Crónica de un raudo viaje a Granada para hablar del Conde Lucanor y de libros con selfi incluido

Llegar a Granada. Salí del parking del Violón buscando la luz que reflejaba Sierra Nevada. ¡Nevada a finales de abril! Ya ves si tuvo que llorar el desgraciado de Boabdil, pues no perdió na el pobre; todo, ya ves. Yo no. Yo, lo primero que hice, para acompasar al tiempo que me ha tocado vivir, fue dejar constancia de mi presencia en Granada demostrando que a mí el Flamenco también me iba y cómo no, me importaba. Dejar constancia de que tu sombra y tú no estáis peleados es hacerte un selfi para subirlo a Instagram antes de que el semáforo se pusiera en verde. Mis seguidores tenían que saber que estaba en Granada un sábado por la mañana y que por ese motivo se presentaba ante mí una mañana agradable. Tan agradable tan agradable que me encontré por casualidad con un anagrama de Granada: agradan. Así pues no me quedó más remedio que titular el pie de la foto de un modo sencillo y anagramático: “Cómo me agradan los paseos por Granada”IMG_3280.JPG

Yo estaba allí para hablar de mi libro, bueno, del libro de otro que me había tocado analizar. Yo estaba allí para hablar del Conde Lucanor. El uso del pronombre personal “yo” con tanta ansia es para dar coherencia al texto, y relacionar el primer con el segundo párrafo. Tuve que exponer y hablar de Patronio durante media hora o así . Yo me lo pasé bien y si tú te lo pasas bien, nadie suele aburrirse. Gustó cómo titulé la charla: “Severo revés”, que es un palíndromo. “Severo revés” puede leerse al revés y al revés y otra vez al revés sin que te canses; otra vez: “severo revés”. Durante media hora o así estuve hablando de los reveses que le aguardaban al Conde Lucanor si no practicaba los consejos que le sugería Patronio. A eso fui a Granada. Bueno, y a comprar libros sin querer.

Resulta que en la Carrera de la Virgen estaba instalada la feria del libro. Las ferias de libros son asuntos que me pierden. Al final solo me detuve en dos: en la de Cuadernos del Vigía y en la de Blackie Books, donde sin pensármelo mucho compré dos libros. Las dos chicas que atendían la caseta eran muy simpáticas y a mí me agrada comprar libros así, con chicas tan simpáticas y tan dispuestas como las chicas que atendían la caseta de Blackie Books; a saber si eran editoras, traductoras o qué sé yo. Eso sí, simpatiquísimas. Y así da gusto comprar libros. Compré dos sin quererlo. El primero llevaba por título Contra la lectura, de Mikita Brottaman y el segundo, que compré para mi hija L. que le gustan las cosas de la cabeza fue Un cerebro sin límites. Si se les ocurre pinchar sobre las imágenes les dirijo gratis a sus fichas editoriales.

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Una mañana productiva, literaria y singular. Eso quería contar.

De regreso a Jaén me esperaba la habitación y el sitio donde estudio de lunes a domingos. Y a esto venía hoy yo al blog, a contar, un domingo de puente de mayo, que hasta julio o así las entradas vendrán con cuentagotas. Mi trabajo ahora, además de enseñar Lengua Castellana y Literatura en el IES Trassierra de Córdoba, es estudiar. Y estudio. El sitio donde lo hago, gracias a Dios, está insonorizado. Dos de las cuatro paredes que lo rodean están forradas con papel. Véase la siguiente imagen:

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Ahora me dedico, como pueden comprobar, a comprar libros que leeré en la segunda mitad el año. Complejo de hormiga versus cigarra. Destaca el Impón tu suerte, de Enrique Vila-Matas, y otros tantos suculentos de la editorial Pálido Fuego. Qué ganas, créanme. Ah, me dio por poner ahí “Sorbí libros”, que es otro palíndromo chulo. No paro…

Me despido con un fragmento del último esquema del tema que he estudiado esta tarde. ¡La poesía negrista! Hay soles negros que brillan, he concluido. Por cierto, ahora que sale la palabra negro, recuerdo un desierto que describía DFW no sé dónde en el que la arena era negra. Hasta tomé notas de la imagen. La buscaré. Ahora les dejo con el colorido esquema. Todo sea para engañar a la memoria. Ah, si pinchan sobre él accederán al texto que escribí como pie de foto. Por si tienen dos segundos más:

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Y termino ya. Ayer regresó a casa un libro que presté hace año y medio. Es peligroso prestar libros que arrancan así, con unas palabras de Edgar Allan Poe sobre la red de conexiones e intereres ocultos que apuntalaban la economía literaria americana de mediados del diecionueve. Me apetecía acabar así la entrada, con el arranque de El cuaderno perdido, de Evan Dara porque comulgo con ella:

Los escritores más “populares”, más “exitosos” de entre nosotros (al menos durante un breve período), son, en un noventa y nueve de cada cien casos, personajes meramente hábiles, perseverantes, osados: en resumen, entrometidos, aduladores, charlatanes. Gente que logró imponerse con facilidad sobre editores aburridos… se adjudicó reseñas favorables escritas o mandadas escribir por partes interesadas… De tal modo se fabrican “reputaciones” efímeras que, en su mayoría, sirven para sus propósitos específicos, o séase: llenar la bolsa del charlatán y del editor del charlatán.

 

 

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