20181209 El dolor de los demás, de MAHN

Hace dos meses terminé de leer El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández Navarro (mahn) y me preguntaba qué poso había dejado su lectura, qué era lo que todavía recordaba y qué podía encontrar, al fin y al cabo, entre mis sesos, mi memoria y mi vida. Qué de aquella pieza que devoré en dos tardes. Y con eso, escribiría este texto. Uno lee para seguir viviendo, te cuenten lo que te cuenten, porque hay novelas que solo dejan aguachirle, y otras no, otras no, no y no.

A mí la clave para interpretar esta obra de Miguel Ángel Hernández me la dio Luis Cernuda. Leía, bueno, compaginaba la lectura de El dolor de los demás con La realidad y el deseo (por cierto, vaya dolor el del poeta; lean y compruébenlo en el prólogo que escribe Miguel J. Flys para Clásicos Castalia, 1982). Así que sí, hubo un momento en el que las dos obras se rozaron. Y tras el roce saltó la chispa entre una y otra, y el arco eléctrico, bueno, el arco literario -también es de alto voltaje- las conectó. Así sucedió, o así establecí que sucediese cuando leí estos versos del poeta, escritos en 1928 para rendir homenaje a Fray Luis de León:

El tiempo, duramente acumulando
olvido hacia el cantor, no lo aniquila;
su voz más joven vive, late, oscila
con un dejo inmortal que va cantando.

Porque pensé: El tiempo acumulado por Miguel Ángel Hernández para decidir escribir El dolor de los demás puesto que él no había olvidado al que le había cantado en su infancia, el que había aniquilado -y de qué forma- su locus amoenus. Su voz latía después de tantos años, seguía latiendo, hasta soñaba y pesadilleaba, y latía y latía hasta que esas oscilaciones mentales rebosaron; y sellaron, como si de un ácido corrosivo se tratase, un dejo inmortal, un hilillo fino que parecía más una melodía que le servía a la memoria para reconocerse a través de los años, de los tantos años.

Me detengo de repente porque me sorprendo. Empiezo por El dolor de los demás y llego a Fray Luis de León. Para. Algo ha salido mal, pienso. Lo repito: algo ha salido mal. Pero no, la literatura permite que juegues así. Además, me place hacerlo porque enlazo con el siguiente párrafo.

Siempre procura placer un locus amoenus. La recreación de ese tópico hecho carne dentro de tu seso es placentero. Y traemos este tópico para entretenernos con una de las notas contenidas en el segundo folio, que dice así: “42. locus amoenus = infancia de Nicolás”.

Me lo pregunté durante buena parte de la novela: ¿No había constituido su escritura un intento por regresar a una infancia mutilada y así cerciorar si fue o no fue como todavía se imaginaba, como se cuenta en El dolor de los demás? ¿No es en sí la novela un intento por restituir una infancia mutilada?

Se ha escrito ya casi todo sobre El dolor de los demás. Pregúntenle a Google y asústense de lo que ofrece en 0,37 segundos. La novela lleva tres ediciones a fecha hoy, día de diciembre de 2018. ¡Lo que ha dado de sí ese “abrí un cuaderno y poco a poco fue llenándolo de notas, esbozos, ideas”!

Pero regresemos al principio, a la razón por la cuál he decidido invertir parte de mi tiempo de domingo por la tarde en escribir sobre esta pieza. ¿Qué ha supuesto esta obra para mí? ¿Qué ha quedado de ella en mi seso después de dos meses? Escribir sobre lo que es o ha constituido esta novela de Miguel Ángel Hernández en el panorama literario español no me motivaba, ni me sentía capacitado. Eso, y a pesar de que enseño la lengua a un grupo de artistas, me daba igual. Ya existen suficientes críticos en España dedicados a prescribir, a iluminarnos con su sabiduría literaria; y blogs, ni te cuento. Mi afán era otro, como siempre, mi interés residía en comprobar qué rescoldo quedaba, qué había supuesto, qué me importaba aún de ella, qué podía hacer que alguien decidiese leerla.

Y tenía que escribirlo. Para mí El dolor de los demás ha supuesto una demolición. La demolición de uno de los prejuicios más asentados en mi sistema de creencias literarias: yo, un ateo de la autobiografía y la autoficción como literatura puesto que, desde sus principios, la literatura se armaba desde la mentira, desde el invento y la ficción, nunca desde la realidad a escala 1:1. El dolor de los demás como máquina de demolición página tras página.

Para convencerme del todo, después de leer El dolor de los demás me sumergí en la lectura de La máscara o la vida de Manuel Alberca, que me cruzó la cara. Más tarde llegaría Delphine de Vigan con Basada en hechos reales, que me desilusionó en su parte final, a pesar de lo bien que había empezado; pero exclamé: Touché!

Miguel Ángel Hernández: “Había pasado varias semanas escribiendo recuerdos y emborronando papeles con esbozos e ideas sobre la estructura de la novela y ya no podía demorar más tiempo la búsqueda de información real”.

Había sacado los cinco folios de notas que tomé mientras leía la novela. En la fotografía lo demuestro, pero al final, ni los consulté. Me enroqué en qué rescoldo quedaba; y quedaba. Me bastaron solo dos notas para escribir esta bagatela, o esta reseña, si puedo atreverme a llamarla así. Lo que sí te tengo que decir, lector, es que si todavía no la has leído… ¡que lo hagas! Hacía tiempo que no revivía con tanto color, vamos a escribir cromatismo, que suena mejor, y con tanto sonido en mi imaginación, lo que narra Mahn en su obra, lo que cuenta que destrozó su locus amoenus, su infancia, casi su vida.

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