Tropo 21: Lo manuscrito

Una vez visioné un vídeo donde Juan Manuel de Prada comenzaba a escribir en un folio aprovechando al máximo las esquinas del papel reciclado. Escribo reciclado porque creo recordar, aunque lo mejor desde ahora es evitar ese verbo, creer, que lo hacía aprovechando el reverso de las facturas de la luz, o de las galeradas del libro que tenía entre las manos. Y recuerdo que me impactó comprobar cómo, un tipo que vivía de las palabras, utilizaba o seguía utilizando los instrumentos más arcaicos, primitivos y rudimentarios: un bolígrafo y un papel. Simple.

Hoy, para escribir este tropo, he hecho lo mismo. He aprovechado que es domingo y que dispongo de más tiempo para escribirlo mediante, o con ayuda de un bolígrafo que acaba de dejarme L sobre la mesa -porque está agotado, acabado, sin tinta, dice- y un folio sucio que tengo, o suelo disponer en un mueble debajo de la impresora. Acabado, dice. Pero llevo diez líneas escritas con él.

Siempre que me planto una página en blanco como esta, siempre recuerdo a dos escritores: a Philip Roth y a Sergio Chejfec. El primero porque consideraba que escribir consistía en pasarse horas y horas delante de ella, de la página en blanco. Pasarte horas y destilar -estoy parafraseando y recurriendo a mi memoria flaca- un párrafo después de diez horas. Que esto consistía el verdadero trabajo del escritor, en esculpir hasta que empiezas a ver o a intuir la forma. También venía a decir, o a subrayar que mientras hay personas que necesitan salir, entrar, relacionarse, conectar, hablar, beber y saludar, él se lo pasaba mejor entre cuatro paredes, con una pared delante -no hablaba de ventana- y un papel y su máquina de escribir, una Olivetti Lettera 32. Así era feliz y así entendía él el trabajo de escritor.

Por otro lado, Chejfec. Chejfec tiene un libro interesantísimo, pero en algunos pasajes demasiado obtuso, poco claro. Quizás no sea de Chejfec la culpa, sino de mí. Me levanto a por él, porque ahora no quiero recurrir a la memoria. Un momento, no se vayan.

El libro acopia innumerables ideas originales, pero sopesando el escaso espacio que me queda para dar por cumplido y escrito el tropo de hoy, transcribo uno de sus párrafos del libro que he abierto casi al azar -y cambio de bolígrafo porque este empieza a rachear-:

“Me interesa esta doble consistencia del manuscrito porque desde hace muchos años, a partir del éxito de los procesadores de palabras, el inventario de manuscritos tiende a disminuir de manera irrevocable. No solamente desaparecen los manuscritos de las obras sino también las textualidades agregadas, como anotaciones, cartas, diarios, etc.; todo ese cotillón textual que en los escritores canonizados adquiere forma de misteriosa coronación o estela en ocasiones complementaria y alternativa a la obra propiamente dicha. Y por eso mismo, ante la virtual desaparición del manuscrito no se revela tanto la falta de soporte físico para la fijación textual recta, ya que de alguna manera los mismos autores o la misma crítica le han dado la espalda a la verdad supuestamente escondida para la genética textual; más bien lo que se revela es la pérdida aurática debido a la ausencia de original físico”.

Sergio Chejfec en Últimas noticias de la escritura, Jekyll & Jill, 2015

Por lo que después de releer este párrafo de Chejfec valoras, quizás por el trabajo de forjado que conlleva, lo original manuscrito frente a lo original no manuscrito y hospedado en un disco duro aunque ahora todos los originales o la mayoría de los originales de autor se encuentren en eso que llamamos nube.

Y reconozco que haber conseguido llegar hasta aquí reporta placer o una empatía extrañísima con Flaubert, Dostoievski, Cervantes, Dickens, Pope, Aira y Juan Manuel de Prada.

*Demás tropos*

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