Tropo 13: Ricardo F. Colmenero y nos

Llegué a él sin querer, como sucede siempre. Llegué a él, y la ciencia puede demostrarlo, por Alberto Olmos. Alberto Olmos, el Raudo, despierta en ocasiones mis ganas para leer a chicas primero, y a chicos después; sacando factor común: gente interesante que, además de escribir, saben escribir. Ahora recuerdo, por ejemplo, cómo leí Purga de Sofi Oksanen por su culpa o cómo he empezado a inyectarme en vena a Ricardo F. Colmenero; no sé si fue por un tuit o por qué fue, o quizás fue algo perfunctorio y dejamos de ser pedantes a la de ya. A lo que voy, o al “es decir”, Alberto Olmos es mi mentor y nada me falta.

A Colmenero llevo leyéndole poco, ni una semana, pero en el examen final de los segundos de bachillerato que adiestro, en la opción A, que es la que contiene el texto periodístico, irá él con chaqueta y corbata. E irá porque sus columnas son las ideales para lo que persigo: claras, literarias, puliditas, brillantes, de medidas 90-60-90 y desternillantes. Columnas que pegan a un alumno a la silla durante hora y media y que al aviso de “señores, cinco minutos”, te contestan: ¿me deja leerlo otra vez, por favor?

Y es que son amenas, divertidas y como voy a repetir una vez más, desternillantes. ¿Escucharon la carcajada que solté cuando leí “Lapidando a la abuela”?:

Se había pasado treinta años pidiéndome que tirara sus cenizas al mar, y aquel agosto me traje unas pocas a Ibiza en un joyero de madera que mi madre selló con cinta aislante porque no tenía cierre. Mientras lo hacía, le di la lata con mi temor a que se abriera en la maleta y la abuela se esparciera por toda la ropa, así es que agotó el rollo.

Del artículo “Lapidando a la abuela” de Ricardo F. Colmenero. En Literatura infiel, Círculo de Tiza, 2019

El fragmento, querido lector, está extraído del libro que compré ayer en la librería después de leer tres artículos seguidos sin mirar la pantalla del móvil. No, fueron cuatro. Leí “La comunidad”, que creo que fue el que ganó el Premio de Periodismo Julio Camba, y tres más al azar. No lo solté ya. Había un solo ejemplar y la librería estaba concurrida. Suele ocurrir los sábados. Pasé por caja, recorrí setenta y tres pasos, abrí el portal, lo puse en el atril junto a Bernhard y le eché la fotografía que encabeza este artículo (ya no los llamo posts, que me da grima). Lo estoy post-iteando.

Son cuadros. Los artículos son cuadros de verdad. Y recuadros, la verdad, donde su yo (poético, iba a escribir) juega con la realidad que apunta, enfoca, nos descubre. ¡Qué encuadres! Ese “nos” también es muy importante. Sin ese “nos” no habría ningún juego. A ese “nos” se lo da todo en biberón, como a su Iago. Escribe jugando y sabiendo que estamos ahí, detrás, leyéndole. No, nada de monólogo ni soliloquio. Tampoco apartes, qué dices. Lo que es, es un jugón Ricardo Efe con las anécdotas, es un jugón del yo y del nos. Y a mí, y seguro que a ti cuando lo leas, este juego me fascina. Enhorabuena.

Apuramos. Me gusta cómo derrocha la tinta sobre el papel. Así que, me voy callando ya. La razón de este tropo es, uno, agradecer a Alberto el descubrimiento y dos, mostrar reverencia a la escritura de Ricardo. Qué envidia, pardiez. Qué envidia pintar así. Pero yo no me voy a quedar quieto, yo me voy a fijar cómo lo hace y por lo menos, como nos contó Gaddis en Los Reconocimientos, voy a intentar falsificar algo de vez en cuando. Sin permiso.

Muchas gracias a los dos, artistas.

*Demás tropos*

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