Tropo 75: Dejar de compartir

Foto vía IG: @letterformarchive

Dejar de compartir con el lector, hacerse ajeno a él, representar a un desconocido es fácil. Solo tienes que suprimir el artículo a lo que digas, dejar de singularizarlo y ofrecerle, por el contrario –decir por contra es un galicismo-, una masa de ideas y propuestas. Despellejar el conejo es empezar a decirle adiós, desollarlo, como antes hacían con algunos presos y algunos santos, Bartolomé, entre ellos, es despedirse del todo. Sin embargo, jugar con la recursividad hasta reducir la comunicación a un basto tópico, pastoso y pegadizo, amorfo, como si fuese algo difícil, imposible masticar y tragar no es difícil. Porque lanzarse tópicos desde un lado del campo al otro sin más miramientos y aspiración que llegar a ser un enunciado florero –no chino, claro, chino sería el topicazo (aumentativo inexistente)- para permitir la introducción de largos tallos, verdes y finos, pero coronados con flores sin pétalos. Flores sin pétalos, repito, caídos de tanto manoseo y tantas suegras metijonas a las que les sobraba el tiempo y no se les ocurría otra cosa que llenarlo con tópicos entre visillos.

Dejar de compartir era esto, escribir para que quien te lea no se entere de nada, ya sea por la falta de cohesión del texto, por la de coherencia o, por qué no, aunque es más difícil hacerlo así, por la sobredosis de tropos con que se ha hecho la mezcla.