Miras a Galdós de otra manera

La tarde del sábado ha arrancado como todas las tardes del sábado. Así, como la primera fotografía de la entrada muestra. Los sábados me gustan por el rato que hay desde las cuatro o así, hasta la hora de merendar con los chiquillos. Esas dos, dos horas y media configuran el segundo mejor momento de la semana. El primero, ni lo miento.

Sábado, café, libro y lápiz

Tengo encima de la mesa un libro de González-Ruano; y es sábado. Lo compré después de leer uno de esos artículos helicoidales de Jorge Bustos, donde me lo recomendaba. Había supuesto para él, escribía, como un curso acelerado de escritura. Parafraseo y casi invento. Sigue releyéndolo, decía. Así que, después de presupuestar el mes -tenía que saber si era mes para cómics o para libros-, las cuentas salían; y lo compré. No me arrepiento. Hasta subí la típica y tópica fotografía a mi nuevo perfil de Instagram. Eduardo Laporte certificó, con un comentario en el pie de la fotografía, mi acierto con la decisión: “Me encantó”.

Memorias, de González-Ruano

A mí también me está gustando. El libro está encantando las clases de literatura. He empezado a desperdigar, entre explicación y explicación, algunas de las anécdotas que he leído en el libro sobre la Generación del 98 (ahora estoy explicando la novela de principios del veinte). Las dos últimas las extraje en fichitas A6 y ya están digitalizadas en Evernote. Versaban sobre Galdós, Baroja y Azorín, pero qué granero de citas me está surtiendo el libro.

Por la cantidad de anécdotas que González-Ruano ofrece sobre los integrantes de la Generación del 98, recomiendo esta obra a los profesores que quieran salpicar sus explicaciones con graciosas anécdotas sobre Valle-Inclán, Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Azorín y el mismo César González-Ruano.

Estas memorias también están iluminando, con otro foco, a toda una generación de escritores. Un foco que enriquece lo que en un libro de texto o manual puro de literatura podía ofrecer. Hay tanta luz en estas memorias como sombras sorprendentes.

El primer texto que transcribo hoy versa sobre Azorín. La etopeya que hace Ruano de él me parece soberbia. El segundo, más corto, va sobre lo que piensa Baroja de las descripciones que realiza Galdós en los Episodios Nacionales. Desternillante. Ese segundo texto me derribó. ¡Qué imaginación la de Galdós! Baroja le recrimina que invente con tanto lujo de detalles lugares para sus novelas, sitios en los que nunca ha estado. ¿No cambia conocer esta impresión de Baroja tu percepción sobre, por ejemplo, los Episodios Nacionales? Se calibra, desde luego que sí.

No les entretengo más. Aquí están los dos textos. Que les aprovechen las etopeyas:

Salió Azorín a aquella salita como una figura de cartón, casi inmóvil, correcto; se sentó frente a mí, y después de dos o tres palabras convencionales, de esas que no sabe uno si han sido dichas o si han sido simplemente supuestas, se quedó herméticamente callado, mejor aún, cerrado como una caja. Yo le expresé mi agradecimiento por el artículo que había dedicado a mi Baudelaire. Luego me callé también. Hubo un silencio denso, y de pronto Azorín empezó a hablar de Baudelaire y de la poesía francesa. Hablaba bien, muy bien. Pausadamente y muy parecido a como escribía: pensando las cosas y en párrafos bien construidos y cortos.

González-Ruano sobre Azorín en sus Memorias (Renacimiento, 2017)

Los dos, cuando yo los veía, vivían su último año de vida. Galdós, con todos sus enormes valores que nadie le discute, debió de ser hombre poco escrupuloso con la sinceridad ni en la vida ni en la obra. Esto yo creo que con una mágica intuición lo notábamos los jóvenes. Don Pío Baroja –por cuya casa recientemente he ido con frecuencia– me contó hace poco, (en 1950, desde luego), que él había comprobado que en varios pueblos que don Benito describe profusamente en sus “Episodios”, no había estado nunca. Pasando de una cosa a otra, con ese pintorequismo cazurro y estupendo que tiene la conversación, de Baroja, me dijo después:

–Mire usted, Galdós tenía cosas de esas que no están bien… porque hablar con pelos y señales de un pueblo sin haber ido, pues no me parece a mí que está bien, y lo de aquella muchacha de Santander, vamos, eso ni medio bien.

–¿Qué es lo de la muchacha de Santander, don Pío?

González-Ruano sobre Baroja, Galdós y una muchacha de Santander.

Léanse estas Memorias, hagan el favor, por favor. Disfrutarán. Empiecen, si quieren, por la página 77, donde se cuenta la historia de la pobre muchacha de Santander.

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