Tropo 110: La idiocia rutilante

Ya no es solo en la tierna primera edad, sino a cualquier edad. El grado de idiocia al que estamos llegando amenaza con convertirme en un anacoreta, un monje del desierto, pero en mi celda, entre mis pensamientos y mi bullente interior.

Si hay algo que me gusta del estoicismo es que desde el principio te lo deja claro: si te rebelas o te enfadas contra lo que no depende de ti, eres un gilipollas. Podría, incluso, ser la piedra angular de esta filosofía, que intento practicar y combinar con mi catolicismo. Y es que el estoicismo, en ocasiones, me ayuda a descalzar alguna motita de vicio en la persecución hacia algo virtuoso, como espantar el ambulare inquiete.  

Hay un apotegma muy bueno en el Enquiridión de Epicteto. Tan bueno y pertinente que, si la mitad de los que se cabrean en un grupo de WhatsApp o en un Twitter o los que se cabrean por una fotografía que ha subido tu peor enemigo a Instagram lo pusieran en práctica, la cuota de felicidad del género humano a nivel mundial haría peligrar la felicidad del animal más dichoso de la Tierra, que en este momento no sé cuál es; o sí: ¿será el perro al que le recoges el mojón de la acera?

He estado a punto de hacer una glosa con el texto, pero no me daba tiempo. Quizás lo guarde para otra ocasión. Me divierten las glosas. Yo me enganché a la Literatura por cómo glosaban ciertos autores algunos textos chulos. Aquí va el texto de Epicteto. Aplícatelo y déjame en paz, por favor, haz el favor:

Los hombres se sienten molestos no por las cosas que les suceden, sino por las ideas que tienen acerca de las cosas […] Cuando nos sintamos contrariados, molestos o apenados, nunca deberíamos censurar a otros, sino a nosotros mismos, es decir, a nuestras ideas. Es acción propia de los hombres escasamente instruidos censurar a los otros por la mala disposición propia; es acción propia de quien ha comenzado a ser instruido, dirigir la censura a sí mismo; y es propio de aquel cuya instrucción ya se ha completado no censurar a los demás ni tampoco a sí mismo”

Epictecto, Apotegma V del Enquiridión