La regularidad de las muchachas en flor no era, no era el título de A la sombra de las muchachas en flor, de Proust, una novela, equis tomos, solo leí el primero, no el segundo ni el… ¿Los leeré? ¿Quién sabe? ¿Es literatura? ¿Tú lo sabes?

Esta semana he decidido que no voy a leer Patria. Siempre me quedará la duda de si era una obra literaria o un producto editorial. Ya nunca lo sabré. Las reseñas de Patria están colmadas de frases estereotipadas y huecas que no me han ayudado a dilucidar qué o qué. Además, ya es un bestseller y hay tan pocas horas buenas y tanto que leer…

Esta semana he reflexionado sobre si soy o no un millennial. No lo sé. Solo sé que tengo un blog alojado en WordPress, cuenta en Twitter e Instagram, donde me hago selfis con libros —que por lo visto a otros les jode— y algunas, muy pocas, una, dos fotos con mis hijos; recientemente regresé a Facebook por culpa de Fernández Mallo; sí, lo cuento en alguno de los párrafos siguientes.

Esta mañana, además, mientras me tomaba el café a las siete menos cinco leí un par de artículos interesantes en Feedly y diez minutos después repartí cinco o seis likes en Instagram hasta que me encontré con esta imagen de Celso Castro que publicó en su cuenta:

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¿La han visto? Pues bien, esa imagen imantó el día y mi imaginación hasta la hora de la cena y me preguntaba, con el café de la tarde, mientras cerraba el libro Hombres en el espacio por qué no conseguía borrar la imagen en la cabeza, ese bolígrafo y esos folios escritos.

Después de trabajar, por la tarde, entré en Twitter y vi en Facebook (entrar en Twitter y ver en Facebook lo llamo nivel millennial premium) a Fernández Mallo sentado donde Wittgenstein. FlipéRegresé, reactivé mi cuenta de Facebook solo para ver todas las fotografías de la hazaña. 

Tanta estimulación (Proust, Patria, Fernández Mallo, Hombres en el espacio, Celso Castro, Wittgenstein) tuvo una extraña consecuencia: me acordé de un libro de Jack London: La llamada de lo salvaje. Lo leí hace tantos años… ¡Eso era! Lo entendí todo pero no puedo seguir por aquí, desvelar mi secreto, porque es algo íntimo, y la crítica lo consideraría pornográfico; sí puedo seguir con Genet. Pues sigo con Genet entonces. 

Me esperaba Genet, decía. Encontré otro día de la semana su por qué empezó a escribir. Fascinante. Lean por qué Genet empezó a escribir:

Creo que tenía entre veintinueve y treinta años. Estaba en la cárcel. Era, pues, en el 39, en 1939. Estaba solo en el calabozo, en la celda. Ante todo quiero decir que yo no había escrito nunca nada, salvo algunas cartas a amigos, a amigas, y creo que las cartas eran muy convencionales, es decir, frases hechas, escuchadas, leídas. Nunca sentidas. Luego, mandé una postal de Navidad a una amiga alemana que estaba en Checoslovaquia. La había comprado en la cárcel, y el reverso de la postal, la parte reservada a la escritura, era granulosa. Y esa granulosidad me había conmovido. Y en lugar de hablar de las fiestas de Navidad, hablé de la granulosidad de la postal y de la nieve que eso me evocaba. A partir de ahí empecé a escribir. Fue un desencadenante. Fue el desencadenante registrable.

[Jean Genet en una entrevista que publicó la revista Quimera en febrero de 1982, en su número 16.]

Y después leí por qué todavía no soy escritor, ni se me espera, gracias a Dios:

La empresa novelesca, tal como la concibo, es una aventura: decir lo aún no dicho, explorar las virtualidades del lenguaje; es la conquista de nuevos territorios expresivos: esos pocos metros de tierra que, como dijo Carlos Fuentes, los holandeses ganan pacientemente al mar. Escribir una novela es dar un salto a lo desconocido: llegar a un lugar insospechado por el autor en el momento de ponerse a escribirla. Cuando se domina una técnica o se ha llegado al fin de una experiencia hay que dejarlas para ir en busca de algo que se ignora. En el campo del arte y de la literatura valen menos cien pájaros en mano que el que, para encanto y tortura nuestros, sigue volando.

[Juan Goytisolo en el número 23 de la revista Quimera de septiembre de 1982.]

La semana transcurrió así. Acabé con la lectura de dos relatos, uno de Sara Mesa y el otro de Inés Martín, que estaban guardados en El cuaderno Caníbal, un librito que recibí como obsequio por comprar en Pálido Fuego. Todos los días me leo uno. Me gustó más el desarrollo del relato de Sara (“La importancia de no entenderlo todo) pero mucho más el final del relato de Inés (Naufragio), pim pam pum.

Cuéntame tú a mí qué es la literatura pero si algo intuí esta semana es que la literatura solo es tener estilo, solo eso, estilo y nada más. Pregúntale a Céline.

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*Todos los meses envío por correo una lista de libros —no la publico en el blog— con los mejor que he leído, por si estás buscando qué leer.
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