Cómo descubrí a Antonio Ortuño

Descubrí a Antonio Ortuño en un tren, en una tarde de julio, camino de Madrid y de Atocha y de la Cuesta Moyano. Hoy justo hace una semana. Acabaría en Aravaca pero eso es otro cuento. Descubrí a Antonio Ortuño, decía, en un podcast del programa de Manuel Sollo en Radio Nacional: Biblioteca pública. Pero no lo escuché entero; llegué a Atocha antes. Reinicié la escucha del podcast completo en el hotel con cierta ansiedad, después de la ducha. Aproveché el trayecto hacia el camino de la Zarzuela veintitantos para googlear «artículos de Antonio Ortuño». Y leí, mientras recorría la M-30… (seguir leyendo en El blog de Blumm) [Recuerda que este blog dejó de actualizarse pero puedes seguir las actualizaciones de lo que escribo —también sobre mi manía de leer— en blumm.blog].  

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Se trataba de perder la cabeza

«Estar dispuesto a morir por alguien que nunca hemos visto, cuya voz nunca hemos oído, eso es todo el cristianismo.» Julien Green. La cita tiene más miga que la barra de pan de Pulgarcito. Pero tranquilícense, ni voy a escribir de cristianismo ni sobre qué cura el alma. Si tienen dudas de fe acudan a las fuentes: fuentes, más fuentes, las fuentes; que si un catecismo por aquí y un Nuevo Testamento por allá, un párroco con tiempo y dispuesto y una misa en las Bernardas, en fin, lo de siempre, y aquello que cantaban de que el vicio de una persona viciosa no vicia al novicio. Tampoco olviden comprar las magdalenas del convento; están muy buenas.Después, con la bolsita de madalenas en la mano, paseen por la Alameda, que estará limpia; no saben lo que sudan los trabajadores del Excelentísimo Ayuntamiento de Jaén para tenerla preparada, a primera hora de la mañana, para el orín de sus mascotas. Jaén

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