20181125 Dostoievski

Hoy también. Hoy también escribo esta entrada desde la aplicación de WordPress del iPhone. Estoy viendo la F1. Bueno, lo grabado porque hoy hemos comido fuera. Es el único deporte que veo en televisión. No puedo permitirme asistir a todos los grandes premios. No, no suelo ver fútbol. Me aburro. Tampoco el baloncesto. Me aburre muchísimo más. Recuerdo que en mi juventud, en mi infancia, sí vibraba con las vueltas y los tour de Perico y Robert Millar, que por cierto, se cambió de sexo. También veía tenis. Mucho tenis. Lendl, Agassi, Vilander. Los mejores. Tanto me involucraba que me federé en ambos deportes cuando era un adolescente, un manojo de hormonas y ganas. Primero fue ciclismo y después, con diecisiete, en tenis. Le daba bien, sí, pero me duró un año. Ser alto (1,90 cm en aquella época) me venía muy bien en el tenis. Picabas la pelota en los saques que daba gusto. Y hacía con frecuencia ace. Ahora que he traído mi infancia al blog, quiero que se quede aquí un texto que he descubierto en Twitter de Dostoievski. Lo ha subido Francisca Pageo, y es un textazo, por Dios:

Qué maravilla. Qué verdad:

“Os hablan mucho de vuestra educación, pero un recuerdo hermoso, santo, conservado desde la infancia puede que sea lo que más contribuya a nuestra educación. Si el hombre consigue reunir muchos recuerdos de esta clase, puede considerarse salvado para toda la vida”.

Quizás sea pretencioso confesar que mi infancia, a pesar y gracias a ser el mayor de diez hermanos, fue una infancia rebosante de hermosos recuerdos. Esa primera Sheaffer que me regaló mi madre con diez años, los viernes por la tarde coloreando hasta la hora de la cena y del Un, Dos, Tres; las visitas a la biblioteca a la que ahora llevo todos los viernes a mis hijos, las meriendas con ochíos en casa de mi bisabuela Adelina, los barcos Tente y la expedición de entradas para el CinExin. Tenía tantos hermanos que fabricaba unas entradas para cobrarle un duro a mis hermanos los sábados por la tarde. Emitía películas de Popeye decenas de veces, tantas por los tantos duros que cobraba. Y más, muchos más recuerdos, como las subidas por entre los pinos hasta el Castillo de Santa Catalina, junto al Parador de Jaén, por esas noches de Navidad tirado en la cama leyendo hasta las tantas. Por esas tardes de Navidad tirado en la cama, devorando un libro cada dos días. ¿Cuántas veces leería una edición infantil que me regalaron de El conde Lucanor esa Navidad? Perdí la cuenta. Los retratos de compositores desperdigados por la parte alta de la pared; parte alta porque dormía arriba, en la litera. Había comenzado a estudiar piano y solfeo. Aquella litera, en ocasiones, también era un vapor de ruedas del Mississippi con Mark Twain a bordo. Como dice Dostoievski, creo que todos esos recuerdos -y algunos más- me educaron después, sin dar la lata. He leído ese maravilloso fragmento y me he sumergido en mi infancia. Y me ha gustado tanto, que voy a repetir la experiencia escribiendo esta semana recuerdos de mi infancia. Todos los que lleguen. Agradecer otra vez a Francisca Pageo el rescate de este potentísimo fragmento.

También extraje, por la mañana del domingo, las esencias de un artículo de Lea Vélez que quedó grabado en el Bullet Journal:

Y por hoy, vale. No ganó Fernando Alonso, pero su coche hoy brilló más. A por la triple corona, tío.

Buenas noches

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