Tropo 27: La fuerza de Lorentz

He bajado al trastero a por la máquina de escribir porque creo que, después de veintisiete días consecutivos escribiendo algunas líneas, malas o muy malas, quería celebrarlo de esta (singular) manera. No sé por qué he escrito singular entre paréntesis, pero pienso que ha sido porque utilizo, o la utilizo con frecuencia, la palabra, lo singular.

Ayer empecé un libro que me mantiene fascinado por la literatura. Se titula Examen final y es, de nuevo, de José María Pérez Álvarez. Escribo “y es, de nuevo, de José María Pérez Álvarez” porque es el tercer libro consecutivo que leo de este escritor. La culpa de todo -como dije en un tropo anterior- la tiene Javier Avilés. Desde que leí su glosa sobre Nembrot, Nembrot empezó a ser como un moscardón que no se iba a ir de la habitación hasta que abriese la ventana o le echase fliflí. Hasta que compré primero La soledad de las vocales, que se quedó durante unos meses en la balda de la p de mi biblioteca. Después compré Nembrot, que también permaneció unos meses ahí, sin leer, en la balda de la letra p. Me pregunté una tarde que qué hacían esos libros sin leer. Y abrí la ventana, se fue el moscardón y empecé a leer. Terminé primero Nembrot, continué con La soledad de las vocales y hace unos días pedí por Iberlibro –y por once euros y pico— Examen final. Lo que me ata, lo que me hace devorar los libros de Pérez es, primero, la anarquía de su trama. Fascina. Después, su léxico y algunas referencias “meta” que intercala de una manera tan literaria que ni Vila-Matas. Leo literatura, leo juego con las palabras y los significados, leo otra realidad inexistente. En este último estoy encontrando además, un grito desesperado. Es como una especie de fuerza de Lorentz, pero narrativa. Algo extraño. Algo raro y desde el punto de vista de la física narrativa, virguero. Es como si las letras impresas, las letras que vas leyendo fuesen configurando, además de lo explícito que revelan, de lo visible, de la tipografía, de los significantes y significados, una fuerza paralela, una fuerza invisible generado por el campo electronarrativo puesto que recibes lo que lees y además, lo que no tiene sustancia, materia narrativa, pero que está ahí y arma el texto que estás leyendo. Es un fenómeno extraño y reconozco que no sé expresarlo. Quizás, incluso, sea el peor ejemplo, la comparación con la fuerza de Lorentz, pero la prosa de Pérez es electrizante, no en el significado de deslumbrante (joder, que también lo es), sino en el significado de “ionizante”, de capacidad para trazar líneas invisibles en torno a lo que lees. Por este motivo, o por estos motivos pienso en esas líneas paralelas invisibles que recorren la prosa de Pérez Álvarez.

Pero hoy no quería escribir sobre ningún libro, y menos hacerlo de esta manera tan farragosa, pero sí quería celebrar la rutina adquirida de la escritura diaria. Y quería celebrarlo así, subiendo otra vez al piso la máquina de escribir porque pienso que el éxito de esta rutina está en haber adquirido, a mitad de ella, la costumbre de escribir de manera manuscrita, con bolígrafo y papel de arder y no con ordenador, no con Word. Si bien ese es el paso final, la transcripción del texto vía Word, el inicio, la germinación se produce sobre el papel y ahora, espero que no se rompa la racha, con el teclado de esta vieja Olivetti Lettera 32. El quid, el secreto que creo que anima esta rutina, que anima a que no se rompa es que de esta manera el censor queda más reprimido y la posibilidad de editar conforme escribes es nula. Era el cáncer de la continuidad de mi escritura. Y ahora, reconozco que ha pasado a un segundo lugar considerar si estas líneas son malas o muy malas; al menos son líneas y desde luego mías, aunque desde ellas aún no emane ninguna fuerza de Lorentz.

Borrador del tropo 27

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