En la magia secreta de las palabras que no es palabrería

Utilizo folios blancos para escribir estas entradas; y las futuras. Desde hace un tiempo procuro escribir mis textos primero en papel y con pluma. Literal. Romántico. Después los transcribo con la ayuda de algún editor de texto. Desde que tomé esta decisión escribo más, pero publico menos en el blog y en general.

Tampoco escribo tanto, soy un exagerado. Lo que aparece aquí es la destilación de un texto original que fue antes en una página blanca con propaganda detrás. Si comparo lo que produzco con ordenador y lo que escribo a mano, con pluma y papel, reconozco que hay una gran diferencia. Lo manuscrito tiene menos ganga, vale más a mis ojos; mucho más. Por eso voy a continuar este camino porque intuyo al final mi paraíso.

Estoy leyendo las memorias de González-Ruano, en Renacimiento. Encontré un pasaje que me sentó. Dice así: “He encontrado siempre inaguantable y superior a mis fuerzas hacer un esquema o un proyecto de nada. Ni en la vida ni en los libros, ni en un simple artículo he sabido bien nunca lo que iba a hacer. Me he metido en las cosas ‘a lo que dieran’, confiado en la inspiración que acuda, que no es lo mismo que en la improvisación aunque se le parezca, y en la magia secreta de las palabras que no es palabrería”.

Hay quien toca un instrumento de oído. Es la primera analogía que se me ocurre para preguntarme si también se puede escribir de oído, como nos demuestra González-Ruano. Parece que sí. Y prosigue: “[…] Si hubiera construido un esquema, un plan previo, me hubiera creído que ya estaban escritas y me habría horrorizado empezar otra vez por el principio”.

Y me remata cuando leo que “pienso seguir escribiendo dentro de una intención, claro está, cronológica, lo que vaya recordando, y unas cosas arrastrarán, supongo yo, a las otras, y entre ellas completarán un todo”.

De todas las declaraciones que hace César González-Ruano en torno a su proceso de escritura, tengo que destacar la que más me ha sorprendido: “Escribir deprisa, no porque tenga prisa, sino miedo a aburrirme, y no corregiré –casi nunca lo hice– ni he de volver sobre el original por otro miedo: el de que no me guste y lo rompa”.

Destilando

Me fulmina, sí, me fulmina de esta manera tan rotunda cuando hace desaparecer del horizonte de su quehacer lo que a mí me paraliza cuando escribo con el ordenador: al censor, al corrector de estilo que alimento cuando escribo así. Esta es una de las causas por las que quiero persistir en esta forma de nueva escritura, más lenta, pausada, manuscrita. Por eso adoro escribir con máquina de escribir y no con ordenador.

Qué fácil resulta, ahora que dedico todos los días un rato a escribir a mano, hilar y coser texto hasta la transcripción final con el editor de texto y el ordenador enchufados.

Es la única forma que me ha demostrado que puedo escribir muchas palabras por día. Es la única forma que me ha permitido controlar por fin, al corrector interno, al censor exacerbado y en presente. Era la única forma que he encontrado de no ver mi escritura como una diarreíca.

Estas líneas me ayudan hoy a dar forma a esa masa informe y diaria de pensamientos y silencio escrito. Lo que no negaré es la inigualabre impronta que queda marcada en estos nuevos textos.

Desconozco cuánto tiempo aguantaré escribiendo así todos los días, pero he de significar que escribir así, de manera manuscrita, procura tiempo para escribir; aparecen ante ti minutos con los que no contabas. No sé cómo sucede. Cuando escribía de manera digital, doy fe: no sucedía. Quizás tenga razón Chejfec en Últimas noticias de la escritura cuando atiende así, en este trozo de texto; parece que todo consiste en el ansia de realidad y eternidad que guardamos en el fondo de algún sitio: “La escritura material permanece como lo inscripto en la realidad, en los objetos ciertos, y como tal exhibe o preanuncia su caducidad”.

¿Qué es el hombre sino un viaje caduco? ¿Qué es la escritura material sino un anhelo de inmortalidad?