nos acompañe un albañil que derribe las columnas que rodean la plaza y vuelva a levantarlas después. Para acceder a algunos parkings es necesario el uso de gigantescas grúas para bajar o subir por las rampas y, en otros, ante la falta de luz natural o artificial, los dueños permiten sólo a regañadientes el uso de antorchas. La mayoría de parkings adecuados a nuestras necesidades están tan lejos de casa que deberíamos ir en taxi a buscar el coche. Hay uno justo al lado de nuestro edificio, pero los constructores, ante la falta de espacio, renunciaron a las escaleras y para acceder a él instalaron un curioso sistema de cuerdas y poleas que la Nueva, con buen criterio, se negó a probar. En otros se oyen espantosos alaridos que los propietarios, como si les quitaran importancia, atribuyen a monstruosas alimañas que allí habitan: “¿Esto? Nada, hombre, las alimañas”, dicen.
Al final, desesperados, la Nueva y yo hemos alquilado una plaza de parking que reúne un poco todas las condiciones antes descritas. Esta noche, precisamente, una alimaña se ha comido la parte trasera de nuestro sedán, lo cual, por otra parte, nos facilita la maniobrabilidad dentro del parking.
Dijo Rabindranath Tagore: “Leemos mal el mundo y creemos que nos engaña”. Queda claro que Tagore era indio y por tanto viajaba en tuc-tuc, y poco sabía de parkings.”

He pasado la tarde con dos libros: con Fragmentos de Apocalipsis, de Torrente Ballester y con Paraguas en llamas, de Jordi Mestre