Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta

triumph scrambler

A ciertos libros llegas tarde. O eso te hacen creer. Siempre hay alguien que te dice, o peor aún, te insinúa que la lectura de ese libro tendrías que haberla hecho con diecisiete años y dos meses. Y te regocijas en la complejidad de esa afirmación pensando: «¡eso es un misterio! y no que se te parta la uña del dedo anular por falta de levadura de cerveza». Porque el problema siempre es ese: «Vas tarde, amigo, yo ese libro me lo leí con quince años, ¿quién no se ha leído a Nietzsche con catorce años o a Salinger con veintitrés? Vas muy tarde, amigo, vas muy tarde», te dicen sin que se harten.

Te excluyen del club de señoritas cultas y tipos vehementes, pulcros y pedantes suicidas si no has leído un determinado libro en un intervalo muy concreto de tu vida. «Es que si no te has leído la obra completa de Hilyitro y Houellebecq con veinte años, ¿qué puedes esperar de la vida, zorro?». Es más, percibes que te clasifican en un determinado infierno mientras escuchas y hasta imaginas sus bisbiseos: «¡Va, qué poco nivel tiene! ¡Qué inculto! ¡No pertenece a nuestra élite cultural!». O peor. (Ahora recuerdo a Muñoz Molina cuando hace poquito reveló que empezó a leer por primera vez a Thomas Bernhard). Pobre.

Algo así o algo muy similar al «así» me ha sucedido en este mes. Tenía pendiente desde hace muchísimo tiempo —seis o siete años— leer un libro que, desde que supe de él, tuve claro que lo leería. Siempre tuve unas ganas enormes y tremendas y “agoniosas” de hacerlo. Y lo he hecho este mes y no he quedado defraudado. No sé dónde descubrí su referencia pero su título escondía cierta chispa y mucha originalidad: Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, de Robert M. Pirsig.

Y lo he escuchado, sí, así: «Lleva editado siglos, ¿ahora lo lees?». Quien me lo ha dicho ¡no tiene motocicleta! ¡Pobre teórico, pardo infeliz!

Zen y el arte lo he leído durante este mes. Lo he hecho en la edición de Mondadori que es la que tenía la biblioteca pública de Jaén que cierra en agosto y hasta el 15 de septiembre por las tardes (¡esto sí que es terrorismo!). Después de leer Zen y el arte he empezado a releer Zen y el arte en esta edición, en la de Sexto Piso. Aproveché que el día 20 fue san Bernardo para regalármelo. Soltar 24,50 € en la librería Metrópolis de Jaén fue un acto heroico. Me hice la suficiente violencia para soltar 24,50 € por un libro porque yo, que suelo leer más de cuarenta libros al año, por los libros de leer por casa no suelo pagar más de quince euros (sépanlo editoriales). Pero Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta no era ni iba a ser un libro para leer por casa. Ha sido un libro que hace que te replantees tu “cierto actuar personal” y por qué no escribirlo, “conductual”. No sé si me explico. Quiero releerlo y ensimismarme con él. No sé qué grado alcanzaré en esta tarea pero revelo que me he planteado desde arrancar un blog a partir de él y escribir cómo voy haciendo carne ciertas ideas del libro ¡hasta reiniciar un hobby! y sacarme el A2 por la necesidad de “coger y desconectar”; o ahorrar para volver a rodar con máquinas capaces de dibujar dos mil horizontes. En definitiva, plantearse con cuarenta y tres asuntos que los pedantes suicidas y algunos funcionarios de la vida te silban que tenías que haber hecho con veintitrés. Pero es ahora, con cuarenta y tres, cuando pueden saborearse mejor para alcanzar quizás dos o tres cotas más de felicidad aunque uno sepa de dónde procede la Felicidad.

Y por hoy nada más. No quería que pasase este mes sin publicar una segunda entrada en el blog. Quería nombrar este libro en el blog. Tarea finalizada. Agosto… ya se fue otro agosto de lecturas: dos manuscritos, esta poderosa obra maestra de la metafísica de la calidad: Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta y el comienzo de su relectura. Ah, y Platón, que acabo de empezar El banquete. Qué magia la de estos libros —y la de esos originales—.

«Agosto se hace tan corto que siempre necesita a septiembre para hacerse realidad», escribí ayer.

6 comentarios en “Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta

  1. Eso nos hacen creer querido Bernardo, pero uno nunca llega tarde. Llega cuando le toca. Yo hace poco leí el Diablo cojuelo a mis casi 40 y lo disfruté con la madurez que no tenemos cuando leemos a Nietzsche a los 15. Un abrazo.

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