“Notas de un relato de Coetzee titulado ‘El matadero de cristal’ contenido en el libro _Siete cuentos morales_”, pero ha salido esto: un despropósito

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Apenas escribo sobre libros y me gustaría dedicar más tiempo a escribir sobre libros. Joyce, una vez, en un momento de lucidez, dejó de hablar de libros. Yo no soy como Joyce, ni Joyce, pero me enteré de su decisión el verano pasado, mientras pasaba una mañana de julio en la biblioteca que tengo cerca de casa, la municipal del Condestable Iranzo. Escribí una entrada para el blog: Joyce dejó de escribir críticas de libros.

Antes, cuando era más joven, recuerdo que me apostaba en la barra de los tres o cuatro blogs que tenía y me ponía a escribir sin ton ni son sobre libros y sobre los días de un mindundi come me. Como ahora. Y lo hacía sin pensar ni sintaxear. Abría el editor del blog y escribía. No tenía más misterio. Fast post, fast food.

Hoy, por el contrario, me cuesta escribir sobre libros. Cada vez más. Reviso mucho. Miro con ansiedad hacia atrás. Destruyo las notas para no hacerlo. En ocasiones lo consigo, en otras no. Como me lea Vil a-M atas me echa la bronca: “¡Ya quisieras tú llegarle a la altura del zapato a Bartleby, hombre!” Preferiría no hacerlo, Enrique, de verdad. De hecho, para que no me eches la bronca, he separado las letras de tu apellido, para que nadie me encuentre, sobre todo tú.

La verdad, no solo es por pereza y paraqués, sino porque lo quiero hacer muy bien. Y eso atenaza, escribía ayer en Twitter. Pero ahora tengo, como siempre, ganas acumuladas. Y cuando tengo ganas acumuladas, avanzo. Tengo que dejar de pensar que cometo un fraude cuando expreso mi opinión sobre algún libro que he leído. Pero estoy tranquilo, porque pienso, aunque he de demostrar esta hipótesis, que muy pocos reseñistas prescriben los títulos de los que hablan. Relaciono lo uno con lo otro, el fraude con la reseña.

Este es el motivo por el que ha descendido el número de entradas dedicadas a hablar del contenido de los libros que leo, pero hoy…, pero hoy que estoy escribiendo esta entrada, estoy de nuevo planteándomelo. Y esta vez me gustaría que el proyecto se profesionalice, es decir, me gustaría recompensar(me) con las entradas que publico con periodicidad. Si bien me había propuesto hacerlo así a principios de año, no he hecho nada, porque a dos de febrero van seis leídos y ninguno glosado.

 Es ahora cuando recuerdo con nostalgia algunos de mis antiguos blogs. Por ahí andan. Algunos vacíos, otros muertos, pero con contenido, flotando en un mar de nadie: “Desóxido”, “La manía de leer”, “Suripanta y noctívaga”, “Leyente Cinzano”…, y uno que no consigo localizar, que era muy procaz, por cierto. ¡Blogs de hace diez años! Es una pena. No pude recuperar las contraseñas de dos de ellos. Quería acceder para desintegrarlos, pero no me quedará más opción que dejarlos ahí, a la deriva, incluso cuando yo haya muerto. No haré nada. ¿Qué sucederá con ellos?  Qué sensación más extraña. Sí he de decir que el contenido de “La manía de leer” está recogido en este blog, pero la mayoría de las entradas están “en borrador”, invisibles para los ojos del lector. Me gustaría ir publicándolas poco a poco, previa edición y actualización. De vez en cuando aparece un hueco, y edito alguna. Las publico en el día y año en que fueron escritas. Es como alimentar el blog desde el cuarto de atrás. Me gusta esa labor.

Pero hoy, y van unos cuantos “peros” ya, he de reconocerlo, la escritura de esta entrada ha sido fruto de Valle-Inclán y Francisca Pageo. Empiezo con ella:

Me ha hecho pensar. Y me he preguntado por qué no retomo la cadencia de publicación, ese rodar redondo que antes tenía el blog. Si consiguiese crear esa rutina, la de leer, anotar, escribir un borrador, escribir una entrada, revisarla, pulirla y publicarla aquí en el blog, sería feliz. Pero he de sacar el tiempo de los entresijos que dejan los días. Pero quiero sacarlo porque me divierto haciéndolo. Entresacar tuétano de los libros y ofrecerlo para promover otros puntos de vista, otras lecturas, otros autores, otras editoriales, otra forma de escribir sobre libros. Echarse una foto con él, escuchar cómo se ríen los hijos tontos de los demás cuando lo hago, pero seguir, disfrutar sin la mirada antipática de los gerentes de la literatura. Qué asco, por Dios. Hacerlo por el puro -y nominalizo- gusto y placer. Por puro deseo de escribir sobre un libro que he leído.

No seremos el “Paris Review” y me río. Y me sonrío porque recuerdo que una de las empresas que lancé en casa, cuando tenía diez o doce años, fue la de componer, utilizando dos o tres A4 doblados por la mitad, una revista familiar, con las noticias y las peleas de la semana, las salidas con papá, con mamá, con los dos, el berrinche de Carlangas y Tania, las travesuras con las cerillas y la vela de Daniel, las ocurrencias de Sergio en el cuarto de baño y las mías, claro; con el anuncio de la próxima película en CinExin y de mis reportajes sobre las comidas de la semana… Éramos cinco hermanos ya cuando yo, el primogénito, tenía doce años. Antes eran así las vidas.

Esta semana he recordado con cariño aquellas secuencias de mi vida. He descubierto, gracias al Manuel Ramón, vicedirector de la Escuela de Arte donde trabajo, un libro que quizá adquiera. Sería feliz trabajando para una revista literaria, autoeditada y gestionada. Si finalmente me hago con el título, escribiré sobre él.

El vicedirector, como decía, nos ha enviado al correo el catálogo con las novedades de varias editoriales relacionadas con disciplinas artísticas: dibujo artístico, fotografía, tipografía, ilustración… Nos pedía  que le echásemos un vistazo por si queríamos sugerir algún título para el centro. Había guardado el correo para entreterme en el fin de semana con los catálogos. Me apasionan los catálogos editoriales. Son la fotografía de una editorial. Completísima. Es más, recibo en el apartado de correos 119 de Jaén algunos todos los trimestres. Gozo y regozo. Pues bien, hojeándolo, también sin hache, ojeándolo, le he sugerido que adquiriese ¿Quieres publicar una revista? Autoedición, diseño, creación y distribución de publicaciones? Si me gusta, no solo lo voy a comprar, sino que me gustaría ponerlo en práctica Así cumplo ese sueño infantil. No lo dudes.

Esta semana, además, mientras vigilaba los exámenes que he puesto en primero y en segundo de bachillerato, se me ha ocurrido proponer a un trío de blogueros que admiro editar una revista que integrase algunos artículos muy buenos de sus blogs. Y tirarla en papel, claro, que es lo que se vuelve a llevar porque qué quieres que te diga: no termino de acostumbrarme a leer revistas literarias y suplementos culturales en pdf.

Embarcarse con la imaginación en ese proyecto me asemeja a un lechero. Solo falta alguien que escriba el cuento. Bueno, ya veremos.  

En fin, había abierto el archivo de mis cuadernos para escribir una entrada. Abriéndolo había rescatado un par de páginas que contenían las notas que tomé de un libro que me encantó. De hecho, esta entrada se iba a titular y se titula “Notas de un relato de Coetzee titulado ‘El matadero de cristal’ contenido en el libro Siete cuentos morales”, pero ha salido esto: un despropósito. La siguiente; lo apunto.

¿Y Valle-Inclán? ¿No decías algo más arriba sobre Valle-Inclán? ¡Ah sí!, que no sabía lo que ayer por la tarde me contó Umbral en Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué. Y me voy:

“Valle acostumbra a editarse sus propios libros, pero no solo por economía literaria, por retranca galaica para con el editor, sino porque ama la creación manual, personal, de su libro, como su amigo Juan Ramón Jiménez. Cuida las letras y los tipos, la envergadura del papel, su blanco marfil, el empastelado de las ilustraciones y las grecas, ese fileteado modernista que enmarca hasta el final de su vida. Cuánto dandismo, Dios”.

Estoy en Twitter como @blumm. Y en Instagram -he sucumbido- como @blummblog.