Tropo 28: Dos páginas

Hay días en los que el tropo se llena con lo que estás leyendo. Hay días en los que tus pensamientos adquieren forma en los textos de los demás. Hay días y hay días sin elipsis. Hoy es ese día.

Por tropos anteriores conocen qué estoy leyendo. Sigo con JMPA. Y hoy, porque tengo que ir a misa y a votar después, cómo todo buen burgués, como todo y asqueroso buen burgués, no voy a complicar demasiado el tropo número 28. Por este motivo, bueno, por estos motivos, voy a copiar dos párrafos de Examen final, concretamente los sitos en las páginas 54 y 61 sin autorización de su editor, ni de su autor.

Fragmento de la página 54, donde Erótida es la mujer del narrador, Colmenar es un crítico literario (yo me lo imagino feo y cabrón, como M y T), Aser un poeta y Diana…, no, Diana no es la cucaracha. La cucaracha es Marcela, se llama Marcela, y es una cucaracha de verdad, sin ficción ni metaforeo de por medio. Dice así:

Erótida duerme. Colmenar se estará cagando en tus muertos. En el ordenador tratas de escribir acerca de tu estancia en la coctelería Cantil, la conversación con Aser, el diluvio de yoes de Tito, la presencia de Diana pero no te sale nada. Estás borracho y te duele ahí, donde siempre te duele cuando bebes. Colmenar se preguntó de qué podía, de qué debía hablar la literatura de hoy. Lo tienes claro: del dolor, de tu dolor. No de ese dolor universal de hambrunas, guerras, catástrofes, miserias, enfermedades. No. De tu dolorcito ensimismado. De esa punzada cruel en el hígado, de la muerte de Marcela, de tu notorio alcoholismo, de que Erótida ronque suavemente, de que Ester no salve tus libros, de tu cadáver sobre un coche rojo. De tu mundo. De tu cuerpo: tu cuerpo reclama toda tu atención. El mundo está en tu hígado. No sabes escribir de otra forma. Todos tus libros hablan de ti, de tu universo, tan insignificante. ‘La muerte nos escribe cartas sin remitente. La muerte nunca se aloja en los cuerpos erróneos. La infalibilidad de la muerte. La muerte siempre habla ex cátedra’, anotaste en alguna paginita barbechona. No, te resulta imposible hacerlo de otra manera. El dolor es materia de la literatura. Colmenar no tiene la menor idea de lo que es la literatura. La literatura es ese dolorcito en el costado derecho, tan insustancial, tan ruin, tan rutinario. Tan tú. El monstruo extraviado en su laberinto.

De la página 54 de Examen final, de José Mª Pérez Álvarez

Antes, en la enumeración de los personajes, olvidé señalar a Ester (sin hache), que es la agente literaria del narrador. Después, el texto de la página 61, genuino también, botón de muestra de lo que tú y yo pensamos sobre el circo editorial actual, que es en realidad una madeja de intereses en torno, mejor, una madeja de intereses que abogan por lo que me gusta empezar a señalar como literatura publicitaria. Empieza así:

Porque a estas alturas de tu vida escribir te paraliza, es un proceso de demolición, de autodestrucción, de descomposición. Seguro que Salvador Ríos, una de cuyas novelas yace sobre la mesa de noche de Erótida, disfruta escribiendo. A veces incurres en la indiscreción de leer un fragmento sólo para saber cómo escriben los demás, para descubrir los mecanismos de una ficción con su fajita publicitaria (cuarta edición, 100.000 ejemplares vendidos), su solapa desvergonzada (Salvador Ríos Soler, Toledo, 1967, Licenciado en Filología Hispánica, ha escrito Los miembros viriles, Premio Olifante de Cuentos, La mirada azul, Premio Serrano de Novela, La hipótesis, Premio Soslayo de Novela y con esta última obra, Los enseres del más allá, ha recibido el unánime reconocimiento de público y crítica. Todos sus libros están traducidos a numerosos idiomas) y su mimética contraportada (“Una de las voces más originales de la narrativa actual”, El Nacional, Tito Colmenar. “Profunda, inquietante, sugerente”, La voz, Ana María Randulfe, “Una apuesta llena de intriga. La sorpresa del año”, Revista Literaria, Eugenio Camargo. “La novela que cualquier escritor tendría que haber firmado”, el Eco, Dolores Artigas y, cómo no, “Si Borges fatigara el género, hubiera escrito esta novela”, La Hora del Mundo, Gonzalo Vanetti.) Tú no disfrutas escribiendo. Tú no. Tú con tu literatura te aterras, te azotas, te disciplinas, sufres, sangras. Cada línea constituye tu martirologio. Hurgas en tus heridas y duele. Salvador Ríos: beatus ille. Necesitas (¿fue Ester quién te lo advirtió?) una historia de amor, un asesinato, un viaje trasnoceánico, una seda que sea tocar la nada con los dedos, et voilà, el éxito. Pero escribes, te fustigas y siempre aparece el ángel exterminador, el monstruo, tu íntimo dolorcito de mierda. Sabes que tienes que salir de esta ficción cuanto antes; de lo contrario, se cumplirá el presentimiento del capó del coche rojo. Son las reglas. Sabes también que la literatura no es inocente sino destructiva. La literatura no es un argumento de Salvador Ríos ni un poema de Aser Hernando ni una elogiosa crítica de Tito Colmenar. La literatura es otra cosa. Otra cosa, de acuerdo, pero ¿qué? Es otra cosa que no alcanzas a entender (esa respuesta no sirve de nada.) Quizá sea esa botella de whisky que ahora abres, te sirves el primer vaso y te conduce a la muerte. Esa tentación invencible, esa atracción suicida, ese permanente malestar. El heroísmo es el recurso de los pusilánimes.

De la página 61 de Examen final, de José Mª Pérez Álvarez

Me voy, pero estoy con vosotros.

*Demás tropos*

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