Tropo 45: Hierva la leche

“Te levantas a las siete para escribir la primera entrega de ‘Tiempo por venir’. Tienes que volver a coger el tono. La segunda persona. La frase corta. El ritmo martilleante. Al final de la mañana, el tono por fin regresa.” Miguel Ángel Hernández el 29 de abril en su Diario de escritura (II) “Tiempo por venir” en “La Verdad”.

Miguel Ángel Hernández el 29 de abril en su Diario de escritura (II) “Tiempo por venir” en el diario “La Verdad”.

Te pasa como a la leche cuando está a punto de hervir y salirse del cazo. La imagen es de tu infancia. Los hermanos en la cocina y tu madre calentando la leche del desayuno para todos. En aquel tiempo -finales de los setenta- éramos cinco. Ahora somos diez. Pero recuerdas la imagen. “¡Mamá, la leche!”, gritabas cuando la leche hervía y subía. Con la edad, con los años, porque eras el mayor, habías aprendido no solo a soplar sobre aquella vaporosa espuma, sino a apagar el fogón. Aquellas cocinas de gas… ¿Qué fueron de aquellas cocinas de gas? ¿Y de King Kong? Con casi ocho años, y para agilizar la rutina matutina, empezabas a servir tazones y a echarle el Cola Cao, o un polvo de cebada que tomábamos, a tus hermanos más pequeños. Recuerdas aquel piso por estos entrañables episodios. Aquel séptimo piso de la carretera de Córdoba número 3. Recuerdas todavía su número de teléfono (252003) y el hámster que se escapó y se precipitó desde el balcón, que estaba tan alto, pobre; y del pollito que espachurró tu hermano D contra la pared al lanzarle una zapatilla de deporte para intentar atraparlo. Sí, cómo no, lo atrapó. Lo recuerdas todo y ese todo incluye hasta el seguimiento visual que le hacías a una niña de tu edad, ocho, nueve años, muy guapa, con el pelo muy largo y muy moreno que parecía una india apache, aunque muy blanquita y con pecas en la cara. Te la encontraste un día al salir de tu portal. Además, casi todos los días pasaba por delante del bloque a la misma hora igual de guapa con su madre. Hasta ideaste comunicarte con ella; tú, desde el balcón del séptimo y ella, desde la acera. Era fácil, pero ahora no lo puedes contar. ¿Cómo no iba a ser fácil seguirle los andares desde un séptimo piso a una niña de tu edad? Con ocho años eso era la leche.

Pero traes el episodio de la leche porque te ha vuelto a suceder. Tú eres de los que terminas un libro y esa misma tarde vas a la biblioteca a devolverlo y traerte dos. Como has hecho esta tarde. Regresas con El hombre que compró un automóvil, de Fernández Flórez y Nosotros H¸ de Ignacio Ferrando. Es un tic. Lees libros y lees a gente que recomienda buenos libros. Y así, te pasas el día leyendo y escribiendo, anotando y transformando los pensamientos en tinta sobre un cuaderno –ahora— Peter Pauper Press. Esto hace que tu leche empiece a calentarse. Busca ebullir; bueno, el ebullendo. Sigues, por eso, calentándola, leyendo; es un proceso físico. A más calor, más entropía. A más lecturas, más… Cuando estás a punto de salirte del cazo comienzas y terminas un libro que se parece a tu madre soplando la leche del cazo para que no rebose. El libro sopla y sopla y no rebosas, detiene la subida, y si bien la tinta está casi hirviendo, no se desparrama ni llega, -menos mal- a los fogones de una mesa editorial. Te alivia comprobar cómo la literatura te salva siempre. Siempre te salva de empezar un texto inédito que nadie publicará. Ese momento lo determina la lectura de la última página del libro que te hace pensar, y sobre todo reflexionar. Que coloca encima de tu mesa la necesidad de escribir un libro que acabas de encontrarte escrito. Y te preguntas: ¿Para qué escribir un libro si acabas de terminar uno que te hubiese gustado escribir? Das gracias de que te suceda esto con la frecuencia necesaria. Ahora recuerdas dos ocasiones. La primera, con La ópera flotante, de John Barth. La segunda, ayer, con Un paraguas para este día, de Genazino. Y así, mientras, los años pasan; y a esto lo llamas suerte, ¡qué releche!

*Demás tropos*

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