Novelas del asco y de la amargura

¿Por qué hemos de dejar que ‘Babelia’, ‘El Cultural’ y ‘ABC Cultural’ seleccionen nuestras lecturas existiendo la columna ‘Mala Fama’ de Alberto Olmos en El Confidencial? No os entiendo, de verdad que no os entiendo.

Ayer mismo. Ayer mismo me peleaba por Facebook con la Biblioteca Pública Provincial de Jaén. Ayer mismo, pueden comprobarlo porque yo, además de visitar y hablar de las bibliotecas públicas, me peleo con ellas. El asunto no es baladí, pero hablaré de él en otra ocasión. Antes, os pregunto: ¿a vosotros os cierran las bibliotecas por las tardes desde el 16 de junio al 15 de septiembre? Decidme que sí, que en Madrid y Lugo hacen lo mismo que en Jaén. Más que nada por saborear el consuelo de muchos… ¿Los sábados también?

Pero hoy, con este post, me gustaría sugerir cuatro notas a pie de página transcritas desde un manual para el artículo que publicó Alberto Olmos en El Confidencial el 11 de julio de 2018 sobre una novela publicada en 1950, un año antes que La colmena y El guardián entre el centeno: “Lola, espejo oscuro: la magnífica y sórdida novela perdida del franquismo”.

Hace años y de saldo, en la librería Universitas de Córdoba –hoy desaparecida—, compré un librito que siempre que lo abro me sorprende. Es el manual de Martínez Cachero titulado La novela española entre 1936 y 1980. Historia de una aventura. Para mí es una golosina. Nunca coge polvo. Y es que fue leer el artículo de Olmos y rescatar otra vez el libro de mi biblioteca, que está abierta 24 horas al día todos los días del año. Me fui al índice onomástico y de títulos y localicé Lola, espejo oscuro. Simplemente quería saber más. Descubrí sorprendido que le dedicaban siete páginas. Olmos tuvo, al seleccionar el librito, intuición. 20180712_093300490_ios2.jpg

Y hasta aquí quería llegar. Tomen ustedes estas cuatro notas a pie de página que me invento como un complemento al jugoso artículo de uno de nuestros prescriptores favoritos. Todas, extraídas del manual citado de Martínez Cachero:

  1. 1950 es el año de publicación de: Nosotros, los leprosos, de Luis de Castresana, y Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez; y 1951, el de Los hijos de Máximo Judas, de Luis Landínez, sangrienta historia de una familia campesina en tierras de Castilla. La moda continuará por unos años, dentro ya de la década de los 50, puesto que al parecer en 1954 la novela de José Luis Castillo Puche, Con la muerte al hombro, el crítico de ABC, Fernández Almagro la tachaba “en algunos momentos de un tremendismo excesivo”.
  2. El artículo de Eugenia Serrano, que publicó el 1 de septiembre de 1950 acerca de las novelas Las últimas horas y Lola, espejo público, decía: “Me gustaría poder leer una buena novela española donde los personajes no estuvieran tarados en alguna manera. Donde la heroína no fuera prostituta ni el protagonista loco o amoral. Temo que este deseo resulte anticuado”.
  3. En 1951 el sacerdote Federico Sopeña prorrumpía en un enérgico Basta ya: “Basta ya de novelas con monstruos, prostitutas, pervertidos y náuseas. Basta, porque una sola quizá fuera paréntesis de gracia; pero tantas, casi todas, es un pecado y una injuria. Ya no puedo más; me duele, como escritor español que nunca renunciará a ser hijo de la verdad y de la alegría, ese resumir nuestra generación con nombres sucesivos de las novelas del asco y de la amargura”.
  4. Darío Fernández Flórez, nacido en 1909, universitario de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid antes del 36, había hecho crítica radiofónica de libros, más bien apresurada y endeble (recogida en volumen con el título de Crítica al viento), y sacado la novela Zarabanda (1944). El éxito le llegará al publicar en 1950 Lola, espejo oscuro, relato de la vida y andanzas de una prostituta de relativo copete, servido autobiográficamente según la más tópica usanza picaresca; muy pronto comenzó a hablarse de semejante entronque literario, a lo que debía unirse el tremendismo, tan en boga a la sazón. El oficio de la protagonista y lo que este hacía esperar a ciertos lectores, la referencia más o menos reconocible a algunos sucedidos recientes convirtieron la novela de Fernández Flórez en un libro bastante vendido y no poco celebrado, ya como documento histórico valioso (tal pensaban Azorín y J. L. Cano), bien por su realismo de vieja ley; pero hubo una voz discrepante frente al coro elogioso, la de Fernando Guillermo de Castro, para quien el éxito de Lola… no es debido a merecimientos literarios sino, “indiscutiblemente, a las circunstancias de ambiente, que han envilecido el clima. Este fenómeno de envilecimiento es producto de una retención, de una prohibición” (Lola fue pirateada no tardando en Méjico; los ejemplares de esta edición no llevaban pie de imprenta y figuraban a nombre de una inexistente editorial). Ni novela de clave –“nombres, apariencias y sucesos han sido dislocados para evitar ingratas coincidencias”—, ni novela pornográfica y lupanaria –“[…] cierre el libro si no busca [el lector] calidades más nobles [que el relato de alcoba], no sé si logradas o no, pero, desde luego, intentadas con vocación y empeño”—, y sí, novela picaresca –que aspira a enlazar con la que fue “una de las glorias de nuestra literatura” (Los breves fragmentos entrecomillados pertenecen a la nota previa que el autor puso a la novela)—. Cuenta Lola lo que le ha ocurrido, a lo largo de los capítulos que se distribuyen en cuatro partes, cuya separación es debida a cambios en el escenario de sus peripecias, a cambios de amantes, a tiempos en que no escribe, pero nunca a motivos de relevancia capital. El relato suele ser suelto, con un interés de superficie, sin pararse en meditaciones o en el paisaje o en la introspección sicológica. En el relato hay, como sin querer, al paso, alguna imprecisión temporal, vgr.: “Lo recuerdo bien porque entonces el litro de aceite andaba por las veinticinco pesetas” (capítulo XX, 1.ª parte); “Yo iba mucho ese año a “Casablanca”, porque se me antojaba entonces el salón de más categoría de Madrid, decorado a lo moruno y animado por Tomás Ríos y su orquesta, según la propaganda […] (ídem, ídem): […] y me encerré todo un día en mi habitación, a leer, tumbada en la cama, Nada, una novela escrita por una chica que me trajo el Espichao de Madrid, porque los papeles hablaban mucho de ella y yo tenía curiosidad por conocerla” (capítulo XII, 2.ª parte). Lola no quiere que lo escrito por ella resulte una novela rosa a causa de alguna complicación de orden sentimental a que no pudo estar expuesta y por eso leemos al comienzo del capítulo VII de la tercera parte que “no quiero que estas escrituras mías parezcan ahora una novela rosa con las complicaciones que trajo Juan [el que le mandará escribir sus memorias] a lo que llama siempre mi boda motorizada”. Darío Fernández Flórez escribe este libro como un desahogo frente a una sociedad y a unas gentes que le daban, con sus vicios y manías, asco –por eso leemos en la conversación con su amigo Juan (en el “Epílogo personal”) estas palabras a su cargo: “[…] aquí no se puede estar sano. Hay demasiados muertos en la ciudad. Y, a veces, su hedor nos llega a las narices”—; tal como escribiría algunas de sus novelas posteriores –Frontera (1953) o Alta costura (1954)—, entre ellas las que ofrecen otros hechos de Lola hasta el fin de sus días. Me refiero a Nuevos lances y picardías de Lola, espejo oscuro; Asesinato de Lola, espejo oscuro y Memorias secretas de Lola, espejo oscuro, tres libros que son reiterada insistencia en sucesos y ambientes análogos a los que tanto éxito habían alcanzado en la versión inicial, si acaso con una mayor y más lograda intención denunciatoria y aleccionadora.

Descubro triste, y con esto acabo, que mi Biblioteca Pública Provincial de Jaén no tiene Lola, espejo oscuro, pero sí la película que dirigió Fernando Merino con guion y diálogos de José Luis Dibildos y música de Antón García Abril. Actúan Emma Penella, Carlos Estrada, Manolo Gómez Bur y Alfonso Paso.

La leeré antes. Quiero.

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