Un punto de azul pálido

8408059076Hoy apunté otro libro en la lista del mes de agosto. Desde hace algunos meses he empezado a asignar a los días uno de cada mes, y con ayuda de Google Calendar, los libros que quiero leer. Escribo el título en un recordatorio y le asigno la fecha: 1 de agosto; 1 de octubre; 1 de abril. Así, cuando comienza el mes, tengo configurada una golosa lista de lectura. Por supuesto que tengo que discriminar, porque siempre hay más libros de los que podré leer, pero la selección, a priori, ya está hecha. Y es una gozada. Les animo a que lo pongan en práctica. Supongo que el siguiente paso consistirá en asignar a las quincenas títulos; y después a las semanas. A todo se llega, incluso a decidir con tanta antelación los libros que me gustaría leer. Siempre en condicional, porque el condicional es el que mejor conoce a la naturaleza humana.  Y para qué mentir, actuando así, también cribo. El fin es claro: conformar un colorido y sugerente mapa de lecturas.

Pues bien, hoy regresaba de Granada cuando he aprovechado para escuchar el podcast de “Documentos RNE titulado Las Sondas Voyager, una odisea interestelar. En él se narraba cómo Carl Sagan sugirió a los responsables del proyecto que una de las cámaras de las sondas Voyager se girara cuando estuviera a 6000 millones de kilómetros de la Tierra para tomar una fotografía. Después de diez años insistiendo accedieron a la sugerencia de Sagan y la Tierra quedó reflejada como un pálido punto azul. Sagan se inspiró en esa fotografía para escribir Un punto de azul pálido. El fragmento que han leído en el programa me ha inspirado para escribir este post, además de prescribirme su lectura para el 1 de agosto de 2018.

El fragmento es maravilloso y somete a la razón cualquier atisbo de vanidad humana, incluso de prepotencia. Quiero leer este libro, y si todo sale bien, agosto será su mes:

Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina del puntos. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida.

Nuestro planeta es una solitaria mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.

(Carl Sagan, Un punto de azul pálido)

 

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