Un libro para prevenir que te reviente el suicidio

Empiezo a escribir sobre un libro que está sentando mal, o muy mal, a los adultos dioses emperadores del universo. Adultos lectores que se han elevado a ciegas y que se han perdido en la altura. Suele ocurrir. Después, algunos, caen en barrena. Y quedan espachurrados. Empiezo a escribir sobre un libro, decía, para gente humilde, puesto que la soberbia, ya saben, y así me lo decía Alexander Pope esta tarde, solo ambiciona las moradas benditas; es decir, lo de siempre: “los hombres querrían ser ángeles y los ángeles ser dioses”.

Es un libro -no, no, todavía no voy a escribir su título- que, como no te aparte Patricia, te mata el nihilismo. Y me explico. ¿Patricia? ¿Quién es Patricia? Ah, sí, Patricia. Patricia es María, o eso se está demostrando en las páginas de 5, ese otro libro interesantísimo de Chejfec. Pues bien, María, o Patricia mejor, para que no se me pierdan, es alguien sobre la que escribe el protagonista de 5, que a su vez es narrada -pasiva donde las haya- por un tipo que no se llama Sergio, ni se apellida Chejfec. Se trata de ficción, de literatura, bueno, de LITERATURA. Pero no se pierdan. Aquí de lo que se trata es conocer qué pinta Patricia en este asunto, el asunto con el que he empezado a escribir, ese del “empiezo a escribir sobre un libro que”. Lo que sabemos hasta ahora, porque el libro no lo he terminado, es que Patricia paseaba, no por un puerto, sino por un lugar donde construían barcos, y que Moliner y Casares definirían sin tonterías como un astillero. El narrador del narrador contaba que allí había un obrero naval que bueno, en fin, no les voy a contar la historia porque de lo que se trata aquí es que gracias a Patricia, el protagonista de 5 se salva -quédense con este “se salva”- porque le empujó y lo desplazó el espacio suficiente y en el momento oportuno para que, como si de una deus(a) ex machina se tratara, su acompañante -el tipo protagonista- y su cabeza se librasen de un “taladro vetusto” que caía al vacío y a peso desde no sé qué altura ni de qué piso del barco. A Dios gracias que no le reventó el cráneo; pero sobre todo, más que a Dios gracias, ¡gracias, Patricia! Traemos esta anécdota a este escrito para comparar lo que podría suponer para algunas almas que andan en golondro el libro de Jordan B. Peterson y del que ahora sí escribo su título: 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos.

Entiendo que haya detractores de este libro. Y lo entiendo porque si te organizas los días en torno a alguna de sus doce reglas, a algunos, dioses del olimpo, sobre todo, se les caería el chiringuito. Es un mazazo para existencias anodinas, enrutinadas, sosas y poco salubres. Es decir, el libro de Peterson es un mazazo para este tipo de existencias zafias. Definimos así el ensayito porque, frente a lo que ofrece esta modernidad líquida, lo que se lleva entre el ruido de los motores de esta modernidad fugaz, es el nihilismo descocado. Un nihilismo de pezón al aire, me gusta llamarlo. Un nihilismo que te revienta, sin saber muy bien por qué, en un suicidio.  Un nihilismo que enmarca con postureos y cliclics esas mierdas de vida que algunos enseñan con orgullo y virguería. Es un mazazo y es un antídoto. Pero claro, el libro está lleno de palabras, como todos los libros y así te las leas, te puedes quedar igual si lo que buscas es propulsión existencial. Porque de eso va la autoayuda.

Este libro, digan lo que digan los dioses emperadores del universo te resuelve el problema de otra manera, de una manera, desde mi punto de vista, lógica y sapiencial. Y te lo resuelve porque te lo plantea desde un punto de vista no vulgar, sino experimental, acorde a la naturaleza de la que está hecho el no solo trozo de carne y ojos que somos. Y es que algunos de los errores de los modernos más modernos de hoy, que son en realidad, gentes modernas al cubo, gentes cuya felicidad presente reside, en gran parte, en considerarse a sí mimos -y vanamente- causa final, son refutados casi uno por uno, por Jordan B. Peterson. Te ríes incluso de lo sencillas que son algunas de sus propuestas. Porque frente a tanta modernidad líquida, delirar de esta manera -puedes pensar de Peterson- ¡también es un derecho!, qué te creías.

Sí, de acuerdo. Llevas razón en que el libro de Jordan B., en ocasiones, desemboca en conclusiones evidentes, como dictadas por Perogrullo, aunque no sé hasta qué punto es fruto de la pasión de la traducción. Vale, de acuerdo, sí, bien, pero lo que nadie me puede negar es que un vendehumos no sabe ni sería capaz de anclar la mayoría de sus argumentos en las cerca de 219 referencias a estudios, experimentos y pruebas científicas; es decir, en la ciencia. Eso por un lado -y no me estoy enfandando-. Por el otro, me satisface plenamente Peterson cuando juega a la retorsio argumenti. Y lo hace de una manera tan deliciosa, ese saber darle la vuelta a los argumentos contrarios, que es verdad, las circunstancias cambian, no tienes por qué ser un perdedor nato toda tu vida.

12 reglas para vivir. Un antídoto al caos no es Wikipedia, te aviso. Es decir, lo que recoge no es un saber comúnmente aceptado. 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos es un conjunto de reglas redactadas con cierta labia y forma vendegás para epatar, sobre todo, pero sin estar sujetas a la lógica del trilero, más común en los típicos y tópicos libritos de autoayuda.

En definitiva, este no es un libro de autoayuda y Shopenhauer podría demostrártelo si te empeñas en discutirlo: “el discutir, como roce de cabezas, muchas veces es de provecho mutuo para la rectificación de los propios pensamientos y también para el alumbramiento de nuevas opiniones”.

Suena fuerte, pero termino así: un libro para prevenir que te reviente el suicidio

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