Tropo 12

Onomatopeya solicitando silencio en la biblioteca pública de Jaén

Estoy en la sección infantil de la biblioteca pública, como todos los viernes por la tarde. Se está bien hoy. Apenas cuatro niños, dos madres de mi edad -calculo-, y yo con mi hijo. Hoy no me pondré los cascos para escribir. No hará falta. No sé los años que llevo viniendo aquí todos los viernes por la tarde, pero desde hace poco atiende la biblioteca una funcionaria que está sorda. Por este motivo, este texto toma desde este mismo momento una dirección distinta a la que tenía pensada. Lo siento, un imprevisto en el camino. Además de prestar a los niños los libros que ellos no escogen sino sus padres –algún día tendré que escribir sobre este abuso—, esta funcionaria grita. Grita mucho. Hoy, de hecho, a pesar de la vergüenza ajena que ha pasado mi hijo, he reunido bemoles suficientes para levantarme, dirigirme al mostrador y pedirle por favor que no era necesario gritar tanto en la sala para comunicarse con otra usuaria que tenía a menos de un metro. La otra usuaria sí procuraba comunicarse con urbanidad y civilización. Chula, me ha contestado que ponga una reclamación, que no es una sala de adultos, a lo que yo, simplemente, le he señalado con el dedo la onomatopeya que hay escrita en una de las paredes de la sala –y que he fotografiado para la ocasión— mientras me dirigía otra vez a mi asiento; la onomatopeya me ha sonreído, os lo prometo. En las bibliotecas hay que procurar no gritar, niños. Su excusa me ha resultado penosa, pobre y burda ante mi exclusiva petición de urbanidad y educación; o saber estar. Y desde luego, no voy a invertir ni un minuto en poner reclamación alguna. Que los niños tenían todo el derecho a gritar, me decía, a lo que yo le respondía que no estoy hablando de niños, señora, sino de usted, que grita. Es usted el problema, no los chiquillos. A los niños, si sus padres no les han enseñado que en las bibliotecas públicas ha de respetarse el silencio, hay que casi joderse. ¿No se inventó hace tiempo la expresión “hablar por lo bajini” y los verbos “cuchichear” y “bisbisear” y más palabras así que ahora no recuerdo? De un niño lo toleramos, claro que sí. Un niño pequeño suele gritar de alegría, dos niños también cuando se pelean, es normal, se entiende, es más, se comprende, pero se les insinúa, oye, mira, niño, que no estamos en el parque ni en una ludoteca y menos en el MacDonald; pero lo que no esperas es el desparpajo comunicativo de una funcionaria de biblioteca que parece que se ha tragado un altavoz de esos que utilizan los sindicatos en las manifestaciones, más rojos y más feos… Qué desagradable, por Dios. Qué sustos nos hemos llevado R. y yo. Qué timbre, qué resonancia, qué primitividad, de verdad. Así que hoy, me suele pasar una vez cada equis tiempo, no he tolerado como otros viernes la zafiedad y la falta de urbanidad. El umbral estaba bajo mínimos.  

Quien grita, siempre lo he pensado, ha de tener los oídos taponados, o casi taponados. Eso dicen los médicos y eso digo yo. Imagínate ahora una casa de apuestas ofreciendo la siguiente apuesta: ¿está sorda la funcionaria que atiende el préstamo de libros los viernes por la tarde a las siete en la sección infantil de la biblioteca de Jaén? La pregunta es larga, pero la apuesta es clara. ¿Apostarías conmigo? La ganaríamos, confía en mí. Había pensado incluso contactar con la patrulla verde de la policía local para comprobar si los decibelios que soportan los usuarios de la biblioteca están dentro de los niveles legales. Ganaría la apuesta y aceptarían la denuncia. Tienen que venir para escuchar a Tronadora. Se llama así, sí o sí. No exagero, aunque me da pena.