El relojero y La japonesa calva

Hay quien piensa, y por ello se avergüenza, que enseñar y hacerse una fotografía con el libro que te estás leyendo es como sacarte los calzoncillos por la pernera y enseñarlos, o hacerte un selfi con ellos. No se rían. Hay quien piensa que hacerse una fotografía con un libro sobre un fondo de piedra mate, tirando a arena, es mostrar y demostrar cuán pedante se es. Hay quien piensa, por el contrario, que chillar ¡gol! un domingo por la tarde sí es lo más culto a lo que una persona un domingo por la tarde puede llegar a hacer. Yo, por eso, grito ¡gol!, y además, leo. ¿Doblemente culto? Juzguen ustedes. Hoy les traigo con estas letras dos libros que no he leído pero que les voy a recomendar que compren y que lean. Hoy, con este artículo, me voy a hacer un selfi (se puede escribir selfi, advierto) con dos libros que todavía no he leído. Además, conozco

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Los dormidos, y los muertos, no son sino como pinturas

Esta semana estuve dándole vueltas a un texto de Corazón tan blanco, la deslumbrante novela que Javier Marías escribió con cuarenta y uno. Se la recomiendo. Su comienzo es devastador. Le influirá en sus vidas. Lean solo el comienzo y abandónenla, pero lean ese comienzo. A esa edad Javier Marías escribía una novela interesante y no se pasaba el día haciéndose selfis. Yo no sé si a ustedes les pasa. Cuando localizo un fragmento o un texto deslumbrante, además de deslumbrarme, retumba durante un par de días dentro de mi cabeza. Va a ser imposible trascribir el texto completo aquí porque si así lo hiciera se quedarían sin artículo. Pero trascribo parte de su esencia para ilustrar lo que quiero ilustrar, que es cierta actitud del ciudadano barcelonés, que ni es chicha ni es limoná, que siente según sople el viento, más la bandera del aborto independentista que la bandera del país del que mama. Es una actitud cobarde, tibia,

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¡Cuate, aquí hay tomate!

Me hallaba seco de ideas esta semana, sin jugo hasta hace un par de horas. Pero he de escribir mi artículo quincenal, y voy a escribir mi artículo quincenal ayudado por lo que le leí una vez a nuestro paisano Antonio Muñoz Molina, que afirmaba que escribir en el Diario de Granada le había enseñado a escribir con regularidad y disciplina, con límites fijos. Es un pensamiento algo simplón pero es una verdad como un templo, que es, a su vez, una frase hecha que no sé si sustituiré cuando ponga el punto y final a este artículo. Y es que estar falto de ideas, tener el seso seco para escribir sobre algún tema, yo lo soluciono yéndome a dormir la siesta con un papel, un lápiz y una intención en las mientes: que mi despertar traiga un asunto sobre el qué escribir. Y así, mientras cierras los ojos, sabes que cuando despiertes aparecerás con una margarita en la boca.

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