Tropo 170: Las gitanas

Segunda hora. Guardia. A los 15 minutos la profesora de M. reclama nuestra ayuda. Dice que no piensa dejar entrar a dos alumnas en clase porque han llegado 15 minutos tarde. Les coloca dos partes por reincidentes. Son los dos primeros partes que coloca. Tomo la iniciativa y me llevo a las alumnas al aula de convivencia. Risitas y gritos. Desmadradas. Parecen dos locas, pero son gitanas. De quince años. Entramos en el aula de convivencia. Es la primera vez que entro en ese aula en ese centro. Amable, pintada de un rosa pálido. Aquella moda emocional. Gilipolleces. Las siento y me siento frente a ellas y les hablo con un tono más sosegado del que utilizo frecuentemente. Quiero transmitir serenidad. Lo consigo. Muevo los partes delante de sus narices inquiriéndoles explicaciones. Sosegando. Empiezo con los porqués y terminamos hablando de que una de ellas está pedida y que se debe a su novio, futuro marido. Toleran y aplauden la conducta machista. Él, de diecisiete; ella de quince. Departimos, que si los gitanos perseguidos, que si Carlos III promulgó una ley en 1783 que los amparó. Son ilustradas. Se quedan con media boca abierta. Seguimos con el Flamenco. Su origen, su mezcla de los ritmos orientales que había en Andalucía con la idiosincrasia y la sensibilidad artística para el cante de los gitanos. Las derribo. Quieren más. Les hablo de los moriscos, judíos y ¡gitanos! Todos convivían tiempo ha. Se respetaban. Llega la compañera que estaba de guardia conmigo para relevarme. Ellas, por lo bajini, «maestro, no te vayas, no te vayas». Puede resultar vanidoso por mi parte lo que cuento, pero al final, se me eriza el vello cuando la mayor, la que va al centro buscando gresca me dice: «maestro, eso digo yo, es verdad, ¿por qué no estudio, por qué no empiezo a estudiar y a cambiar mi vida?». Quería escribirlo. Y escrito ha quedado. Sí, se me erizó el vello del brazo.