Sin enterarte de lo grande que se te está poniendo

Regalaría este libro a todas las niñas que quisieran escribir, para que supieran cómo hacerlo y para que su escritura nunca fuese el hazmerreír de esos tipos que no son capaces de crear nada: los críticos. Este libro, el de la foto de más abajo, no lo vas a encontrar en ninguna lista de libros para el verano. Este libro solo lo refieren en blogs como este. Ayer lo compré por impulso. De vez en cuando compro por impulso porque necesito depurar algunas rutinas que están viciadas; además, dejas de agobiarte por esas listas kilométricas que configuras y que titulas toread. Porque no lo niegues, ¡cómo te torean! Y la verdad, después de casi un año de lecturas marcadas por, demasiado marcadas por…, quería empezar a desbrozar mi particular selva veraniega con algo así. Estaba para mí, porque lo compré. Paley, ven. Batallas de amor es el número 3 de la colección «Panorama de narrativas» de Anagrama y es el primero que

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Ejercicio de descripción seguida de enumeración

Ejercicio de descripción seguido de una enumeración. Hoy, ofrecido por Robert Coover: «Pidió unas pinzas y las mujeres se dispersaron, buscando sus bolsos. Naomi, otra amistad de Dickie, una muchacha de huesos grandes, de casi metro ochenta de altura, con mejillas naturalmente arreboladas y largo cabello rubio recogido con un pasador en la nuca, se lanzó hacia adelante impulsivamente y vació en el suelo su bolso: colorete, cigarrillos, lápiz de labios, pendientes y pulseras y sujetadores de pelo de repuesto, postales, imperdibles, un pañuelo, peines y monedas, píldoras anticonceptivas, bicarbonato, resguardos de billetes, cremalleras y botones, un permiso de conducir, aerosoles desodorantes, laca para el cabello, mapas, cerillas, tampones y calendarios, hilo, recortes de periódico, purificadores de aliento, fotografías, chicle, una navaja de mujer, direcciones, tranquilizantes, tarjetas de crédito, crema hormonal, listas de compras, un cepillo de dientes, barritas de caramelo, una tarjeta de San Valentín sobada, una linterna, un frasco de vaselina, gafas de sol, bragas de papel y

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Repost: Sí, sí, una «paginita la día»

Pregunta Alberto Gordo y responde César Aira. Dice que cuando murió Borges se apagó la luz. Debería leer más Borges para poder darle la razón, o contradecirle. Ayer —otro ayer, no ayer— leí las afirmaciones rotundas de César Aira. Corto y pego una. Quizás te pique. Ráscate, o pídele explicaciones a Inés Martín que fue quien le entrevistó el sábado. La verdad: solo he leído un par de novelas de Aira. ¡Dios mío! Me preocupa más no haber leído nada de Krasznahorkai. Antes creo que leeré la tercera novela de Aira. Hoy, que en realidad fue ayer, escribía este post porque me gustó el diminutivo: «paginita». Desde que escribí este post, 23 de mayo de 2016, he escrito una paginita al día los días 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29 y 30 de mayo; y el 4, 5, y 11 de junio. Hoy, por ejemplo, he escrito: «La literatura parece que es lo que dicen tres. Para un soneto no sirve el verso.

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Panero, censor del franquismo

Es el modo de ver la historia. Ese es el quid. Llevo dos días leyendo historias sobre Camilo José Cela: de Ansón, de Olmos, de Benítez Ariza… y algunos tuits cachondos, graciosos, irónicos sobre la figura y la obra de este santo español que nació hace cien años. Curiosamente, no atisbo en ningún texto, quizás porque se sobreentienda, mención explícita a la censura que La colmena sufrió en esa otra España recién inaugurada. Pero sí, y con repique de campanas, que Cela fue un hideputa censor del régimen. Muy hideputa.  Por eso hoy, para contrarrestar los balazos que está recibiendo el pobre —sin ser tampoco, he de reconocerlo, santísimo de mi devoción— traigo un documento singular, páginas de una historia de la literatura mona, avispada, muy amena y colmada de datos curiosísimos que conseguí hace unos años en una librería de viejo de Córdoba: me refiero a la de Martínez Cachero (Castalia, 1986). Huyo de las introducciones, prólogos y finalidades; también de los

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