Aunque minen el valle de la muerte ella siempre está esperando. Es la muerte quien dicta la ley.

Les voy a ser sincero. No tenía pensado leer el libro del que escribo hoy. El tema de la guerra me hiere el alma y desboca mi imaginación. Sufro. Pero al final leí Aunque caminen por el valle de la muerte, la última novela de Álvaro Colomer. Las escasas reseñas que leí destilaban el sempiterno tema de los telediarios de las nueve: la guerra.

Era verdad, insisto. No tenía pensado ni programada su lectura pero hacia febrero, cuando empezaba a estar expuesta en las mesas de novedades, me animé a pedirla vía desiderata en la biblioteca pública. Si me la traían, la leería. Y la leí.

El tema «guerra» me produce aversión. A mi seso le dosifico qué puede imaginar cuando hay guerras de por medio. Le cuento las imágenes entrantes con las que puede jugar. Es una opción, mi elección. Yo lo llamo autocontrol. Y es que detesto el contenido del palé de la guerra moderna. Apago la televisión, a lo swicht off, justo cuando empieza el festín de imágenes. Es sensibilidad. «La guerra es mala, hija». «Las guerras de los telediarios dan asco, hijo». No quiero imágenes de las guerras del siglo XXI en mi casa. Y bueno, al final terminé leyendo Aunque caminen por el valle de la muerte, que creo que no han hablado de ella en el telediario de las nueve, ni el de las tres. Da igual, ya no veo ninguno.

IMG_20170604_205112¿Quién me convenció entonces para leerla? Ellas: La calle de los suicidios, Mimodrama de una ciudad muerta y Los bosques de Upsala. Un relato y dos novelas de Colomer, al que, por cierto, conocí vía Youtube hace muchos años. Fue en un vídeo donde hablaba… ya ni me acuerdo. Él estaba como en una azotea y me atrajo lo que decía y cómo lo decía. Quise entonces saber cómo escribía. Y leí todo lo que hasta ese momento tenía. Su bibliografía, como la de Salinger, es corta y puedes leértela en un fin de semana. Pero espera, aprovecho, y de entre las que leí por aquel entonces recomiendo, anoten si les da la gana, siempre si les da la gana, Los bosques de Upsala

¿De qué va Aunque caminen por el valle de la muerte? Acudamos a su contra, que para eso están aunque advierto, las razones por las que me la leí no las encontré en la contra:

Un convoy militar atraviesa el desierto. Niños iraquíes saludan desde el arcén; a sus espaldas, pozos de petróleo en llamas, carros de combate calcinados y un paisaje cuarteado como el vientre de un reptil moribundo. La Brigada Plus Ultra II se dirige a la ciudad santa de Najaf, donde compartirá acuartelamiento con unidades de otros países. Todo transcurre con normalidad en Base Al-Andalus, hasta que un día el autoproclamado Ejército del Mahdi asalta el cuartel español, dando inicio a la batalla de Najaf. Es el 4 de abril de 2004 y ha pasado un año desde la invasión de Irak. España se encuentra en pleno proceso de transferencia de poderes: tras los atentados del 11-M, el Partido Popular ha perdido las elecciones y el PSOE aún no ha tomado posesión de la cartera de Defensa.

¿Se cruzó de manos el alto mando de la Brigada Plus Ultra II mientras las otras unidades luchaban para defender el cuartel? ¿Se negó el gobierno en funciones a tomar decisiones durante el enfrentamiento? ¿Por qué se ha silenciado una de las batallas más importantes del ejército español?

No contesté ninguna de las preguntas del último párrafo. Ya he dicho que detesto la guerra. Por ese motivo estuve a punto de no leerla pero ahora lo único que digo es: lean la novela. A mí me ha colmado. Entera, con sus detalles y su arranque meón porque arranca así, con un tipo meando sobre la arena. Pensé: «Debe de ser tan placentero como mear sobre la nieve». Prometía. El comienzo ligó con mi curiosidad. Seguí pensando, después más: «Joder, parece un Marsé moderno este Colomer». Sobre todo durante la primera parte de la novela, hasta que llegas donde Juan Roque Dalton Menjívar dice que se ponía los calzoncillos del color que le daba la gana y que no había baboso sobre la tierra que tuviese cojones de decirle a él, a Juan Roque Dalton Menjívar cómo había de vestir. Lo que decía. La novela prometía.

 La novela me sostuvo hasta la última página sin esfuerzo. Con Evernote abierto tomé algunas notas para esta «reseña». Pasaba la página y quería imaginármelo todo. Al mercenario Tim Hall sobre todo. Me quedo con Tim Hall, Álvaro. Quería conocer a ese personaje. En la vida real. Gracias a Dios no se suicidó. Pensé durante algún momento en que ese iba a ser su final. Las novelas de Colomer acarician siempre ese nudo existencial, gordiano; pero no, Tim Hall no se levantó la mano y resolvió con sabiduría clásica su porvenir. Gracias a Dios. Como debe de ser.

También quise conocer a William O´Brien. Qué gente más buena hay pegando tiros. Si quieren saber qué es el amor, qué es el amor en la cabeza, seso e imaginación de un hombre sano, relean el capítulo 7. ¿Mi favorito? Casi. No hay guerra. Hay esperanza, vida, pasión y amor, sobre todo amor.

Pero mueren vacas también. Y piernas que giran sobre sí mismas tras ser desmembradas del cuerpo de un balazo. ¡Vaya imagen, joder! Por eso no quería leer la novela. Vacas también mueren, insisto. Y de una manera desagradable. Por eso no quería leer la novela. Es lo que decía de la guerra. El problema de la guerra son las imágenes que se graban en el cerebro. Por eso no quería leer la novela. Piensas en el sufrimiento de quien las protagoniza y te pones a rezar avemarías sin ton ni son. Es la puta guerra la que no quiero ni mentar. Por eso no quería leer la novela. También hay escenas de guerra, y muy bien contadas y ese es el problema, que nutres a granel la imaginación. Y sufres. Por eso la leí en dos días, sí, también, por eso, para quitármela de encima. Pero yo no quería leer la novela.

A mi padre le conté hace unos días, mientras nos tomábamos una caña con una almendritas con sal, el argumento de la novela. No le entraba en la cabeza. Refunfuñaba. «¿¡Cómo!?¿¡Que no se defendieron!? ¡Qué barbaridad! ¡Qué poco bragaos!» ¡¡«Bragaos»!! Era un palabra que no escuchaba desde hacía muchísimo tiempo. Y es que los españoles no tuvieron lo que había que tener para enfrentarse a… Era una opción. Pero eso es, me tienen que creer, lo último que me interesaba de la novela.

En Aunque caminen por el valle de la muerte puedes masticar todos y cada uno de los pensamientos de los personajes. Me fascina esta capacidad de Colomer. Esos remansos de reflexión narrativa y por qué no escribirlo, esos finales de capítulo sostenido. Perfecto. (Sáltense el capítulo 17. Ahí no hay pensamientos que valgan. Ni flores. Pobres.)

Pero, ¡ojo!, estuve a punto de abandonar la novela en la página 136, antes del capítulo 37. Pero a punto, a punto. Continué porque… no, no voy a desvelar el porqué. Solo sé que no lograré nunca entender las guerras del siglo XXI. El capítulo 36 es MUY duro.

Para algunos soldados era hora de morir en la novela pero la muerte no llegaba. No es una narrativa de sala de espera. Tampoco es un reportaje y me lo temía pero no, Álvaro Colomer es periodista, pero un periodista más literario que cronista. ¿Qué periodista cuenta así? Un escritor.

En definitiva, este libro hará sufrir al lector, página tras página. Es la guerra. Bueno, en realidad es la narración de un sufrimiento personal, el del soldado. Un sufrimiento rebozado con arena del desierto y sangre iraquí, siempre caliente.

Cuando la terminé me entretuve en buscar el salmo 23 en la Biblia. Era el que daba título a la novela. Siempre hay esperanza, siempre la hubo.

Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé

un sinfín de días.

Porque el odio es un cemento que conviene expulsar antes de que fragüe en las entrañas. Apréndetelo de memoria y dejarás de ver telediarios.

Desde luego que Aunque caminen por el valle de la muerte será candidata a ocupar un puesto en la lista que envío por correo una vez al mes con los mejores libros que leo. Suscríbete si te da la gana.

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