Jugando sin la mayoría

Dejé de seguirte en algún momento de la tarde de Reyes. Seguro que aún tenías el roscón en el gaznate. Digerías una derrota porque quienes perdieron fueron ellos, un Real Madrid narrativo frente a la Real Sociedad, creo recordar. El árbitro no juega, dirime, y por ese motivo, había que ser ecuánime, Jorge, ponerse tieso y aguantar enhiesto la arenilla que se introduce en el ojo de vez en cuando, cuando quien la trae es el viento de levante, el de lebeche o el de mistral. Viento y veleta, unas veces se gana y otras se pierde.

Dejé de seguirte en Twitter, decía, porque escribiste una oración copulativa con una subordinada adverbial temporal dentro. Qué mal me sentó. Esa oración la registraste en un tuit de aquel día: “El VAR es un invento perfectamente inútil cuando un árbitro malo decide seguir optando por su falible par de ojos”. Estuve a punto de llevarme la frase, así de calentita, al aula. Regresar de las vacaciones de Navidad con ella para analizarla sintácticamente hubiese sido provechoso, hubiese sido pura conexión vida y aula, pero mis alumnos de segundo de bachillerato no me lo hubiesen perdonado. Las adverbiales temporales no las teníamos que descuartizar hasta marzo aunque para mí era una oración oportuna, pero la deseché.

Resultó paradójico que una copulativa me hubiese descopulado de tus tuits. Despreciaste a mi sexto hermano, José Luis, que fue, y es, antes que árbitro, filólogo. Qué bien lo hace, Jorge, digas lo que pienses; qué bien sigue arbitrando; recuerda que de vez en cuando arbitra como internacional. Seguro que la ecuanimidad de sus juicios en el campo lo han llevado hasta ahí.

Así que, después de ese tuit me lo perdí casi todo de ti, pero, pero, debía ser ecuánime, me repetía; analítico, me obligaba; estoico practicante. Tu juicio hacia mi hermano no dependía de mí, así que no sé qué hacía preocupándome. La perífrasis, además, obligaba. Ese “debía ser” constituiría la premonición de mi derrota. Casi a hurtadillas y en algún rato muerto me había sorprendido, tres días después, buscando dentro de la aplicación móvil de ‘El Mundo’ tu columna. ¡Qué poder el tuyo! Mira que pretendía ayunar porque el desaire a Munuera Montero me había molestado, pero yo confieso: giré y abrí de nuevo el grifo.

El grifo de tus frases exuberantes sin brillantina barroca. La precisión de tu léxico en el engranaje de la sintaxis de tus oraciones. La percepción de una preocupación seria y verdadera, a la vez que juguetona, por construir artículos sólidos desde las dos f, desde esa que se llama forma y desde aquella llamada fondo. “Joder, qué bien escribe, quillo”, bisbiseaba mi parte ecuánime.  “Mirad, chicos”, les decía a mis alumnos, “para granero léxico el de Jorge Bustos; si sois capaces de pisar Selectividad con una pizca de lo que Bustos desparrama, vais a triunfar”.

Estas quinientas y pico palabras solo querían servir para empezar a colocar, aquí, en mi blog, al primero de mis columnistas favoritos. Hay algunas periodistas también, pero tiempo al blog. Todos, escritores magníficos de columnas de opinión.

Este año, desde finales de septiembre, pienso que he bregado lo suficiente para localizar artículos interesantes para mis alumnos. Hay gente muy buena escribiendo todos los días, o casi todos los días. Para mí es la parte de mi trabajo como docente que más me fascina: localizar artículos para analizarlos en clase, o almacenarlos para presentarlos, como el vino bueno, en alguna ocasión especial; sobre todo los atemporales. Busco y rebusco para, de alguna manera también, engancharlos a la lectura de los artículos de opinión de varios medios. Todo por el bien de su juicio crítico, aunque es una lástima -y creo que se es imparcial- que los que eligen para Selectividad -aquí en Andalucía- sean siempre de ‘El País’.

Artículos que nos dan pronto las luces largas, quizás por cómo utiliza el “como” comparativo, que brilla muchísimo. Y así, las comparaciones, símiles y metáforas son deliciosísimas.

Se trataba de leer

En fin, después de meter las narices en unas cuantas entrevistas, leer decenas de artículos, seleccionar otros tantos y toparme con su blog, donde recoge todo lo que escribe (¡lo descubrí ahora! -y encima en WordPress-), solo me resta empezar a leer algún libro suyo. No sé por cuál empezar. He de fiarme de su prosa, porque me fie de su criterio para zambullirme en las “Memorias” de González-Ruano, que no me están defraudando, como escribí el otro día.

Ten una semana chula, amigo. Has sido el primero y este, tu último artículo leído: “Poemas en los semáforos”

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