Tropo 154: Esperando

Sales de noche a por tu hija. Ves parejas de la mano. Hace calor. Cervezas y niños. Cerebros autorretratados. Insisto, hace calor. 

Pero es de noche. Hoy he vuelto a escuchar el protocolo: escribir sin escaleta, escribir una novela sin escaleta. Solo silla, tiempo e ideas. Que todo bulla entre los sesos. Ha sido al Jabois. Jabois ha sido quien lo ha dicho en una entrevista con motivo de Malaherba. Se lee así, compruebo, y no así, de esta otra manera: Malayerba. Sigues esperando a tu hija. Desconfías de la noche y de los umbríos, que son membrudos de seso, y ansiosos de sexo. No hay más razones que evitar al obseso del sexo. Por eso estás ahí, apostado en un banco de piedra, junto a la Diputación, esa institución que no sabía el padre de Joaquín Sabina para qué servía. Por ahí ha de andar la anécdota. Y aquí estás, esperando a tu hija. Los paseantes, ya sabes, pasean. Son casi las doce de la noche. El calor empieza a dejar de ser calor y se empieza a vestir de brisa. Siguen con la cerveza, y aquí con las tapas, que tragan  como si mañana no existiera. Tragan. Se selfían, o se selfean, mejor. Una chica tropieza con el escalón. Suena mal la caída. Estaba haciendo lo que tú hacías, pero en movimiento, andando, distraída. Tú, en cambio, estás apostado ahí, en el banco de piedra de la Diputación desde donde sacas la fotografía que encabeza el tropo. Llevas diez minutos esperando, que es el mismo tiempo que llevas escribiendo este texto, que tiene 255 palabras. Y le pones un punto y, joder, siempre se dibuja un fin.