20181208 El Quijote según doña Eva

COLABORACIÓN DE ANAXIMANDRO FRUTOS SECOS PARA BLUMM.BLOG (Seguramente, si eres editor, te gustaría saber quién escribe así. Escríbeme.)
El Quijote según doña Eva
Doña Eva, madre de siete; origen, mejor dicho, pues aunque mamíferos demostrados todos ellos, el cariño y la atención de una madre no puede ir con la misma intensidad en todo momento a todos los corazones.
Era doña Eva una mujer no muy culta en el momento de estos hechos, era, más bien, como uno de esos seres que, a ojos de los intelectuales de meñique en labio, son como piedras en el fondo de una escena, contingentes y variables en la invariabilidad de su malexistencia. Sus siete hijos, antítesis fingolfínicas, eran cuatro varones y tres hembras, y hay quien dice que el dinero era el quinto varón, pues como a un hijo que ha partido al frente, doña Eva daba saltos de alegría al recibir una nueva que le dijera que su hijito dorado había sobrevivido (le había crecido un brazo o una pierna); y miraba hastiada, destruida como si hubiese sido hecha prisionera, cuando las facturas –sin darle siquiera condolencias– informaban sobre la mutilación de su poderoso caballero, <> solía decirle <>.
A Juan Carlos, a Daniel José, a Pedro Juan, a Martín Luis, a Mª de los Dolores Mariana, a Josefa de las Aguas Puras y a Antonia Mª de los Trágicos Dolores del Crucificado por la gloria de Dios y del Hombre; a ellos, a todos ellos, un intelectual de esos de otoño en la cabeza y en la lengua, podía clasificarlos como lo mismo que a su madre: pedruscos (Pedro Juan, en concreto, gozaba, o mejor dicho sufría de una considerable cabaña donde albergar la máquina de soñar, que le ganó el sagaz sobrenombre de Malatesta de las Cuatro Esquinas); polvo polvín polvete que venía del oeste y a saber dónde se mete, porque la realidad es que, aunque defensores de la familia en conjunto, del término, del concepto, a ninguno de los de la estirpe de doña Eva, ni a ella misma, le importaba lo más mínimo el individuo pedregoso que formaba parte, a su manera, del tosco muro.
Precisamente, esta situación que todo el mundo daba por sentado, aunque nadie reconociera, fue la responsable de impulsar los hechos que en este osiánico relato se cuentan.
Pero antes de abordarlo, es necesario declarar (porque describir, lo que es describir, lo haría demasiado novelesco) qué clase de hombres y mujeres encerraban, desde sus respectivas celdas, la de la estirpe de doña Eva en el panal de la calle Llanos, nº28, 8º portal, 3º E, dentro de los suburbios de una de las colmenas de Fuentefuentuna.
Los vecinos de sangre (porque la mitad de ellos compartían genealogía con doña Eva) no variaban mucho dentro del estudio geológico de las propiedades de las piedras. Unos celebraban a destiempo la próxima (séptima consecutiva ya) victoria de la selección local del vecindario en los torneos de combate a muerte entre gallos (que luego siempre resultaban en cocido y combate a muerte entre hombres); otros jaraneaban por las mañanas (tardes solo si primavera; noches nunca en invierno, sí verano) en la fiesta perpetua entremezclada con desgracia; otros, desde sus casas, hablaban mirando a la pared.
Ésta última, en concreto, era la actividad más repetida por todos: la de hablar, gritar incluso, de cara a la pared o a la cara de pared que el más cercano tuviese mientras esperaba su turno para hablar él también con la pared.
Los temas eran muy diversos, pero ante el vértigo del viento que se desconoce, se trataban siempre los mismos. Los que se creían más entendidos en jardinería hablaban de las rosas que habían ahogado en su crecimiento durante todo el siglo anterior el edificio de la gobernación: si les gustaba el color de la sangre, pasaban muy poco por allí o a su padre siempre le habían llamado la atención antes de morir, las alababan tanto como al Santo Varón; si no, confiaban, vaticinaban que llegaría una primavera en la que, plòh, de repente cambiarían de color y dejarían acceso a las llaves de algún tesoro escondido.
Mientras tanto, todos se ponían de acuerdo en que lo que había que hacer era festejar, matar gallos, reír, estar al sol como los gatos o los perros.
Otro de los temas era la fríamente acalorada discusión sobre otras colmenas, y lo que no eran solamente colmenas. Se empezaba hablando de, en efecto, las colmenas de más lejos, jamás visitadas (aunque en la infinita colmena donde doña Eva y su estirpe habitaban, cinco de cada tres tenía familia en esas colmenas de leyenda); se seguía por hablar de la de uno, la propia, luego del edificio de la gobernación y de las rosas y sus colores, y más tarde del panal, y de cada una de las celdas y sus integrantes, olvidando y dejando de lado, obviamente, la de uno (sobre todo si se buscaba al ladrón de un gallo o al falso jaranero).
Ya se ve, con todo esto, que la colmena de la estirpe de doña Eva era, sin duda alguna, el lugar donde la felicidad podía ser realmente alcanzada, ya mediante largos monólogos al gotelé despintado, jardinería postapicultora o jarana, mucha jarana.
Bien pues, vueltos a los hechos que deben ser narrados, doña Eva y sus hijos, como buenos bonapetitchores de la calle Llanos nº28, 8º portal, 3º E, o de la calle Llanos en general, o de todos los panales de Fuentefuentuna, no salían de esta fórmula; siempre con el fin de conseguir la miel prometida. Pero algo terrible, algo infame y vil a los ojos de ésta su colmena amarilla, no de tifus sino de sol, a los de tal tautología dulce; algo monstruoso, maligno, aberrante ocurrió uno de esos sábados al menosmediodía en los que la vida doméstica abandona la casa y conquista la calle, de forma que todo es hogar y familia, a voces, chiflidos y palmas, aleteos de mil fragancias que huelen igual.
Los rifirrafes musicales terminaron con la victoria del tecnoflamenco que, desplazando a Miguelito Fregonas y a Encarni Fiscal por Zambrana y sus camisetas y pantalones y jerséis y zapatos, ganó el derecho a la supervivencia por selección popular, habiéndose demostrado empecinadamente que sus mutaciones eran las más muy mejores por su capacidad de adaptación (de ella misma y de los demás). Aunque la música se atropellase por ser escuchada (o mejor dicho, ser los escuchantes receptores relajados), no ocurrió lo mismo con ninguna de las otras artes, que, sinceramente, habían sido también colmenizadas pero, desde luego (y posiblemente por su naturaleza), seguían sin llamar la atención, por mucho parné que soltaren a los de otros panales de Fuentefuentuna y otras colmenas de más allá de ella.
No fue el caso concreto del Turín encendido, de la doble cama con grito ruso, de la literatura, cuando la Manoli, vecina de sangre de arriba a la derecha, enfrentada ya por pared una vez a doña Eva –a causa de que el perro de una ladrase al hijo de otra–, reabriera el frente con la Boqueroncito (como llamaba a doñísima Eva). Casus belli: conflicto escolar entre incognosgénitos, aunque a la hora de haber ocurrido la primera contienda ninguna recordara cuál de todos con cuál de todos. Sí la causa, no obstante:
En las celdas escolares, enseñando algún lejano maestro (ajeno, traído sin duda por el apicultor y sus chanelantes) una breve, casi higuera lección de literatura, el hijo X de doña Eva respondió: <> ante la interrogación definida de la autoridad apicultora, ante la perpetua risa de sus compañeros, risa que debiera extenderse en movimiento (no así en origen) hasta las celdas institucionales y las universitarias, e incluso para el resto de las zangánicas vidas de todos y cada uno de los miembros de aquel anaquel anarquista educativo, porque más tránsito había entre avispillas que entre autopistas. Ahora bien, no se debe censurar al descendiente de doña Eva (que jamás pudo recordar quién de los dos en edad escolar fue), pues en su inocencia actuó bajo las órdenes corruptas del cabezamesa, el rompeumbrales, Malatesta de las Cuatro Esquinas, agricultor en el niño de la palabra pijote y, por tanto, responsable de su equivocación. Ocasionó la inocencia el error, el error la risa, la risa el hartazgo, y el hartazgo la señal del guantazo en la nuca del hijo Y (de la Manoli), el Ordenado, perpetrado por el hijo X de doña Eva.
El segundo enfrentamiento, el más brutal del conflicto, supuso un punto de inflexión en el que los errores estratégicos de la Manoli dieron a doña Eva la victoria, además de la idea para repeler, a partir de entonces, todos los futuros ataques que pudiera trama la del tercio arriba a la derecha.
ACTO I y ÚLTIMO
(Sale la Manoli; hijo Y+3, de cuatro años, enganchado por su mano materna como la vida en los últimos instantes. La Manoli, desaliñada, sin vinagre ni aceite, con greñas, en el rellano del 2º).
—LA MANOLI: ¡Mala ruina!
(Baja doña Eva, mucho más arreglada, sin andamios, con el uniforme de gala de estar por casa. Hijo X, el Abciso, el Acusado, agarrado con la fuerza de un labrador murciano por la muñequita de palo campestre).
—DOÑA EVA: ¡A ti, tentre!
—LA MANOLI: ¿Qué tienes tú que decir, escurriora?
—DOÑA EVA: ¿Y tú, ronera? ¡Que vas por ahí roneando, con el marío muerto, asín te han desacabado los niños!
—LA MANOLI: ¡Boquerona! ¡Boquerona que te doy! ¿Tu niño qué es, en? ¿Qué es? ¡Que le va en pegando al mío! (Voz muy agitada, se acerca más y más).
—DOÑA EVA: ¡Posi le ha pegado es porque el niño è gilipolla! ¿No ve, madre, con la carilla yonqui que me lleva? ¡Ha salío al padre! (En este último grito realza la cabeza, enarbola una sonrisa; saca pecho y, como consecuencia, tira del niño).
—LA MANOLI: ¡Hastaí! ¡Hastaí! (Carga, tirando del infante asustado, cuyos ojos fontanean).
—DOÑA EVA: ¡Te vià dejar muñeco! ¡Aguá, ronera! (La enzarza con la mano diestra por el pelo, aprovechando su mayor altura. Cierra el puño habiendo cogido sustancia, agita a los lados y le arranca un manojo esparraguero).
—LA MANOLI: ¡Ay! ¡Ay! (Aulla de dolor, se escucha en todo el bloque).
—DOÑA EVA: ¡Tómbola! ¡Evohé! ¡La pelucader rey!
—LA MANOLI: ¡Un cáncer te venga, ihadeputa! (Trata de cargar contra ella de nuevo, pero doña Eva la empuja y consigue esquivarla).
—DOÑA EVA: ¡Venga, vamos! ¿Andonde está tu coño? (Se posiciona de nuevo para la lucha, con hijo X llorando bajo la tenaza de su mano curtida. Los llantos de hijo X e hijo Y+3, junto a los jadeos alternos de sus madres y el ayay de la Manoli, componen la sinfonía del rellano).
—LA MANOLI: ¡Tía perra! ¡Monstrua! (Con la mano libre se tapa la herida en la cabeza) ¡Que no sabes ni qué es el Quijote, lo va a saber el calvo de tu hijo! ¡Tía puta! (Realiza una retirada táctica aprovechando que ha quedado a espaldas de las escaleras, tirando de su hijo Y+3 que todavía llora a garganta galopante. Hijo X, a lo pez, icónicamente se baña en sus propias lágrimas).
—DOÑA EVA: ¡Eso, tú corre! ¡Puta! ¡Ronera! (Aún reúne fuerzas, dentro de su agitada respiración, para dar una zancada y patear muy fuertemente la espinilla derecha –por esquive– de la Manoli, que está a punto de caerse pero echa la mayor parte de su peso en su hijo Y+3 y en la barandilla, logrando impedirlo).
(La Manoli huye escaleras arriba tirando de su hijo Y+3. Doña Eva permanece aún un rato, recorriendo el breve campo de la reciente batalla ganada. Acto seguido, se repliega, escaleras abajo, tirando de su hijo X).
FIN DEL ACTO
Cuál será la falsa sorpresa para doña Eva, que después de haber masacrado a las tropas enemigas en el rellano del segundo, y a una hora de ir a comentarlo junto a sus aliadas (ideológicas, porque no activas) del panal, empezó a rememorar la danza macabra en su cabeza, y notó un tremendo y punzante dolor en el corazón. Más tarde, de forma puramente deductiva (como siempre haría ella), doña Eva adjudicaría ese dolor a un mal augurio: un aviso del destino que trataba de decirle que lo peor estaba por venir.
Y así fue: ninguno de los astrólogos oficiales de la Colmena pudiera haberle dicho lo contrario. Los generales en reserva de doña Eva, esto es, la Mari Juani del primero, su prima Toñita y su primo segundo, viudo, Pepe Ustedes, además de todo el cuarto y quinto piso, entraron en rebelión abierta contra doña Eva.
El primer indicio fue la retirada del saludo, un formalismo que aunque todos ellos sabían inútil y hasta como una mentira descarada, era la forma de decir: <>. Especialmente tuyos, demostrado en aquellas idus de marzo a las que doña Eva consiguió sobrevivir. Cuando empezó a notar que los ojos se dislocaban para verla pero las cabezas no, y a escuchar retazos de su nombre o los de sus hijos en las últimas palabras de alguna frase dicha en voz alta justo antes de que por allí pasara, doña Eva comprendió aquello a lo que se enfrentaba.
— ¡Léase el Quisope, vieja! –le dijo un hijo Z, de Dios recuerde quién, al chocar sin querer contra él doblando la esquina.
Aquel ramillete explosivo la hizo retroceder tres alfonsos. ¿Quién tendría la mala sangre de pensar así? ¿Por qué nadie se lo había dicho? <>, lloraba doña Eva, <>. Y lloraba, eso sí, delante de sus hijos, porque lo único por lo que doñísima Eva podría llorar es, evidentemente, por su quinto varón. Las tres gracias, a cada cual más desgraciada de rostro, se dedicaron a llevar por todo el panal el Evangelio de Doña Eva, que era tan parecido al cristiano que podría llamárselo el Evangelio según Doña Eva. El hijo más obcecado de los cuatro era, pues, el único capaz de representar el espadón, la literal punta de lanza: Malatesta de las Cuatro Esquinas, de nombre de pila inválido por haber necesitado una palangana de plástico azul, de esas grandes para lavar.
En una blitzkrieg espeluznante, el revientagorros emboscó a punta de cabeza a cuatro de las traidoras, que iban al mismo nivel que la Manoli, todas ellas celebrando su regencia aristopatética en el panal, con los niños α, β, γ de la mano, y el hijo Y + 5 (apenas un añito) de la víbora pescaora, la ronera, la Manoli. El de los cuatro costaos fue digno merecedor del apodo de Aquiles por un momento, pues con su voz grave retumbante en la barriga despachó a las mariscalas tan rápido como aparece la Guardia Civil. Pero la Manoli, ya bien rauda, no se amedrentó. La solución del Malatesta fue mundial, sacada de la enéada que tanto gustaba a los maríos, con una ejecución pegada a lo Materazzi.
La Manoli debió guardar cama durante el resto de sus asfixiantes y grasientos días. Aun habiéndolo intentado con desatascaváteres, el pulmón y el pecho abollados por el impacto de la cabeza del Malatesta nunca recuperaron su forma. La Manoli falleció a los cinco días, respirando como una aspiradora con muchas pelusas, más atrancada que el ferroviario de los extremos. Doña Eva había ganado de neuvo el miedo de sus vecinos de sangre. Ahora era cuestión de reconstruir el abstracto del respeto y la pleitesía, y, como antes se contaba, la santa Manoli (mártir de los mal atestados) le había dado la forma.
Todas las tardes, al principio, y después, todas las mañanas y tardes, y por último, todas las horas del día, doña Eva, madre original de una bandada de siete (siete energúmenos y un hijo en el frente a poco de volver con mamasita); doña Eva Manzano de las Aguas Termales por la Gracia de Dios y los Hombres, Reina del Octavo Bloque de la calle Llanos, Vencedora de Frescas y Tías Putas; doña Eva la Evangélica evangelista; doña Eva escribió el Quijote.
Lo cierto es que el Quijote no pudo ser escrito por ella, porque antes de su erradicación junto con otras obras de su índole (ésas que tanto le gustaban a los geólogos, en vez de al apicultor), se sabe que alguien lo hubo escrito. Pero ante su persistencia en los corazones de la colmena, de forma oral o activa (porque, ¿qué era el apicultor sino los molinos y la jarana sino la posada?), de manera Alfonsina, macphersónica, doña Eva originó el mayor libro jamás escrito (además, de los pocos escritos en mucho tiempo en la colmena, porque todos estaban muy ocupados trabajando) en la historia de la ciencia de las literas de la Colmena (en ellas era donde mejor se escribía). Con sus 16.050 páginas, comenzaba de esta forma:
Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura,
morir cuerdo y vivir loco.
Poco (o poco más) puede decirse de doña Eva y su estirpe, excepto que el leviatánico trabajo de la matriarca, como debía ocurrir, llamó la atención muy fuera del panal, en otras partes lejanas de la Colmena, desde donde a las tres horas ya se la elogiaba como la líder de un nuevo camino dentro de la doblelomonacología, una voz ardiente que expresaba en todos los idiomas posibles de la Colmena el ser y el no ser, desde una celda hasta el humidificador, desde las redecillas del apicultor hasta la molécula de glucosa, desde el aguijón hasta el ala y desde la calle Llanos hasta toda la Colmena. Se la tradujo a mil y un zumbidos diferentes, y se analizaron, en el plano de una sola semana, todas las estructuras de aquellas dieciséis mil y pico páginas: El Quijote y la buena miel, El Quijote y porqué sus personajes, ¿El Quijote?, El Quijote en Andalucía, Aproximación a una metamiélica de los Quijotes, Quijotea, que no es poco, Los Quijotes surgidos del suelo, El Quijote de la Colmena…
Era tan buena esa miel, entre tanta hiel, que se la llamó jalea real y el mismísimo apicultor desplazó a doña Eva a un panal mucho mejor.
Al séptimo día, siguió la jarana y se mataron los primeros gallos por de madrugada.
Ilustración de Rosa Mª Calero

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.