Todo lo que no es autobiografía acaba por no ser nada

Escribir ahora es la solución, antes de que los vapores que me ha traído González-Ruano se evaporen y se disipen entre las últimas horas de un domingo enhiesto, de misa, café y pastel, pero con tantos libros esperando en mi biblioteca. Vaya oración, frase, llámalo periodo sin sangre, acabo de escribir. He acabado, y sangre no me costó, leer estas extensas memorias, que escritas en seis meses, llevan dentro tres o cuatro décadas; a mano, con papel, tinta y tabaco. Sin máquina de escribir, sin verdugos ni correctores descafeinados y solapados a un procesador de texto; con una pluma y cientos de cuartillas, tantas como páginas contienen los años, y que se titula Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias. Aliteraciones aparte, una oda, una carrera ganada que César González-Ruano la ha convertido en una gran victoria. Así también, permítanme usar el yo, y yo ahora, escritor de nada, pero lector de todo, he tomado, no la pluma, sino el Pilot japonés y me he puesto a escribir palabras sobre lo que me venía a la cabeza –recuerdo ese “a lo que dieran” las cosas— teniendo presente el volumen recién terminado. En un sin ton ni son también se da a luz.

Alguna impresión sobre estas seiscientas páginas me gustaría dejar aquí. No creo que sea capaz de emplear el mismo tiempo que González-Ruano solía emplear para escribir sus artículos: tres cuartos de hora: “Antes un artículo nunca me ocupaba más de tres cuartos de hora, y hoy muchos de ellos me llevan una hora, incluso una hora y cuarto”. Por eso aprovecho el domingo, y la soledad de la tarde de este día.  

Del mismo modo que González-Ruano no necesitaba oscuridad y silencio, simplemente escribía, departía conmigo mientras le leía “no he necesitado casi nunca abstraerme ni escribir en un ambiente de silencio y recogimiento”. Además, “también me gusta mucho la tertulia y siempre he procurado hacer compatible el trabajo con la charla, para lo que tuve una gran facilidad”.

La primera persona es lo que más me ha atraído de estas jugosas, por no decir singulares letras, pero ¿qué no es singular en unas memorias? Nada. Además, habrían de ser así, pensaba, porque “hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada. Además, lo abstracto es, en literatura, lo único relativamente concreto”.

Yo, por el contrario, y prosigo con el yo –he pedido permiso— he necesitado cerrar la puerta de la habitación para continuar mi escritura de domingo.

Claro que gana González-Ruano con estas memorias donde explica tantos sucesos y sombras de su existencia. Por eso tapa tantos huecos, y tantas faltas de nuestra imaginación. Sí, bien, están contados desde César González-Ruano, pero juega con el contrario porque le lanza el balón, y después del partido, fuma y bebe café para exponer, otra vez y pronto, su punto de vista; ¿cuál si no? Así logra redimirse de tanta obscena acusación.

Las vicisitudes sufridas por el autor y los espectaculares y continuos cambios de escenario, de residencia, de gentes, me han demostrado –porque un libro se lee para salpicar tu vida con algo de él y no para escribir aquí unas simples letras sobre él— que las palabras son celosas y no consienten ningún baile donde no estén ellas. César González-Ruano es escritura y, salvo ese periodo en París donde sobrevivió comprando y vendiendo arte y enseres, vivió de la escritura gracias a cada artículo. Apenas si he logrado leer cinco o seis artículos escritos por el autor a lo largo de las décadas donde lo hizo, porque son difíciles de localizar en las hemerotecas, o yo no los sé buscar, o Google está chalado y siempre me arroja artículos donde hablan de él, pero no me ofrece sus artículos, los escritos por el escritor de estas memorias. Está muy claro: los buscaré y los leeré, allí donde se encuentren editados, que ahora tampoco lo sé.

Este tomo me ha vuelto a demostrar que cada vez me es menos prioritario buscar, como macho en celo, novedades editoriales. González-Ruano casi te convence: “La pequeña invención de un escritor mediano le tiene a uno sin cuidado. Otra cosa ocurre con los libros que obedecen a experiencias y narraciones personales. Los diarios, Memorias, páginas de viaje, etc., los lee uno con interés, aunque sean de un escritor mediano, y meterse en la cama con un tomo cualquiera de una Historia Universal, por ejemplo, me parece una delicia”.

Los libros, insisto, se leen para bien y provecho de uno. Hay quien tiene como oficio leer para después escribir sobre lo leído. Si bien fue principal tarea no ha mucho tiempo en mí, por ahí levanté varios blogs así, nunca viví de eso y me aburrí de hablar de un libro así porque sí. Sin tetas no hay paraíso, y sin teleología tampoco. Esa opción ha pasado ahora a ser una finalidad secundaria, residual, cuando escribo sobre alguna lectura. Las lecturas ahora me sirven, me ayudan a completar mi visión sobre los asuntos, sobre las líneas que toma la vida, sobre sus cosas y oquedades. Los textos, además de entretenerme, embadurnar mi talento con una capita fina de pintura Cultura, extraigo principios y pongo los haberes en mi vida; sobre todo para contrarrestar los deberes, que son más. Es la única manera de mantener un saldo positivo y ser feliz con poco, con palabras unas detrás de otras.

Las memorias de González-Ruano están muy bien escritas. No creo que se diera prisa para escribir en seis meses justos las seiscientas páginas que las conforman. No, no lo creo. Si empatizas con el contexto, un contexto donde ni televisión habría, era fácil destinar el tiempo del día a la escritura, es decir, mil cuatrocientos cuarenta minutos. Hoy suplimos esta falta de tiempo con procesadores de texto, pero Ruano me ha demostrado que es muy necesario regresar al papel y a la pluma, al cuaderno y al Pilot nipón porque el pensamiento toma mejor la forma de lo que es, y lo escrito permanece mejor hecho. Además, no hay nada más gratificante que escribir, como hoy, a lo que la cosa diera, “confiado en la inspiración que acuda, que no es lo mismo que en la improvisación aunque se le parezca, y en la magia secreta de las palabras que no es palabrería”.

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