Los intelectuales son especialistas en algo caduco, dominadores de cuestiones que a nadie interesan. Los bibliotecarios son celadores de un depósito de cadáveres, que pagan su frustración matando polillas. Las polillas son las únicas que se enteran de algo, pues se nutren de los libros y los convierten en movimiento. La cultura es un medio y no un fin: ¡por eso ellas son las únicas lectoras coherentes! Los libros no son objetos decorativos ni de diseño. La gente debería regalarlos tras haberlos leído. Las estanterías repletas de libros son tan útiles como las huchas vacías.

Fernando Fedriani en Narciso, finalista del «Premio Andalucía de Novela» (¡Inédita!).

Tesis: Leer no sirve para nada si lo que lees no te cambia.

Es una de las sugerentes conclusiones a las que llegas después de vaciar tu biblioteca, limpiar cada libro, expurgar alguna mierda y disponerlos de nuevo por orden alfabético de autor.

Mi biblioteca principal tiene cuatrocientos noventa y tres libros. Casi 500 libros: ¡quinientos! Es una biblioteca pequeña, muy pequeña, doce veces más pequeña que la biblioteca de Chirbes, por ejemplo, con 6000 títulos. No soy Chirbes, ni Borges, ni aspiro a tener más de quinientos libros en casa. No tengo espacio para ellos.

Decidí vaciar mi biblioteca porque había dejado de ser útil porque me costaba localizar lo que quería. Soy de los que consulto con frecuencia mi biblioteca y me decía, mucho me decía: «En agosto le meto mano». Llegó agosto y se la metí a fondo: ordené, limpié y expurgué. Lo primero, quitarle todo, vaciarla. Así:

Sacaba libros y libros y así hasta quinientos. Mientras lo hacía leía sus títulos y si hubiese tenido una bolsa de basura a mano hubiese tirado algunos sin pensarlo mucho pero yo nunca arrojo libros a la basura. Así que los fui colocando debajo de la mesa de otro dormitorio y comprobé, estupefacto, que los libros, en pilas de 70 centímetros no ocupaban ni un metro y medio cuadrado. Me alegré. Si algún día se pone feo el panorama por tener tanto libro en casa podía bajarlos al trastero, que es de casi cuatro metros cuadrados, es decir, que podía apilar en él casi 2000 libros. Pero ¿quién tiene libros amontonados? Algunos libreros. Yo no soy librero.

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Y empezaban las preguntas incómodas. ¿Por qué almacenaba tantos libros que no iba abrir más? Por ejemplo, y no porque me disgustasen, ¿releería, por ejemplo, Purga, de Sofi Oksanen, o Karoo, de Steve Tesich? ¿Por qué no los regalo? ¿Por qué no los vendo? Y así, con muchos más. Libros leídos, extractados, con suficientes notas en cuadernos y en Evernote. Entonces, ¿por qué los conservaba? Es absurdo. Así escrito hasta me sorprendo. Ocupan y anulan un espacio que podría estar disponible para potenciales adquisiciones, impiden, incluso, descubrir otros libros y otros temas. Y esto, me asusta. Y me asusta porque leo bastante. Si apenas lees, no te preocupas, pero si lees cerca de cincuenta o sesenta libros al año, no sanear tu biblioteca doméstica puede ser un problema, y peligroso.

Es evidente que el espacio físico disponible para almacenar libros en un piso limita la adquisición de libros en papel de arder. Por este motivo, y después del vaciado e inventario, he comprobado que hay libros que ya no me interesan y que no los voy ni a releer ni a consultar más. ¿Cuál es la solución? Regalarlos y venderlos. Necesito espacio para nuevas corrientes. La decisión ha sido sencilla y rotunda.

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Las bibliotecas domésticas, como las públicas, tienen sentido si los títulos que albergan se consultan, sirven a sus usuarios. Pienso así. Huyo del postureo libresco aunque suba fotos de mis libros a Instagram. Es evidente que cualquier biblioteca que no sea doméstica puede destinar más espacio a contener libros que se usan y se consultan menos, o casi nada, pero la concepción de biblioteca doméstica que tengo no soporta libros de porcelana. Uso los libros, y conforme me hago mayor, los que tengo, los que precipitan en mi biblioteca, los consulto mucho más. Es un proceso curioso. Si hiciese una estadística —a ver si me entretengo— me atrevería a afirmar que solo consulto y releo un tercio de lo que ahora tengo. Así que convencido, si puedes encontrar a Lorca completo en la Biblioteca Nacional, por ejemplo, para qué adquirirlo para casa. Y es un ejemplo.

Los criterios para adquirir nuevos títulos van a cambiar. Valoraré, por ejemplo, qué potencial de relectura y consulta puede tener ahora un libro, o un autor y claro, esto me llevará a destilar autores. El precio, qué duda cabe, también influirá y la disponibilidad del título en otras bibliotecas y en otros formatos, como el ebook, también. Desde luego es el mejor y más óptimo formato para buscar y encontrar lo que quieres dentro de un texto. Es un placer siempre, lo he comprobado. ¡Viva mi Kindle!

Y así decides, en un mes de agosto de 2017, después de haber ordenado tu biblioteca de un modo muy afín a ti, que no puedes seguir adquiriendo libros sin ton ni son.

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(Párrafo en segunda persona). Empiezas a colocar. Comienzas con una historia de la literatura como la de Alborg. Esa no la vas a regalar. Te costó 110 € regateando y te vino muy bien para… Criterios claros. Decides a continuación los títulos de Cátedra, los nacionales y los extranjeros por orden alfabético, y no por el número de la colección. Títulos que sabes que están en casi todas las bibliotecas públicas de España y de Jaén y que en ocasiones puedes conseguirlos —si de una urgencia se tratara— en las librerías de viejo por menos de cinco euros, que son tres cafés o dos cervezas. Decides orden alfabético de autor para esta hilera y por eso, si tú vienes a casa, te encontrarás antes a Caballero Bonald que a Machado y a Conrad antes que a Maupassant. Vas bien. Prosigues. Has quitado todo el polvo y no te importan los números que llevan en la colección.

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La parte superior queda conformada con libros de formato pequeño. Libros que marcaban mucho el espacio vacío que no ocupaban en las baldas inferiores. Quedaban ridículos y continúo colocándolos ahí, y por este orden: Austral, Edhasa, Alianza, Planeta, Castalia, Valdemar y Edaf. Solo respeto el orden alfabético por autor en las colecciones de Cátedra, Austral y Alianza, que son las más numerosas.

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Después de colocar esta primera tirada, decido colocar los libros de Anagrama y Acantilado en la balda superior izquierda por orden alfabético de autor. Hago tres excepciones. Como tengo títulos de Vila-Matas, Pombo y Olmos en otras editoriales distintas a Anagrama, decido colocar ahí también los títulos en otras editoriales de esos tres autores. A continuación Acantilado y Periférica por orden alfabético de autor. A partir de ahí, a partir de la balda superior derecha, todos los títulos están ordenados alfabéticamente por autor.

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Las cuatro baldas superiores las completo con títulos de literatura nacional y extranjera. Sigo encontrándome con libros que sé que voy a regalar y vender. No pintan nada ya. Ni en mi vida ni mi curiosidad los demanda. Tampoco mi seso. Han sido superados, que los disfruten otros. Mandan los apellidos. Ahora es muy rápido localizar a un autor. Hago una salvedad. Las biografías, como las de Salinger, están ordenadas por la letra del autor biografiado, en este caso en la «S», y no por la letra del apellido del autor de la misma.

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Voy completando las baldas. Paro. Destino la balda del fichero de cartón verde (¿lo ves?) para los libros más académicos, manuales de lengua y literatura. También hay algún ensayo, como el de la generación del 98. Estudio en mis ratos libres. Desde esa balda a la mitad de la siguiente, que es donde se produce el cambio, más libros de literatura y libros de filosofía. Los últimos de literatura llevan los «apellidos» VV.AA. Y ya hasta el final, libros de filosofía. (Quise estudiar Filosofía antes que empezar Químicas y terminar Humanidades para saber Lengua y Literatura).

IMG_20170816_180752.jpg La última balda de la izquierda la destino a libros de referencia, consulta, diccionarios y al acordeón con los tickets de las compras. Tened en cuenta que delante de esa balda tengo la silla y la mesa de trabajo. La balda de la derecha es la que dedico a más libros de filosofía y a los libros de historia y ensayo. Los ensayos literarios están arriba, por orden alfabético, entremezclados con los libros de ficción.

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Sobran libros. No hay sitio para más. Decido ordenar también las dos porteras inferiores y una la conquisto completamente. Así destino la parte superior de la portera de la izquierda a artículos de papelería: estilográficas, tintas, cartuchos, taladradora, fichas de cartulina y carpetas, y la parte inferior de esa portera para libros a expurgar. ¿Los regalo? ¿Los dono? ¿Los vendo? Esperan mi decisión. Tampoco se librarán del expurgo algunos de los recién colocados en las baldas superiores. Finalmente la portera de la derecha es de ellos, de mis hijos y de mi mujer. Sonrío. Gané.

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Este proceso ha sido extremo. Este proceso ha acuciado en mí la necesidad de extraer de los libros que leo más esencias. De promover entre los candidatos de libros a comprar para leer cuáles serán los mejores y más convenientes para mí y cuáles los que pueden marcarme más. No hay más solución que esta, no hay más sitio que el hipotecado: sopesar qué libros entran en casa y cuáles consultar y leer en la biblioteca pública, o de tu casa… Y cómo no, cuáles para mi Kindle. Cada vez compro más ebooks. No te voy a engañar, editora. Esta última opción va in crescendo, por supuesto. Ni tengo todo el sitio ni todos los euros del mundo en mi bolsillo. Siempre hablo de mí, qué mal.

En definitiva, cuando uno decide ser lector no calcula qué supone mantener una biblioteca de títulos de una sola lectura. No lo calcula y se debería calcular. Sí, en la escuela, junto a la lección del interés de los préstamos personales e hipotecarios. Hay quien se percata tardísimo de que no puede tener una biblioteca con más de quinientos, o seiscientos títulos. Merecen la pena muy pocos libros, y esto lo digo con todos los corazones en la mano, de verdad, de verdad, de verdad, que libros con ideas y suculencias, sean de ficción, ensayo, historia, filosofía, hay pocos y te recuerdo, ¡menos necesitas en tu casa!

Comprar libros para leerlos una sola vez es un desperdicio. Es irracional. Lo siento, romántico. Sí, por supuesto. Por este motivo cada día soy más partidario de adquirir tarritos de esencia y he llegado a saber cómo identificarlos. Otro día lo cuento, que es tarde. ¿Llegaré solo a comprar libros que tenga o vaya a consultar más de diez veces? Ya te contaré, lector.

Leer no sirve para nada y tener libros de porcelana en casa menos. Muy convencido. Leer no sirve para nada si lo que lees no «modifica el alma», si no te cambia. Si lo que lees no es un medio para mejorar y transformarte, una herramienta que te haga más tolerante y más civilizado, expúrgalo. Si algunos libros que compras no te sirven puedo escribir sin que me chilles que algunos libros que lees no sirven para nada y si leer (esos libros) no sirve para nada, expurga. Es un ciclo, piénsalo. Vicioso o no dependerá de ti.

La siguiente etapa, y con esto acabo, me callo y me voy a dormir, será catalogarlos. Los que sobrevivan al expurgo podré consultarlos y buscarlos mediante etiquetas en Evernote. Los «expurgados» del paraíso de mi biblioteca los donaré y los venderé a través de la librería online y de viejo de un amigo de Madrid.

Ahora llegan las preguntas, y los diálogos:

—«¿Por qué no los conservas para tus hijos?»

—¿Lo preguntas en serio? ¡No, no, y no! Que te impongan una biblioteca es un infierno. Leer ciertos libros no sirve para nada, no insistas.

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